Soy -desafortunadamente- hincha de Millonarios. Eso quiere decir que durante los últimos tres meses he sido profundamente miserable. Pero, tal vez, para lo único que sirva ese dolor es para ayudarme a aterrizar una tragedia mucho, muchísimo más grande: la que ocurre en Irán.
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Supongamos por un momento que viví los últimos tres meses en Teherán. Eso habría coincidido con el bloqueo que el régimen iraní impuso el 28 de febrero de este año con el objetivo de contener las protestas masivas que inundaban las calles.
Sin Internet, por supuesto, el pueblo iraní inconforme ya no podía organizarse para salir a las calles. Los servicios de mensajería como WhatsApp o Telegram y las redes sociales como X o Instagram quedaron inutilizables. Pero no se detuvo ahí.
La Compañía de Infraestructura de Telecomunicaciones (TIC), que mantiene el monopolio del tráfico de Internet que entra y sale del país, según Freedom House, también bloqueó los portales de medios como BBC (especialmente su servicio en persa, BBC Persian), CNN, Deutsche Welle (DW), France 24, Reuters y Al Jazeera. Mientras tanto, el cuerpo de prensa era reducido a la fuerza.
Para la población que no usa internet y se informa a través de antenas parabólicas, el régimen aplicó una técnica conocida como “orbital jamming” (interferencia satelital, en español). Opera bajo el envío de señales de alta frecuencia hacia los satélites internacionales, como Eutelsat y Hotbird, para “pisar” y bloquear las transmisiones de televisión satelital que emiten hacia el Medio Oriente.
Según un reporte de la firma global de seguridad satelital Kratos Defense, emitido en marzo, la red de sensores Known Space detectó interferencias sostenidas de radiofrecuencia originadas en Irán que impactaron directamente a por lo menos seis satélites comerciales de comunicación. Es decir, el régimen no solo apagó las redes en tierra, sino que atacó en el espacio exterior.
Esto significa que todo el monopolio informativo recaía sobre las cadenas estatales. Yo, por mi lado, no habría podido seguir ni un solo resultado de mi equipo por las vías tradicionales. Ni una sola imagen de los rebotes mal tomados, oportunidades desperdiciadas, errores de defensa... Un drama, por supuesto, mucho menor al de las familias locales. Porque el pueblo iraní no solo perdía la capacidad de organización.
En el país, donde de por sí sin bloqueo las mujeres casi no tienen acceso a oportunidades laborales, el cierre de Internet puso de rodillas a los pequeños negocios en línea. Las madres de pueblos y aldeas que dependían de plataformas como Instagram para vender artesanías, ropa, comida o servicios varios perdieron su principal fuente de ingreso.
“El internet era un salvavidas que ahora les ha sido arrebatado”, explica la investigadora Azam Bahrami, en una investigación publicada el pasado 13 de mayo por Radio Farda, la sección en persa de Radio Free Europe.
Según el medio, “una profesora de yoga de Teherán declaró que las restricciones a Internet le habían impedido impartir clases en línea, privándola así de su única fuente de ingresos”. Leila, una madre que sostenía a su esposo y a su hijo de ocho años vendiendo comida casera a través de Instagram en un pueblo cercano a Marand, confesó que sus ventas cayeron a cero y que ha tenido que gastar fortunas en el mercado clandestino de VPN solo para intentar reconectarse con algún cliente. Ya llegaremos a las VPN.
El “mercado laboral paralelo” en Irán colapsó. Pero la crisis no solo destruyó los microemprendimientos, sino que provocó despidos masivos en sectores formales vulnerables como el editorial y el publicitario, donde las mujeres componen la mayoría de la fuerza de trabajo.
Una editora de libros en Teherán denunció que las empresas locales despidieron al 80 % de su personal debido a la parálisis digital. Según admitió en abril el propio viceministro de Trabajo iraní, Gholamhossein Mohammadi, el impacto combinado de la guerra y el bloqueo dejó un saldo de un millón de empleos destruidos y dos millones de personas en el desempleo directo o indirecto.
