El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, llegó a Beijing esperando, en sus palabras, un “abrazo enorme” de su homólogo chino, Xi Jinping. Para analistas, no es nada más que otro indicador de la realidad alterada en la que vive el republicano, quien ha confundido la cortesía de Xi, y su calidad para negociar, con una alianza real o incluso con una amistad.
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En 2017, tras su encuentro en Mar-a-Lago, Trump ya relataba con fascinación cómo le informaba a Xi sobre un bombardeo a Siria mientras compartían un “delicioso pastel de chocolate”. Trump pudo leer este momento como “camaradería” entre amigos poderosos, una idea que todavía intenta vender. Xi, en cambio, aprendió a leer allí las vulnerabilidades de su adversario, entendiendo que a Trump se le podía “pagar” con pompa y ceremonias imperiales, aunque cambiando su percepción años después.
“Tras su primera visita, China ha aprendido que, si bien la grandilocuencia alimenta su ego, no puede impedirle un cambio radical en su actitud hacia China”, declaró a la AFP Wu Xinbo, director del Centro de Estudios Americanos de la Universidad de Fudan en Shanghái.
En esta nueva cumbre, China volvió a montar un “show” para alimentar el ego de Trump, dándole la parafernalia de una potencia (aunque menos espectacular que en su visita anterior, tuvo un recibimiento coreografiado y un posible desfile en Tiananmen). Aunque está lejos de verlo como un amigo, Xi sabe que a Trump le importa el tipo de recibimiento, y aunque no influya positivamente en las negociaciones lo mantiene, pues sabe que no dárselo sí podría influir negativamente en una mesa en la que ya tiene una leve ventaja. Por primera vez en la historia, Washington no llega a Beijing para imponer condiciones, sino en una inédita posición de buscar ayuda.
El encuentro estaba planeado originalmente para marzo para hablar de aranceles, pero el ataque conjunto de EE. UU. e Israel contra Irán lo cambió todo. Ahora, con el frente abierto en Medio Oriente y una economía interna crujiendo, Estados Unidos se sienta a la mesa con Beijing teniendo el sartén por el mango. Como señala el analista chino Arthur Kroeber, de Gavekal Dragonomics, la imagen de la cumbre es un triunfo para el liderazgo de Xi.
“La guerra comercial de Trump está sumida en el caos: la mayoría de sus aranceles han sido declarados ilegales, y las exportaciones chinas siguen en auge. La guerra con Irán también es un desastre”, dijo Kroeber.
Según expertos del Council on Foreign Relations (CFR), la confianza de Xi se consolidó definitivamente el año pasado cuando logró que Trump “doblara las manos” tras usar su “herramienta de emergencia”, la amenaza de restringir el flujo de imanes permanentes y tierras raras. Trump, ante la posibilidad real de paralizar su industria tecnológica y, sobre todo, su maquinaria militar, tuvo que ceder.
Hoy, el suministro de estos minerales críticos, esenciales para misiles, aviones de combate y la transición energética, depende de la voluntad de la potencia asiática. Con las reservas estadounidenses agotándose a un ritmo acelerado, la vulnerabilidad de Washington es total.
La posición de EE. UU. también se ha visto debilitada en un frente que Trump consideraba invencible: la energía. Históricamente, el republicano ha usado el petróleo y el gas licuado (LNG) como arma geopolítica, obligando a aliados en Europa y Japón a depender del suministro estadounidense. Sin embargo, la guerra con Irán ha destruido esa ventaja competitiva.
David M. Hart, del CFR, sostiene que la apuesta militar de Trump en Irán ha debilitado su “carta energética”. Mientras Washington ofrece combustibles fósiles cuyos precios se disparan y cuyas rutas son vulnerables a bloqueos en el estrecho de Ormuz, China exporta la infraestructura del futuro. El modelo chino del “electro-Estado”, con base en tecnologías limpias, baterías y electrificación que no dependen de los caprichos de los productores de crudo, parece hoy mucho más estable y atractivo para el mundo que el modelo del “petro-Estado” que defiende Trump.
¿Qué quieren Trump y Xi?
