En diez días cumpliremos dos meses desde el primer ataque coordinado de Israel y Estados Unidos contra Teherán, en una guerra que se ha extendido a toda la región de Oriente Medio y ha dejado por lo menos 3.636 muertes en Irán (entre civiles y militares), según Human Rights Activists in Iran, y más de 2.000 muertes en Líbano, según la agencia Reuters. Un escenario fatal enfrascado en esperanzas frágiles de paz, con treguas temporales en Irán y Líbano y, sorpresivamente, con el estrecho de Ormuz abierto por completo desde el viernes en la mañana.
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Este paso marítimo ha sido uno de los puntos clave de presión tanto para Washington como para Teherán. Los efectos de su cierre, por cualquiera de las dos potencias, han trascendido los objetivos de guerra de ambos bandos. Energética y económicamente este estrecho ha sido fundamental, pues por allí transita cerca del 20 % del petróleo que se comercia en el mundo. Pero el hecho de que hoy esté abierto, porque Irán aceptó levantar su bloqueo gracias a la tregua en Líbano que entró en vigor el jueves, no equivale necesariamente a un éxito estratégico para nadie.
El martes se acabará el plazo de la tregua en Irán, anunciada después de las fallidas negociaciones en Islamabad, capital de Pakistán, y en una semana más lo mismo pasará en Líbano, un conflicto “proxy” que tiene sus propios actores (Israel y Hezbolá), pero que se recrudeció tras la escalada desatada el 28 de febrero. Dicho de otra forma, la relativa calma de hoy solamente tapa que todo el conflicto, estructuralmente, está exactamente en el mismo punto en el que lo dejaron antes de las treguas, además de que no sirve para esconder el fracaso en Pakistán.
Lo único que ganaron fue tiempo y, poniéndolo en los términos recurrentes del presidente Donald Trump, su victoria más grande hasta ahora es que Irán acceda a volver a negociar en Islamabad una vez acabe la tregua. Trump ha dicho en reiteradas ocasiones que la guerra está ganada, a pesar de que después diga que la victoria está cerca. Contradictorio o no, deja ver cómo este conflicto se mide, para él y su movimiento MAGA, en triunfos o derrotas, así resulten más simbólicos que tangibles.
Como en todas las campañas que ha emprendido Trump (bélicas, arancelarias, diplomáticas o políticas en general), lo de Ormuz solamente fue una demostración más de que está dispuesto a ir por la opción más complicada antes de retroceder y plantear las disputas en otros términos.
Después de semanas en las que Irán amenazó con minas navales y ataques a buques no alineados, Trump igualó la apuesta y el 13 de abril anunció que la Marina de EE. UU. bloquearía el tránsito vinculado a Irán tras el colapso de las conversaciones. “Fue una desesperación porque no tenían otra opción, no podían controlar el flujo de barcos y vieron que Irán estaba ganando mucho dinero por cobrarles a los barcos y también por el petróleo que ellos mismos estaban vendiendo. Entonces parece que, en cuanto a táctica para resolver un problema que la misma administración de Trump creó, considero que ha sido efectiva”, analiza Lawrence Gumbiner, exdiplomático estadounidense, bajo la perspectiva de que tal vez la victoria más tangible de Trump con todo esto sea que ambos bandos retrocedieran para retomar negociaciones. En otras palabras, evita el peor escenario inmediato: el cierre prolongado del estrecho.
Ahora, el hecho de que hoy esté abierto es completamente efímero. Nadie sabe qué pueda ocurrir una vez acabe la tregua el martes y se den cita de nuevo en Pakistán. Puede que ni siquiera lleguen a sentarse a la mesa; es incierto y depende de decenas de factores, todos alineados con la misma tensión.
Estados Unidos busca el desarme nuclear completo de Irán (y hasta un cambio de régimen), mientras que Irán pretende el alivio de las sanciones económicas en su contra y mantener el control sobre Ormuz. En paralelo, la situación en Líbano, pese a llevar todo un proceso de negociacones aparte, influye en este conflicto y la voluntad de Irán abriendo el paso lo demuestra. Estos son algunos puntos que están sobre la mesa y muestran que la presión sobre Ormuz no modificó las variables que sostienen la confrontación. Según explica Dorian Kantor, docente y director de Kantor Consulting, esa es la lógica de las treguas en estos conflictos.
“Irán sigue considerando el frente libanés parte integral de su arquitectura de disuasión extendida, no una variable desconectable. Sin una resolución en ese frente, la guerra amenazaba con expandirse hacia Siria e Irak, donde las milicias respaldadas por Irán podían abrir nuevos vectores de ataque. Lo que ocurrió es que la intensidad cinética bajó en un teatro mientras los incentivos estructurales permanecen intactos. La pregunta relevante no es si la tregua aguanta, sino qué forma tomará la siguiente ruptura y si, para entonces, habrá menos capacidad iraní para sostenerla o más resentimiento acumulado para provocarla”, explica.
Kantor también aborda que la capacidad de ir por todo con el bloqueo naval, pese a que se pueda leer como una victoria temporal, también termina erosionando la credibilidad de Estados Unidos en este punto. Sí, logró sentar a Irán a la mesa, pero no garantizó la navegabilidad completa. Explica que la propia geografía limita el alcance de la superioridad militar: Irán no necesita imponerse en una confrontación naval directa para alterar el tránsito marítimo, sino simplemente mantener un nivel sostenido de interrupción. En ese contexto, los aliados asiáticos dependientes del flujo energético del golfo han asumido los costos de decisiones en las que no participaron. En suma, Kantor concluye que Washington sigue siendo un actor indispensable en la región, pero ya no suficiente.
Pese a todo lo anterior, la única certeza es que el cuello de botella en el que empujaron Israel y Estados Unidos a Oriente Medio solo se expandirá negociando. Los parámetros de cada bando son muy difíciles de acercar; las negociaciones en Pakistán lo dejaron claro, por lo que una resolución definitiva parece, en un futuro cercano, improbable.
Lo cierto es que, en el fondo, el estrecho de Ormuz no resolvió el conflicto: apenas evidenció sus límites. Trump puede presentar su reapertura como una victoria inmediata, pero las variables que detonaron la guerra están allí desde antes de esta administración y ninguna ha sido resuelta ni en esta ni en escaladas anteriores.
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