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Probado en combate: por qué Israel vuelve a ser socio de Colombia

La nueva alianza con Israel no parte de cero: Colombia ya depende de sistemas israelíes de vigilancia, inteligencia, interceptación y defensa que continuaron operativos incluso durante la ruptura diplomática del gobierno Petro.

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Dorian Kantor y Juan Diego Cubillos* | Especial para El Espectador
02 de septiembre de 2026 - 02:30 a. m.
José Manuel Restrepo con el canciller Gideon Sa’ar y la delegación de Israel.
José Manuel Restrepo con el canciller Gideon Sa’ar y la delegación de Israel.
Foto: @jrestrp
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El 7 de agosto, mientras Abelardo de la Espriella se posesionó en Cali, con el canciller israelí Gideon Sa’ar entre los invitados, las disidencias de las FARC atacaron con drones explosivos la base Casa Verde, en Ataco (Tolima); la base Los Pinos, en Suárez (Cauca); y las instalaciones municipales de Teruel (Huila).

El gobierno de De la Espriella ha adoptado una postura decididamente proisraelí, opuesta a la de Gustavo Petro. Restableció relaciones con Israel, anunció el traslado de la embajada colombiana a Jerusalén, retiró al país del caso promovido por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia y, el 10 de agosto, reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán: el segundo país del mundo en hacerlo.

Este viraje no es solo diplomático. La ofensiva de seguridad anunciada por el gobierno —vigilancia aérea, drones, sistemas antidrones, sensores, radares e inteligencia de señales— coincide con el catálogo de la industria de defensa israelí y con el problema que Israel lleva dos décadas enfrentando: proteger instalaciones fijas frente a adversarios no estatales que emplean artefactos baratos y adaptan sus tácticas más rápido que las fuerzas que los enfrentan.

Ahí está una de las diferencias entre comprarle a Israel y acudir a otros proveedores. La expresión “probado en combate” no es solo publicidad: reduce la incertidumbre. Un gobierno que invierte en sistemas israelíes adquiere una tecnología que ya funcionó, falló y fue corregida en condiciones operativas reales.

Iron Beam, el láser de alta potencia que Rafael entregó a las fuerzas israelíes a finales de 2025, responde al desequilibrio de costos que implica emplear un interceptor costoso contra un dron barato. Es el mismo problema que enfrentan las bases del Cauca y el Tolima.

Ese historial revela una paradoja. Pese a las críticas internacionales por la guerra en Gaza, las exportaciones israelíes en defensa alcanzaron en 2025 un récord de USD 19.200 millones, casi un 30 % más que en 2024 y el quinto máximo anual consecutivo. Israel superó por primera vez al Reino Unido como séptimo exportador de armas del mundo, y más de la mitad del valor exportado correspondió a contratos individuales de USD 100 millones o más.

Como afirmó el ministro de Defensa Katz, “el mundo ve la fuerza israelí y busca ser partícipe de ella”.

Parte de la explicación está en su modelo industrial. Israel opera mediante un ciclo de innovación comprimido: amenaza, requerimiento militar, adaptación tecnológica, uso operativo, corrección y exportación. A ello se suma un ecosistema de doble uso que integra las industrias civil y militar.

Massivit, por ejemplo, pasó de imprimir piezas escenográficas en 3D para Disney y Netflix a producir componentes de drones. El sistema de control de tiro Arbel, diseñado contra drones pequeños, salió al mercado en 2024 y ya es utilizado por más de dos docenas de países. Solo Ucrania mantiene hoy un ciclo comparable, porque la guerra permanente acelera la prueba y la corrección.

Las relaciones entre Israel y Colombia atravesaron una ruptura durante el gobierno de Gustavo Petro, pero la separación nunca fue completa. Petro suspendió las compras de armamento israelí en marzo de 2024 y rompió relaciones diplomáticas en mayo.

Sin embargo, el 30 de abril de 2025, casi un año después, la Dijín firmó con Elbit un contrato de mantenimiento para la plataforma de interceptación Target 360. El sostenimiento de los Kfir, adquiridos entre 1989 y 1990, continuó bajo un contrato de USD 7,2 millones hasta mediados de 2026, mientras las entregas del sistema Barak MX y de los obuses ATMOS siguieron su curso.

La dependencia tecnológica no se disolvió con la ruptura diplomática.

Colombia tampoco es un caso aislado. Chile fue el primer cliente internacional del Hermes 900 de Elbit; Brasil lo produce bajo licencia a través de AEL Sistemas, filial de Elbit; y México lo adquirió en 2012. Ecuador compró 137 vehículos blindados de Elbit en 2023, mientras Perú firmó en julio de 2025 un contrato cercano a USD 60 millones por el sistema PULS, el primero de su tipo en Sudamérica.

Aun así, en armamento convencional mayor, América Latina es hoy un mercado menor para Israel: apenas cinco Estados americanos concentraron el 8,6 % de sus exportaciones entre 2021 y 2025, frente al 41 % de Europa y el 40 % de Asia y Oceanía. La cifra contrasta con los años setenta y ochenta, cuando la región absorbía cerca de la mitad.

Esas cifras, sin embargo, subestiman la huella israelí en América Latina: el software de vigilancia, las plataformas de interceptación y las herramientas cibernéticas no figuran en los indicadores de tendencia del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI). Y es justamente ahí donde más pesa.

Colombia compró Pegasus y opera dos plataformas de interceptación masiva de origen israelí: PUMA, construida con tecnología de Verint Systems, y Target 360, de Elbit.

Allí aparece el efecto candado. Una vez que una fuerza de seguridad invierte en una plataforma —y con ella en técnicos, repuestos, capacitación y protocolos— reemplazarla resulta lento y costoso. La relación tecnológica sobrevivió a la ruptura diplomática porque esos sistemas siguieron operando y requiriendo mantenimiento y soporte.

De la Espriella prometió una relación con Israel “como nunca antes”. En términos operativos, la apuesta tiene lógica: pocos proveedores ofrecen una combinación comparable de experiencia en combate, capacidad antidrón, inteligencia, vigilancia y sistemas de precisión.

La nueva política de seguridad abre la puerta a nuevas adquisiciones y profundiza una dependencia existente. Esa es la dimensión de la relación bilateral que sobrevivió a Petro y sobrevivirá también a De la Espriella. Las decisiones de los próximos cuatro años comprometerán a las fuerzas de seguridad colombianas durante décadas. Un gobierno futuro podrá modificar la relación diplomática, pero difícilmente desmontará la arquitectura tecnológica construida sobre esos sistemas.

La ruptura diplomática fue reversible; la integración tecnológica, mucho menos. Por eso, en la guerra que Colombia se dispone a librar, Israel deja de ser simplemente un proveedor y pasa a formar parte de la arquitectura de la respuesta estatal.

*Analistas de Talveris Security, firma de análisis y asesoría en seguridad que ofrece soluciones en sistemas no tripulados y contra-UAS en América Latina.

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Por Dorian Kantor y Juan Diego Cubillos* | Especial para El Espectador

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