Afshin Kolahi, funcionario de la Cámara de Comercio de Irán, dijo también en abril que el bloqueo le costaba al país hasta USD 40 millones de dólares, con pérdidas indirectas de hasta USD 80 millones.
El apagón de Internet también se convirtió en una vulneración al derecho a la salud. La prestigiosa revista médica The Lancet apuntó a finales de febrero que el bloqueo sumió a los hospitales iraníes en un “vacío de información”, paralizando la coordinación de emergencias médicas, el suministro crítico de sangre y los programas de telemedicina.
Las fuerzas de seguridad del régimen “violaron la neutralidad médica” al asaltar centros clínicos para arrestar a manifestantes heridos, un hecho cuyas denuncias y pruebas fueron suprimidas debido al propio cerco digital. Asimismo, el corte interrumpió programas rutinarios de salud pública como la vacunación, los diagnósticos de cáncer y el monitoreo digital de un brote severo de influenza estacional, provocando un aumento drástico en la morbilidad y mortalidad prevenible de la población civil.
El aislamiento digital detonó una silenciosa crisis de salud mental y desabastecimiento. The Lancet detalla que la imposibilidad de comunicarse con el exterior generó en la población y en la diáspora iraní cuadros crónicos de hipervigilancia, depresión y el trauma psicológico de no saber la suerte de sus seres queridos. A esto se sumó la interrupción de las terapias psicológicas en línea, dejando a pacientes vulnerables con ansiedad o tendencias suicidas sin ningún tipo de atención.
Para los enfermos crónicos, la parálisis económica agravó la escasez de medicinas e higiene. Pacientes con lesiones espinales, por ejemplo, quedaron desamparados ante el incremento desmedido en los precios de insumos básicos como jeringas y catéteres.
En las escuelas no podíamos esperar una escena diferente. El Ministerio de Educación iraní ordenó la suspensión indefinida de las clases presenciales a nivel nacional. La medida se justificaba en parte por una infraestructura devastada por la guerra: de acuerdo con datos oficiales recogidos por la DW, más de 640 edificios educativos en 17 provincias sufrieron daños por los bombardeos de Estados Unidos e Israel, dejando al menos 250 de ellos en estado de destrucción severa o pérdida total.
Ante las aulas en ruinas, el régimen intentó mudar la educación hacia la televisión estatal y su vigilada intranet doméstica a través de la aplicación oficial Shad. Sin embargo, lo que el gobierno planteó como una solución de emergencia terminó por profundizar una brecha social dramática.
Para los niños y jóvenes de las regiones más empobrecidas y marginadas del país, como en Sistán y Baluchistán, la educación virtual es una imposibilidad física. Al colapso de la conectividad global se suma que estas zonas carecen de la infraestructura básica de redes, y sus habitantes no tienen los recursos para comprar computadores o teléfonos inteligentes. Como explicó el experto en ciberseguridad Amir Rashidi, director de Miaan Group, a la DW, la gran mayoría de los iraníes dependen exclusivamente de sus celulares para conectarse, un lujo prohibitivo en zonas vulnerables azotadas por una inflación superior al 50 %.
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Acá viene la pregunta del millón, que algunos pudieron hacerse al inicio: ¿no podía Camilo usar simplemente una VPN para saltarse el bloqueo y ver sus partidos? O mejor: ¿por qué el gobierno estadounidense no hacía algo para que el Internet circulara libremente? No es tan sencillo como suena.
En primer lugar, como señalaba una de las mujeres afectadas por el apagón digital, costear una VPN es casi imposible para el bolsillo promedio. Para un iraní, pagar los USD 40 mensuales que cuesta una herramienta de evasión digital estable en el mercado clandestino equivale a gastar cerca de 160.000 pesos colombianos solo para poder abrir una aplicación. El acceso a la información se convirtió en un lujo de primera necesidad.
En segundo lugar, y como bien explicó Jason Rezaian, director de iniciativas de libertad de prensa de The Washington Post, en una entrevista con la revista WIRED, la inacción del resto del planeta no es por falta de tecnología, sino de voluntad política y legal.
“Gastamos miles de millones de dólares en misiles, pero la ayuda digital está estancada”, criticaba Rezaian.
