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Roberto Micheletti, el hombre de rabia contenida

Su sueño presidencial, frustrado desde 1997, tuvo su final con un golpe de Estado.

David Mayorga

30 de junio de 2009 - 05:50 p. m.
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El domingo pasado, después de jurar respeto a la Constitución de Honduras y aceptar el mandato presidencial que el Congreso le había entregado, Roberto Micheletti puso punto final a un sueño frustrado.

Tras el aplauso con que los congresistas recibieron al nuevo presidente del país, una mezcla de rabia y emoción se apoderó de la voz del nuevo mandatario. “Vamos a compartir gobierno como lo manda la Constitución. ¡Entre todos!”, dijo con las manos abiertas. Lo mejor lo reservó para el final de la intervención: “Se suspende la sesión. ¡Y viva Honduras!”, gritó, rematando sus palabras con dos golpes a una campana.

Fue una rabia que había venido acumulando desde 1997, cuando perdió por primera vez la candidatura presidencial del Partido Liberal. El entonces diputado tomó la derrota con beneficio de inventario, y se dedicó entonces a coordinar la campaña política de su copartidario Carlos Roberto Flórez, quien, a la larga, saldría elegido en las urnas. Su trabajo fue recompensado con un nombramiento en la gerencia general de la Empresa Hondureña de Telecomunicaciones (Hondutel).

Pero no era la primera vez que este empresario del transporte lidiaba con la política. En su pueblo natal, El Progreso, en el departamento de Yoro, el apellido Micheletti estuvo asociado desde siempre a la élite política regional.

 El penúltimo hijo de nueve hermanos, Roberto, se benefició de los contactos familiares y logró su elección al consejo local. Eran los años 60, y el nuevo político comenzaba a articular un discurso de ideas conservadoras, quizás en sintonía con la ideología militar que aprendió mientras servía en la Guardia Presidencial durante el gobierno de Ramón Villeda Morales, el mismo que terminó en 1963 por un golpe de Estado.

Su carrera política siguió en ascenso: de la representación regional pasó a la nacional, cuando fue elegido para conformar la asamblea que redactó la Constitución de 1982; desde entonces, ha sido reelegido una y otra vez como representante del Yoro en el Congreso hondureño.

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Pero los votos no sólo le trajeron dádivas burocráticas, sino que también encontró éxito en los negocios: es el accionista principal de Tupsa, una empresa de transporte intermunicipal, y de Cielo.com, la versión latina de la popular comunidad virtual Twitter.

 Pero la rabia seguía acompañándolo: vivió dos nuevas frustraciones, en 2001 y 2005, con la candidatura liberal. Su último envión fue en este año, pero Melvin Santos se atravesó en el camino y, antes de conformarse con un cargo menor, aceptó la designación del congreso tras el golpe militar que, a principio de semana, sacó del poder a Manuel Zelaya, su antiguo amigo.

 Los analistas vaticinan que la alegría durará poco. “Es un conservador poco inclinado a los cambios. Tendrá serios problemas para esta transición”, le dijo Efraín Díaz, analista político hondureño, a la agencia Reuters.

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Zelaya negoció su regreso

En entrevista con la emisora Radio América, de Tegucigalpa, el presidente designado de Honduras, Roberto Micheletti, reveló que Manuel Zelaya había negociado su retorno al país con un alto mando militar.

“El oficial le respondió que no tenía nada que negociar, que las cosas estaban determinadas, que había un nuevo gobierno en el país”, comentó el mandatario, que aún no es reconocido por el mundo.

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Por si fuera poco, el Banco Mundial informó ayer que suspenderá la entrega de un crédito por US$270 millones hasta que no se aclare la situación política hondureña tras el golpe militar.

Por David Mayorga

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