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Hace un siglo se hundió el crucero de lujo R.M.S. Titanic, durante su viaje inaugural, en las aguas heladas del Atlántico. Se hallaba a 400 millas de la costa más cercana cuando se estrelló contra un iceberg a las 11:40 de la noche del 14 de abril de 1912. Sin embargo, aún persiste uno de sus mayores interrogantes: ¿por qué murió tanta gente en el naufragio, más de 1.500 personas, y por qué se salvaron tan pocas, apenas 700, la mayor parte mujeres y niños?
El mundo conoce la razón principal, y más gracias a la famosa película de James Cameron de 1997: el Titanic no tenía suficientes botes salvavidas. No se quería obstaculizar los pasillos para que los pasajeros pasearan a sus anchas por las elegantes cubiertas del vapor. No obstante, lo que se conoce menos es que, según la ley de entonces, un barco de ese tamaño sólo requería 16 botes; incluso había cuatro más en el transatlántico, para un total de 20. Aun así, en el mejor de los casos esos 20 botes sólo habrían podido salvar a la mitad de quienes iban a Nueva York, y lo peor fue que, cuando se soltaron al mar, no iban llenos. Luego de la tragedia del Titanic la ley se cambió, y desde entonces todo crucero debe contar con suficientes lanchas de salvamento para rescatar, en caso de un naufragio, a toda la gente a bordo.
Sin embargo, esa no fue la única razón. Otra que explica por qué hubo tantas muertes en esa terrible madrugada es que el barco se hundió demasiado rápido. Apenas 2 horas y 40 minutos después de que Frederick Fleet (uno de los tres vigías que estaban de turno en la cofa de avistamiento) divisara la silueta del iceberg frente a ellos, la nave se hundió en el océano. Quizás ese tiempo habría bastado para trasladar a la gente a los botes, y hasta habrían podido improvisar balsas con sogas y puertas o las tumbonas de cubierta. Pero hubo otra razón que, unida a la anterior, selló la suerte del Titanic, y no carece de ironía: el impacto contra el iceberg fue demasiado suave. El primer oficial en el puente de mando, William Murdoch, al oír la señal de alarma que recibió James Moody, impartió la orden de virar todo a babor, y gracias a ello el buque no chocó de frente contra el témpano sino que lo rozó por el costado de estribor, rasgando las placas de metal, por donde ingresó el mar.
Sin embargo, el choque no fue un impacto estruendoso que desató una clara sensación de urgencia. En esos primeros y cruciales instantes, quienes notaron que algo había sucedido expresaron inquietud, mas no alarma, y menos aún el terror que, en pocos minutos, se extendería a lo largo de la nave. Un testigo afirmó: “Pareció que habíamos pasado sobre miles de canicas”. Incluso los telegrafistas Jonathan Phillips y Harold Bride ni siquiera sintieron el golpe. De modo que la gente no saltó a la acción, sino más bien se lo tomó con calma, al punto de que muchos, en sus cabinas, se dieron vuelta en la cama y siguieron durmiendo. Cuando por fin se hizo clara la gravedad de la situación, ya era demasiado tarde: el buque escoraba a estribor y la proa se hundía bajo las olas.
No sólo eso. Otro factor que se sumó al desastre fue mental. En verdad, los pasajeros no creían que el Titanic se podía hundir. Era impensable, y menos tras sufrir un golpe tan, en apariencia, inocuo. Además, la serenidad de la tripulación, que había recibido órdenes de actuar con calma para no generar un pánico colectivo, contribuyó a la impresión de que lo sucedido carecía de apremio. Algunos observaron la soltada de amarras de los primeros botes y les pareció una rutina de entrenamiento. Todos se equivocaron. Entre tanto, el breve plazo de dos horas había empezado. Por eso todos los botes se soltaron al mar sin estar llenos y con varios puestos vacíos.
De otro lado, la estructura del barco aumentó la mortandad, pues favoreció a los ricos y perjudicó a los pobres, muchos de ellos inmigrantes dirigidos a EE.UU. en busca de mejor vida. Los pasajeros de tercera clase no tenían fácil acceso a las cubiertas superiores, en donde se estaban lanzando los botes salvavidas. El mundo estaba dividido en rígidas clases sociales, y a los arquitectos navales les parecía indeseable que hubiera pasillos que unieran a personas de estratos diferentes. En cambio, las comodidades de los magnates eran asombrosas: gimnasio, baños turcos, suites de lujo, comedores de esplendor y hasta cubiertas privadas. Incluso el hospital del Titanic, con cinco cabinas privadas, era de uso exclusivo para pasajeros de primera y segunda clase. De modo que la separación física entre ricos y pobres, incluyendo a los maquinistas, fogoneros y marineros, impidió la llegada de la muchedumbre aterrada a las cubiertas superiores, de donde se disparaban cohetes de SOS y se alistaba el zafarrancho de naufragio. Esta gente quedó atrapada en los instantes finales del desastre, sin acceso a un bote y con el dilema atroz de arrojarse a las aguas negras y heladas del mar, o escalar por las tablas de la popa que ya iniciaba su vertiginoso ascenso por el hundimiento de la proa. Así, mientras que el 93% de las mujeres y niños de primera clase sobrevivió esa noche, de tercera clase sólo sobrevivió el 47%.
