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Según las cifras oficiales, el terremoto de magnitud 7,8 que sacudió a Siria y Turquía dejó más de 33.000 fallecidos (29.605 muertos en el sur de Turquía, según el organismo público de gestión de catástrofes de ese país, y 3.574 fallecidos en Siria). Sin embargo, la ONU estima que el número de muertos puede alcanzar el doble de dicha cifra.
La esperanza de hallar sobrevivientes se apaga en el norte de Siria
“No queda esperanza”, dice el jefe de la Defensa Civil de Jableh. Un silencio angustioso planea sobre esta ciudad del noroeste de Siria, devastada por el sismo, donde los rescatistas luchan desde hace casi una semana para encontrar sobrevivientes.
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Han pasado varias horas desde el último rescate, en el que dos personas fueron extraídas de entre los escombros. “Pese a ello, a cada paso, nos detenemos y gritamos: ¿hay alguien vivo?”, explica Alaa Moubarak, junto a un perro que olfatea alrededor de un edificio destruido. El perro rastreador recorre la zona durante media hora. Luego se marcha sin ladrar: no hay más sobrevivientes.
Esta escena se repite casi a diario en Jableh, donde las posibilidades de salvar vidas se reducen drásticamente. De los 52 vecinos de un inmueble de cinco pisos, solo 14 están vivos. Entre ellos, una mujer y su hijo fueron rescatados de entre los cascotes el viernes, entre gritos de la multitud, que pensaba que seguirían otros hallazgos. La mujer falleció durante su traslado al hospital.
El perro rastreador depende de 42 socorristas que llegaron el viernes de Emiratos Árabes Unidos, equipados con cámaras avanzadas, sensores y depósitos de carburante. Los equipos sirios, libaneses e iraníes trabajan casi sin medios y escarban entre los restos con palas y sus manos. “No hemos recibido nuevos equipos desde hace 12 años. El 90 % de nuestra reserva está fuera de uso”, lamenta Moubarak. “Si hubiéramos tenido este tipo de equipamiento, habríamos salvado cientos de vidas, quizás más”.
Siria, devastada por 12 años de guerra, sufre escasez de recursos básicos. La falta de carburante y los cortes de electricidad constantes obligan a los equipos de rescate a trabajar con su propio material. Al pie de un edificio destruido, un ingeniero que trabaja para el Ministerio de Defensa dice de forma anónima: “Nuestro trabajo puede ser descrito, principalmente, como trabajo manual”.
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En los barrios más poblados de Jableh, cientos de personas se acercan a los equipos de rescate para intentar obtener información sobre las personas desaparecidas. Mohammad al Hamadi observa trabajar a los socorristas entre los restos de lo que antes era su casa. El hombre, de 23 años, herido en la pierna derecha, es el único sobreviviente de su familia. Sus padres y su hermano murieron. “El edificio se desplomó sobre nuestras cabezas. Yo quedé totalmente sepultado”. Solo logró sacar un dedo entre los bloques de hormigón. “Tuvieron que agarrarme por el dedo para levantarme”.
Cerca de allí, el coronel Hamad al Kaabi, responsable de los rescatistas emiratíes, advierte que las posibilidades de encontrar sobrevivientes son tan mínimas, que los equipos de emergencia han sido autorizados a utilizar excavadores y maquinaria pesada para retirar los escombros. “La mayoría de los supervivientes ya fueron sacados”, asegura. Sin embargo, “todavía queda una chance de encontrar sobrevivientes”, dice manteniendo una última esperanza.
La ardua tarea de identificar a los muertos del terremoto en Turquía
Sin noticias de su tía, Tuba Yolcu se dirige al complejo deportivo donde depositaron los cuerpos sacados de las ruinas de su ciudad, Kahramanmarash, en el sudeste de Turquía, epicentro del terremoto de magnitud 7,8. Aquí la tierra tembló el pasado lunes durante 75 segundos, una eternidad que no dejó más que ruinas y desolación. “Las autoridades ya no quieren conservar los cuerpos más allá de un cierto plazo, y los llevarán a enterrar”, comenta preocupada. “Que Dios me ayude a encontrar a mi tía”, implora.
En las morgues improvisadas del sur de Turquía, en los estacionamientos, en los estadios o en los gimnasios, familias angustiadas buscan a sus seres queridos fallecidos en la tragedia. Las autoridades prometieron que todos serían identificados y devueltos a sus familiares. “Todos los cuerpos serán devueltos a los suyos”, asegura el fiscal enviado a las familias en duelo. “Tomamos muestras de sangre de cada cuerpo no reclamado”, insiste.
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En el gimnasio de Kahramanmarash, las familias que no lograron ponerse en contacto con sus allegados miran los cuerpos envueltos en bolsas para cadáveres o alineados bajo mantas. “Mostramos los rostros a los parientes cercanos”, explica a la AFP un investigador especializado en escenas del crimen, en uniforme de protección antibacteriológica, que se negó a ser identificado. El recinto se encuentra al borde de un vasto terreno a las afueras de la ciudad, donde gira un incesante ballet de coches fúnebres. “Si el cuerpo permanece anónimo, tomamos sus huellas dactilares y una muestra dental”, precisa el investigador con una cámara fotográfica alrededor del cuello.
En este cementerio improvisado, cerca de 2.000 cuerpos fueron identificados, según las estimaciones, pero muy a menudo un nuevo convoy funerario deposita uno nuevo. Se colocan pizarras con los nombres de las víctimas, escritas a mano, en cada tumba apresuradamente sellada, a veces envueltas en una bufanda o un pañuelo para que las familias puedan encontrar a sus seres queridos. Los cuerpos no identificados se mantienen separados. Los investigadores toman muestras de ADN, fotografías y notas de cada uno de ellos.
Yusuf Sekman, representante de la dirección de Asuntos Religiosos, detalla que los cuerpos no identificados son colocados en función del edificio derrumbado donde fueron descubiertos. “De este modo, los familiares también pueden ubicarlos en función de la dirección del difunto”, subraya.
El ministro de Salud, Fahrettin Koca, afirmó el viernes que esperaba que todos los cuerpos fueran identificados. “Cargamos las fotografías de los fallecidos en un programa especial” para que sus seres queridos puedan encontrarlos. “Espero que podamos identificar a la mayoría de ellos”, indica.
En el gimnasio, Tuba Yolcu renunció y se marcha. “El funcionario me dice que todos los cuerpos fueron identificados”, explica. “Volvamos a las ruinas”, le dice a su esposo. Quizás su tía aún esté allí.
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