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Salvatruchas: el enemigo interno

El FBI alerta que las pandillas centroamericanas tienen nexos con los carteles de drogas de Colombia y México.

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Juan Camilo Maldonado T. Álvaro Corzo V. / Nueva York
16 de diciembre de 2008 - 11:00 p. m.
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Un pacto a muerte es el emblema de la hermandad pandillera. El honor y la valentía corren como sangre ardiente por las venas de los jóvenes centroamericanos que ven en la pandilla su única forma de supervivencia. El poder y el control territorial que les otorga la orgía de este macabro mundo los acechan de forma vitalicia; el tiquete de entrada no tiene retorno más allá de la muerte o el exilio.

Ómar nació en San Salvador en 1983. Su madre trabajaba diez horas diarias como empleada doméstica y su padre era piquetero en el sector de la construcción. Un día, este último decidió abandonarlos. Ómar tenía 12 años y su familia quedó en manos de Joel, su hermano mayor, quien ya tenía un año entre las filas de los Maras, la pandilla más temida de El Salvador y del resto de Centroamérica.

Para el pequeño, acostumbrado a vivir en un mundo callejero y violento, la protección que recibía de su hermano se convirtió en admiración por la pandilla. Y tras meses de acompañarlo a patrullar por el barrio, se ganó la confianza del resto de la clica (banda).

Ausente del hogar durante el día, su madre desconoció la situación de sus hijos hasta que Joel fue capturado por la policía y llevado a la bartolina, la cárcel, por vender estupefacientes. “Fue duro verlo irse y no saber si volvería”, recuerda Ómar. Y aunque Joel regresaría al poco tiempo, la dicha duró poco. Dos meses después, en una cafetería aledaña a su trabajo de albañil, Joel fue asesinado. Al escucharlo hablar con el caló de los pandilleros, tres sujetos se le acercaron y le exigieron que se levantara la camisa para ver sus tatuajes, insignias imborrables de la pandilla. “Mi hermano se negó y pidió que lo dejaran tranquilo, que no había problema”, pero los hombres respondieron con disparos.

Tras estos sucesos, su madre le pidió a Ómar que se fuera: “me suplicó que dejara el barrio y la ciudad, que si seguía ahí acabaría bajo tierra o en la cárcel”. Inició entonces la travesía por el puesto fronterizo de San Cristóbal, y después de pasar todo tipo de angustias y dificultades consiguió atravesar Guatemala, México y entrar por el hueco a Estados Unidos y, finalmente, a Nueva York.

El barrio adonde aterrizó no era distinto a los de su ciudad natal. Rápidamente tuvo que aprender de Los Bloods, los Latin Kings, los Vatos Locos, entre otras pandillas que junto a los Maras Salvatrucha (MS13) y los M18 se disputaban las zonas de Queens. “Uno tiene que ganarse su confianza, lograr que crean en uno, sólo así se convierte en un hermano, un miembro, lo que significa respeto y poder".


Por la contención

Con cerca de 20 años de historia, los Maras Salvatruchas se han convertido en la infantería del narcotráfico, en la carne de cañón que se enfrenta al FBI y la DEA en territorio enemigo. El Plan Colombia y el Plan Mérida han representado el desembolso de miles de millones dólares en la erradicación de cultivos, interdicción de cargamentos y persecución de los carteles de las drogas, pero la distribución de droga en las calles de los Estados Unidos sigue en manos de estas redes móviles, descentralizadas, escurridizas y sangrientas.

La Mara Salvatrucha y su organización hermana de Guatemala, la Mara 18, se han convertido en un frente prioritario de las agencias norteamericanas. Su facilidad para generar enlaces con carteles de narcotráfico, sobre todo mexicanos, así como su vertiginosa proliferación por todo el país, alarman a políticos y funcionarios. Aaron Scorza es director del Centro Transnacional Antipandillas del FBI (TAC por sus siglas en inglés), un programa creado por el gobierno de George W. Bush, en conjunto con los presidentes de El Salvador, Honduras y Guatemala, para contener el ascenso de estas pandillas a nivel hemisférico. “Desde 2007 tenemos ojos y oídos del FBI trabajando en conjunto con la Policía Nacional Civil del Salvador y adelantamos investigaciones en conjunto con las autoridades centroamericanas”, explica Scorza desde Washington.

Recientemente, el TAC recibió un nuevo impulso. El gobierno americano aprobó una partida de 2,6 millones de dólares para apoyar a la policía salvadoreña en esta materia. El paquete, que parece irrisorio si se le compara con los cinco mil millones de dólares del Plan Colombia, fue recibido con alivio por las autoridades de un país donde el número de efectivos de la policía es sobrepasado por la MS-13 y M-18 y cuyo sistema judicial es débil.

“La Mara es un círculo vicioso —dice Scorza—: parte de El Salvador, llega a Estados Unidos, luego sus miembros son deportados y éstos vuelven a emigrar de manera ilegal”. Esa circularidad, sin embargo, no es reciente. Así lo explica el mexicano Juan Carlos Narváez, sociólogo de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, quien durante años ha investigado estas formaciones pandilleras tanto en Centroamérica como en Los Ángeles.