Aunque los teléfonos inteligentes modernos poseen la capacidad de conectarse de forma directa a internet satelital sin modificar sus componentes técnicos, activar estos “interruptores” desde el extranjero para saltarse las redes terrestres del régimen requeriría una orden ejecutiva de la Casa Blanca, complejas exenciones legales a las sanciones comerciales y una audacia regulatoria que las potencias evitan otorgar para no escalar el conflicto legal internacional.
Así, es como si el país hubiera caído en una especie de “coma informativo”. O como lo describió Hossein Derakhshan, conocido internacionalmente como el “Blogfather”, o el padre del blogging en Irán, hace unos años en WIRED: una cárcel psicológica.
“La extraña mezcla de aislamiento físico y cognitivo que experimenté en prisión es una versión exagerada de la fragmentación social que se está convirtiendo en realidad (...). (Las plataformas y los bloqueos) afectan nuestra vida mental y material de una manera muy similar a cómo nuestros cuerpos y mentes son controlados en la cárcel”, escribió en 2023.
Derakhshan es una figura muy importante. Fue uno de los primeros ingenieros y periodistas en masificar el uso de blogs en idioma persa, enseñando a miles de ciudadanos comunes cómo usar plataformas digitales para saltarse la censura del régimen y opinar libremente. Fue arrestado en 2008 por ello y pasó seis meses en prisión.
Este jueves, Irán comunicó oficialmente que se levantaban las restricciones de Internet. Para muchos dentro del país, el anuncio no provocó alivio, sino la turbulenta y dolorosa sensación de haber despertado de un coma. Los teléfonos móviles volvieron a parpadear a cuentagotas. Sin embargo, las primeras reacciones colectivas estuvieron lejos de ser una celebración. Y cómo no. Lo que inundó las pantallas fue una marea de ira, ansiedad, escepticismo y lágrimas.
Deepa Parent, de The Guardian, escribió que al abrir sus aplicaciones, miles de ciudadanos se toparon de golpe con videos de funerales masivos, imágenes de la destrucción causada por la guerra y grabaciones de madres desconsoladas aferradas a los retratos de los jóvenes ejecutados o asesinados por el régimen durante las manifestaciones de enero.
“Mi corazón está más pesado de lo que estaba”, relató Amin, un profesor universitario en Teherán. “Los mayores perdedores de esta guerra somos nosotros. No es Estados Unidos, ni Israel, ni la República Islámica. Perdimos nuestros medios de vida, nuestra juventud y nuestra confianza en la comunidad internacional”.
Yo habría vivido lo mismo en mi desconexión. Para muchos, como describió Amin, el retorno del servicio fue un recordatorio abrumador de la devastación: “Lo que realmente volvió a estar en línea fue nuestra miseria, no la libertad”.
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El panorama desde acá es poco alentador. Expertos consultados por la ABC de Australia piden no caer en el juego de propaganda del régimen. Según datos de la plataforma de tráfico global Kentik, el tráfico de Internet en Irán apenas ha alcanzado un pico del 39 % en comparación con los niveles previos a las crisis de este año.
“Hoy se dio un gran paso para relajar el mayor apagón de comunicaciones del mundo, pero los iraníes aún no están fuera de peligro”, advirtió Doug Madory, director de análisis de Kentik, quien detalló que la red actual es tan lenta, inestable y restrictiva que, en la práctica, el apagón continúa.
De hecho, Amir Rashidi, director de seguridad digital de Miaan Group, fue tajante al respecto en sus redes sociales: “Todavía estamos en un apagón de Internet. No saquen conclusiones apresuradas”.
La reapertura parcial no es un retorno a la normalidad, sino la inauguración de un sofisticado “sistema de listas blancas” que fragmenta a la sociedad. Porque durante los 87 días que duró el cierre, catalogado por NetBlocks como el más largo de la historia moderna, el internet nunca se apagó para los funcionarios del gobierno. Organizaciones como Iran Human Rights Monitor han calificado esta estructura como un auténtico “apartheid digital”. El Internet volvió para pocos.
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