A pesar de su debilitada posición en el tablero, Trump busca forzar que Xi Jinping actúe como el único mediador capaz de mover la aguja en el golfo Pérsico. La administración Trump mantiene, como de costumbre, un doble discurso que genera fricción: mientras el secretario del Tesoro, Scott Bessent, implora a Beijing que “consiga que los iraníes abran el estrecho”, al mismo tiempo acusa a China de financiar el terrorismo al comprar el 90 % del crudo iraní. Es una danza diplomática contradictoria: pedirle un favor a quien acusas de financiar a tu enemigo.
Del otro lado de la mesa, y a pesar de su ventaja, China no es una espectadora indiferente ante el conflicto. Su economía, estructuralmente orientada a la exportación de la que depende en una quinta parte, no puede permitirse un mundo en recesión o un petróleo impagable. Con la mitad de sus importaciones de crudo y un tercio de su gas natural licuado transitando por el estrecho de Ormuz, el estancamiento en el golfo es una amenaza directa al crecimiento chino.
La reciente reunión en Beijing entre el canciller chino Wang Yi y su homólogo iraní, Abbas Araghchi, dejó clara la postura de Xi: China sí quiere la apertura del estrecho y un cese de hostilidades, pero lo hará bajo sus propios términos de “soberanía y seguridad”, no como un mandadero de Washington.
Taiwán: el precio de la mediación
Es aquí donde el tablero se vuelve peligroso para los aliados de Estados Unidos. Si el presidente Xi Jinping va a usar su capital político para “rescatar” a Trump del lodo en Irán, presionando a Teherán, el cobro más obvio según analistas será en una moneda que incomoda a la clase política tradicional en Washington: Taiwán. Los últimos movimientos de Washington ya apuntan a esta dirección. El Departamento de Estado ha congelado un paquete de ventas de armas de USD 11.000 millones a Taiwán justo antes de la cumbre.
Para Xi, el objetivo es forzar un cambio en la narrativa estadounidense. China presionará para que Washington pase del “no apoyo” a la independencia de Taiwán a una “oposición” explícita, aprovechando que Trump ha mostrado más interés en los acuerdos de inversión que en los compromisos de defensa ideológica.
¿Qué puede quedar de la reunión?
Pero los grandes anuncios no llegarán con esta cumbre, ya que ninguna de las partes parece estar políticamente preparada para esas conversación, como señala Zoe Liu Zongyuan, investigadora del CFR, quien dice que se presentarán varios encuentros entre ambos líderes a lo largo del año, donde sí se podrán ver grandes acuerdos.
Xi, contrario a Trump, que espera mostrar resultados antes de las elecciones de medio término, no tiene prisa. Para él, el éxito de la cumbre ya ocurrió. Recibir a un presidente estadounidense tras ocho años de ausencia es, por sí solo, un mensaje de fortaleza interna y geopolítica. Con ese resultado inmediato, espera jugar a largo plazo, asentado sus fortalezas antes de un nuevo cambio en Washington.
En ese sentido, lo que veremos será un conjunto de acuerdos cuidadosamente orquestados, aunque limitados, que le permitan a ambos mostrar avances en la relación bilateral: la reanudación de los envíos de tierras raras, una flexibilización cosmética en los controles de exportación y la foto de rigor sobre “competencia responsable” entre ambas naciones. Incluso un nuevo equipo de trabajo sobre gobernanza respecto a inteligencia artificial o compromisos de compra de aviones Boeing, productos agrícolas y energéticos por parte de Beijing para que Trump pueda mostrar resultados. Al final, ambos presentarán la visita como un éxito rotundo, pero por razones distintas.
“Es bueno que los líderes de las economías más grandes se reúnan. Eso es positivo. Que se recupere la confianza para trabajar sobre problemas comunes: IA, comercio, inversiones, petróleo, guerra y paz. Reunión no significa éxito en las negociaciones. China y EE. UU. seguirán compitiendo a lo largo del siglo, es evidente. Considero que un acercamiento es una posibilidad, lo medirán los mercados en el corto plazo para saber qué tan eficaz fue”, señaló Rafael Piñeros, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Externado.
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