Sin embargo, el filme de Cameron sugiere una conclusión errada, y es que los ricos actuaron de manera infame, incluso ignorando la orden suprema en todo naufragio: las mujeres y los niños primero. No ocurrió así. La mayor parte de la gente actuó con valor y compasión, entre ellos los millonarios. Sin duda, después de cierto momento todo era pánico y caos. Un hombre se abrió paso a la fuerza para alcanzar un bote salvavidas, derribando a una mujer contra el pescante y las trincas. Un oficial le disparó en la cara. Igual el telegrafista Bride, quien observaba admirado a su colega Phillips transmitir mensajes de urgencia, aun después de que el capitán les comunicara la temida frase: “Es hora de salvarse quien pueda”, de pronto vio a un hombre grueso, quizás un fogonero, trajinando a espaldas de Phillips, mientras éste tecleaba de prisa sin advertir lo que el otro le hacía. Entonces Bride entendió: el hombre estaba tratando de quitarle el flotador que Phillips tenía sujeto a la cintura. Bride tomó un palo y lo fulminó. En todo caso, muchos se portaron como héroes. En primera clase el 69% de los hombres perecieron. Y en segunda clase, llena de ricos profesionales, más del 90% se ahogaron. John J. Astor, el hombre más opulento de todos, llevó a su esposa hasta uno de los botes, y tan pronto la acomodó dio un paso atrás y le hizo una señal de adiós con la mano. Igual Ben Guggenheim. Mientras el Titanic se hundía, el millonario le cedió su puesto a una mujer y le pidió que le dijera a su esposa: “Dile que jugué limpio hasta el final. Que no se diga que una dama murió aquí porque yo fui un cobarde”. Por su lado, la señora Ida Straus, esposa del magnate Isidor Straus, uno de los dueños de la famosa tienda Macy’s, fue obligada a ingresar en uno de los botes, pero antes de tocar el agua la mujer se lanzó de vuelta al buque y corrió hasta alcanzar a su marido. “Hemos estado juntos toda la vida”, afirmó. “A donde vayas tú iré yo”. La última vez que alguien los vio, los dos estaban sentados en una de las tumbonas de cubierta, cogidos de la mano, cuando una ola gigantesca los borró al mar.
El último factor definitivo fue que la avería ocurrió en el límite entre un daño serio pero reparable y una catástrofe colosal. El crucero estaba diseñado para soportar un choque brutal; incluso si se abrían cuatro y quizás hasta cinco compartimientos herméticos, el barco quedaría lesionado pero no se iría a pique. En cambio, el estrellón contra el iceberg arrancó las placas de metal, como escamas de un dragón gigantesco, de seis particiones, y eso condenó al Titanic. Aquel día el barco navegaba a su velocidad casi máxima: 22,5 nudos, y el capitán Edward J. Smith le pidió dos veces a Bruce Ismay, director de la White Star, dueña del buque, reducir la velocidad, pero éste se negó porque deseaba hacer noticia en Nueva York, llegando antes de lo previsto. Ismay se salvó de la tragedia, ocupando un puesto de los botes, y es considerado uno de los mayores cobardes de la historia. El caso es que, a esa velocidad, el buque no podía eludir el iceberg. Un petrolero de hoy, como el Exxon Valdez (con una eslora similar al Titanic), cruzando el mar a 18 nudos, al detener la marcha recorre 6 millas más desde que el capitán da la orden de cortar motores y poner las hélices en reversa, hasta pararse del todo. Así, con sólo 30 segundos, era imposible que el Titanic evitara la mole de hielo.
Sin duda, hubo mala suerte en este drama, y también irresponsabilidad, navegando de noche a esa velocidad. La ironía es que este barco, tan lujoso que costó, a precio de hoy, 167 millones de dólares, quizás se habría salvado si esa noche funesta los vigías, como Frederick Fleet, hubieran tenido a mano un simple par de binóculos.
* Escritor y columnista de El Espectador