29 Dec 2018 - 1:49 a. m.

San Petersburgo: un refugio para animales salvajes ante la falta de recursos estatales

Situado a unos 20 kilómetros de la ciudad rusa, el centro de Rappolvo alberga a unos 150 ejemplares de todas las especies: osos, zorros, alces, búhos e incluso una marta cibelina, un cocodrilo y una leona.

Marina Koreneva / AFP

Una leona que se escapó del aeropuerto, un cocodrilo hallado en un vertedero o un alce atacado por perros callejeros son algunos de los animales que han encontrado refugio en un centro privado de San Petersburgo, donde se cuida a animales salvajes, supliendo una carencia del Estado.

Situado a unos 20 kilómetros de la ciudad rusa, el centro de Rappolvo alberga a unos 150 ejemplares de todas las especies: osos, zorros, alces, búhos e incluso una marta cibelina, un cocodrilo y una leona.

El refugio, llamado Veles, fue creado en 2009 por Alexander Fiodorov, un ingeniero y empresario que explica haber dedicado más de un millón de dólares al proyecto.

"Nuestro objetivo es curar y rehabilitar a los animales salvajes para dejarlos luego en libertad, si se puede", indica. Y aporta cifras: en nueve años, 23 osos recogidos aquí fueron devueltos al medio salvaje.

"Algunos animales fueron encontrados después de accidentes, otros fueron abandonados. Algunas historias merecerían una película", afirma Fiodorov. 

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Es el caso de la leona Elsa, que en diciembre de 2017 se convirtió en una estrella de la prensa local tras haber perturbado el funcionamiento del aeropuerto de San Petersburgo. 

"Elsa fue enviada de Grozny (Chechenia) por un empresario checheno a un amigo de San Petersburgo como regalo de Año Nuevo. Pero el somnífero que le habían dado antes del viaje dejó de hacer efecto demasiado pronto. En el aeropuerto, la leona rompió su jaula y se escapó", cuenta Fiodorov.

La leona fue atrapada horas después y devuelta a su propietario. En aquel momento, poseer un animal salvaje en casa no estaba prohibido en Rusia. Pero desde entonces se aprobó una ley que lo prohibirá a partir de 2019. No obstante, el propietario de Elsa se dio cuenta rápidamente de que "era imposible tener una leona en casa" y la entregó al refugio. 

50 millones de animales abandonados

La historia del cocodrilo Guena es menos clara: el reptil fue encontrado en un vertedero municipal de San Petersburgo. 

Pero no todos los animales del refugio fueron víctimas de la estupidez humana. En un recinto cerrado, el alce Aliuminka se pasea, dos años después de haber sido atacado agresivamente por una jauría de perros callejeros. 

"Los que ya no son capaces de vivir en plena naturaleza se quedan aquí", explica Alexander Tepliakov, un voluntario del centro, de 45 años.

Cuatro empleados y una decena de voluntarios trabajan en Rappolvo, donde los animales ocupan extensas jaulas o aviarios agrupados en torno a un gran edificio de madera en el que se halla la enfermería. 

De algún modo, este refugio responde a una carencia del Estado. Pues, aunque a Vladimir Putin le guste pasearse con animales salvajes ante las cámaras, no se ha hecho mucho para proteger la fauna de un país que, pese a su inmensidad, también inflige serios daños a su naturaleza por el desarrollo urbano. 

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El Estado ausente

"Centros como este, donde ayudamos verdaderamente a animales salvajes, se cuentan con los dedos de una mano en Rusia", comenta a la AFP, Svetlana Ilinskaia, codirectora de la oenegé moscovita Centro de Protección Jurídica de los Animales. 

"Los animales salvajes pertenecen al Estado, pero el Estado no hace casi nada por ellos", afirma. 

Entre los principales problemas, se encuentran los perros callejeros (en Rusia habría cerca de 50 millones de animales abandonados), indica Ilinskaia, y los accidentes de carretera, de los que en 2017 se registraron 161 relacionados con grandes animales salvajes, según cifras oficiales. 

No existe "ningún plan eficaz de ayuda a los animales salvajes en dificultades", denuncia. "No hay ni refugios ni sensibilización sobre lo que hay que hacer si uno se encuentra un animal herido en la naturaleza", agrega.

Y otro problema es el dinero, pues mantener un refugio como Veles cuesta caro. 

"No sé por cuánto tiempo podremos continuar. Mis negocios no dan tanto dinero como hace unos años, a causa de la crisis. No podemos predecir el futuro", lamenta Alexander Fiodorov, a quienes sus amigos tratan de "loco". 

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