En los noventa, cuenta Narváez, “las autoridades empezaron a aplicar una política de tolerancia cero. Y con los acuerdos de paz en El Salvador se suspendieron varios acuerdos migratorios, entre ellos el Estatus de Protección Temporal (TPS). Vino entonces una ola de deportaciones hacia Centroamérica. Y el primer objetivo fueron los jóvenes asociados a la Mara Salvatrucha y la Mara 18”.

Estados Unidos empezó entonces a exportar a Centroamérica oleadas de jóvenes criminales, muchos de los cuales habían olvidado incluso hablar español. “Gobiernos como El Salvador no estaban preparados para recibirlos —dice Narváez—, carecían de una políticas de reinserción”. Los pandilleros, sin embargo, sabían que eran Maras. Se reconocían por sus tatuajes, atuendos, jerga y música. Rápidamente los miembros de las clicas de Estados Unidos se reorganizaron en El Salvador. Hoy, se calcula que más de 50 mil Salvatruchas viven en estos y otros países centroamericanos, construyendo un complejo corredor de comunicación y movilidad.

Paradojas policiales

Pero el incremento en las políticas policivas no ha arrojado resultados en los últimos años. La judicialización sistemática y los programas de reinserción basados en la delación pandillera hacen pensar a muchos que esta dirección es la equivocada.


“Uno está en riesgo si se involucra en un programa de reinserción donde participe la policía. Ellos no ayudan a nadie sin que se les retribuya con información. Y si uno decide colaborar con las autoridades, firma su sentencia de muerte”, explica Ómar, quien ve en las oportunidades de trabajo y educación la salida a este flagelo en vez de la criminalización sistemática.

En las barrios deprimidos del occidente de San Salvador, donde ha logrado durante años diezmar el impacto de las pandillas a través del arte, el padre Javier Aguilar tampoco ve los éxitos de las políticas de mano dura. “Aquí los pandilleros han proliferado, muchos llegan deportados de E.U., y mientras tanto, los muchachos no caben en las prisiones; es una política muy equivocada, ya que sólo es punitiva y represiva” añade.

En este contexto, las acciones policiales del TAC tienen un efecto perverso. Pese a que la Mara es una organización poco organizada a nivel regional, una vez en las cárceles los líderes se reorganizan y crean vínculos antes inexistentes, asegura Scorza, “es allí donde se estructuran liderazgos fuertes, transmitiendo esta influencia a lo que pasa en las pandillas de Estados Unidos”.

La salida, tal como lo ha demostrado el programa del padre Aguilar, logra ser más efectiva por la vía espiritual. A Ómar, el embarazo de su novia le volvió a cambiar la vida: “Tenía claro que no quería repetir la historia de mi padre”, asegura el joven, quien además confiesa que lo aterraba el hecho de ser deportado y por ende separado de su hijo.

Hoy vive con su familia en un nuevo exilio, esta vez en un suburbio de Baltimore. “Mi hijo y la palabra del Señor me alejaron del mundo en el que estaba”, afirma el joven de 27 años. Sin embargo, los trazos indelebles de los tatuajes que cubren su cuerpo son un estigma que le recuerda con terror el mundo que dejó atrás.

El nacimiento de una historia sin fin

Si los Salvatruchas  rastrearan la raíz de sus orígenes, la búsqueda los remontaría a la intersección urbana llamada Tico Union, en la espina dorsal de los guetos de Los Ángeles. Allí llegaron a comienzos de los ochenta decenas de niños y jóvenes salvadoreños huyendo de la guerra civil. La zona marginal de Los Ángeles estaba colonizada por afroamericanos y mexicanos, lo que llevó a los recién llegados a hacer uso de aquello que habían aprendido o vivido en la guerra. Guatemaltecos y hondureños dieron a su vez vida a la organización hermana, la pandilla de la Calle 18 (La Mara 18).

En los noventa fueron deportados, pero el flujo ilegal continuó y el problema se salió de cauce. En 2005, la MS 13 se había extendido desde San Salvador hasta Virginia, en una red acéfala de pequeñas estructuras verticales y organizadas, con presencia en 32 estados de Estados Unidos. Hoy, con 60 mil miembros, hacen presencia en 43 estados y diez países del hemisferio.

Cayó por tercera vez líder de la Mara 18

Ya se había volado dos veces de prisión. Y el pasado lunes, tras seis meses de búsqueda, José Rafael Reyes, alias Spider, uno de los líderes de la pandilla Mara 18, cayó en manos de los agentes de la Policía Nacional Civil de El Salvador.

La captura fue vista como un triunfo del Centro Regional Antipandillas que, con sede en Washington, ha construido una red de flujo de inteligencia entre los países de Centroamérica y el FBI.

A Reyes, hondureño de nacimiento, se le acusa en su país de origen de “los delitos de homicidio, robo agravado, agrupaciones ilícitas y secuestro”, según dijo a comienzos de semana el vocero de la Policía Nacional Civil.

En Honduras se le relaciona con el asesinato de dos sindicalistas: Altagracia Fuentes y Virginia García de Sánchez, ocurrido hace ocho meses en Tegucigalpa. Fuentes era la secretaria general de la Confederación Unitaria de Trabajadores de Honduras.

Por Juan Camilo Maldonado T. Álvaro Corzo V. / Nueva York

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