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La familia de la recién fallecida traductora Satoko Tamura, recordada como “la amiga japonesa de Gabo”, donó al Instituto Cervantes de Tokio su vasta colección de libros sobre literatura, ensayo y poesía en español, y ahora están siendo catalogados.
Abundan las antologías de Gabriela Mistral, la poeta chilena a cuya vida y obra dedicó su tesis doctoral y de la que llegó a saber tanto que, con la escasa modestia que la caracterizaba, declaró: “Soy la única persona en Japón especializada en Gabriela Mistral”. En 1990, cuando García Márquez y Mercedes, su esposa, visitaron Tokio, les prometió que quitaría la última “a” del nombre de la poeta chilena y en adelante se dedicaría a estudiar la obra de “Gabriel”.
Cumplió su promesa y, aunque nunca tradujo obras de Gabo, se adentró en Macondo recorriendo el Caribe colombiano, apoyada en una bibliografía cuyo rigor confirman suculentos estudios filológicos como La lengua ladina de García Márquez, de Margret S. Oliveira Castro, o la exhaustiva antología Gabriel García Márquez, de Peter G. Earle.
Satoko conoció a García Márquez a mediados de los años ochenta por un capricho del destino, cuando le tocó sustituir al premiado autor japonés Kenji Nakagami, quien no pudo viajar a entrevistar al nobel colombiano en La Habana.
Según contó en su libro Por los caminos de ‘Cien años de soledad’”, Satoko preparaba en el hogar de Gabo en México, tempura, sashimi y otras delicias niponas que servía en una vajilla de cerámica regalada por ella y que Mercedes guardaba con celo en su ropero. (Lea más columnas sobre Japón aquí).
Entre los autógrafos de García Márquez que Satoko atesoró, se destaca el que aparece en una edición de El amor en los tiempos del cólera de 1986. Después de la coqueta dedicatoria “Para Mercedes, por supuesto”, hay una coma enorme de la que cuelga la frase “y para Satoko, con un abrazo del amigo que dedicó este libro”. Las letras del nombre japonés están trastocadas, lo que hace pensar que es la primera vez que se encuentran.
La manía bibliómana de comprar varias copias del mismo libro, para conservar siempre uno inmaculado, es evidente en la sección de autores colombianos contemporáneos, algunos de los cuales tradujo, como Jorge Franco, o quiso traducir, como Juan Gabriel Vázquez y Santiago Gamboa.
De Jorge Franco compró casi todos los libros dos o tres veces, y los que usó para traducirlos al japonés, “Rosario Tijeras”, “Paraíso Travel” y “El mundo de afuera”, están atravesados con cantidades de papelitos “postit” y hacen pensar en noches de insomnio buscando la manera de transmitir en un idioma que apenas usa improperios, expresiones como “Qué tardes tan hijueputamente largas”.
Como Satoko fue una de la primeras personas que me hizo entender que la envidia y los celos profesionales también infectaban al mundo académico nipón, pienso en la ironía de ver su nutrida biblioteca convertida en una barra libre donde, muy pronto, beberán gustosos sus más entusiastas detractores.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.