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Trump se arriesga a otra ‘guerra eterna’ en Irán

El presidente Trump, que prometió “terminar guerras”, no comenzarlas, podría haber caído en una conocida trampa presidencial.

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Steven Erlanger - The New York Times
17 de julio de 2026 - 12:30 a. m.
Mujeres iraníes caminan junto a un mural del difunto Líder Supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei.
Mujeres iraníes caminan junto a un mural del difunto Líder Supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei.
Foto: EFE - ABEDIN TAHERKENAREH
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Nadie comienza una guerra esperando que dure para siempre. Sin embargo, desde Vietnam, los presidentes estadounidenses han entrado de manera repetida en conflictos que parecen interminables, al menos hasta que el siguiente presidente —o el que le siga— decida que el costo y el dolor político no valen la pena, declare la victoria y se vaya a casa.

En el caso de Irán, el presidente Donald Trump podría haber caído en la misma trampa.

Hizo campaña para el cargo con la promesa de terminar guerras, no comenzarlas, y nunca involucrarse en una guerra eterna, mucho menos una en Medio Oriente. Y, sin embargo, se arriesga a hacerlo en Irán, dicen sus críticos.

La guerra que Israel y Estados Unidos comenzaron con tanta fuerza ha alternado entre momentos de negociación y ataques militares. Hasta ahora han fracasado en alcanzar los objetivos declarados de Trump de un cambio de régimen o de poner fin al programa nuclear de Irán, mientras que la guerra ha creado un problema nuevo y aparentemente irresoluble: el embotellamiento del estrecho de Ormuz.

Ante el estancamiento de la diplomacia, al menos por ahora, Trump, frustrado, se encuentra de nuevo en guerra, con el alto al fuego roto y el estrecho bloqueado. El memorando de entendimiento que según dijo “logra todo lo que nos propusimos alcanzar” —a pesar de las interpretaciones radicalmente divergentes sobre el mismo— quedó hecho jirones en menos de un mes.

“Ambas partes veían el memorando de entendimiento como la continuación de la guerra por otros medios, no como un puente hacia la paz”, dijo Ali Vaez, director del proyecto sobre Irán del International Crisis Group.

Sin una estrategia a largo plazo para lograr un acuerdo sostenible, dijo, existe el riesgo de crear “las circunstancias para una guerra eterna”.

La idea de las “guerras eternas” comenzó con el 11 de septiembre y la “guerra global contra el terrorismo”, que arrastró a Estados Unidos a largos compromisos militares, con tropas en el terreno, tanto en Afganistán como en Irak. Esos conflictos, que comenzaron con el derrocamiento de regímenes hostiles antes de convertirse en campañas de contrainsurgencia, terminaron de forma inconclusa o en derrota después de un gasto y una pérdida de vidas considerables.

Los líderes poderosos con ejércitos potentes son propensos a caer en “la falacia de la guerra corta”, dijo Lawrence D. Freedman, profesor emérito de Estudios de Guerra en el King’s College de Londres, quien el año pasado escribió un artículo titulado “La era de las guerras eternas”. “Creen que pueden ganar rápidamente y no sufrir consecuencias adversas”, dijo.

Al igual que Trump en Irán y el presidente Vladimir Putin de Rusia en Ucrania, “no logran apreciar los límites del poder militar y, por lo tanto, establecen objetivos que pueden alcanzarse, si acaso, solo a través de una lucha prolongada”, dijo Freedman.

E incluso las fuerzas militares más sofisticadas no son suficientes, si no hay una estrategia para convertir la superioridad en el campo de batalla en un éxito político y diplomático duradero. Trump se enfrenta al desafío adicional de intentar ganar únicamente por medio del poder aéreo y marítimo, sin el uso políticamente desagradable de tropas terrestres en territorio iraní.

La guerra del golfo Pérsico de 1991 fue rápida y tuvo éxito en sus propósitos, porque el presidente George H.W. Bush tenía un objetivo político limitado: expulsar a Saddam Hussein de Kuwait. Esa fue una lección que olvidó su hijo, el presidente George W. Bush, en la segunda guerra contra Irak, la cual terminó por aumentar el poder de Irán en la región. En Afganistán, después de que el Bush más joven expulsara a los talibanes, él y sus sucesores intentaron en vano reconstruir la sociedad, pero cuando Washington se cansó del esfuerzo, los talibanes regresaron.

Existe el argumento, a veces esgrimido por el propio Trump, de que fue a la guerra en Irán para poner fin en definitiva a lo que consideraba una guerra de 47 años entre Estados Unidos e Irán, la cual comenzó con la caída del sah de Irán en 1979 y la toma de más de 60 rehenes estadounidenses.

La “guerra eterna” entre Estados Unidos e Irán, argumentó Vali Nasr, profesor de la Facultad de Estudios Internacionales Avanzados de Johns Hopkins, es solo otra ronda de un conflicto que a veces se ha intensificado y otras ha resultado en un acuerdo, como el pacto nuclear de 2015 que Trump rompió en 2018.

Aaron David Miller, investigador sénior en la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, dijo que Trump, instado por Israel, también se ha insertado en una “guerra eterna” paralela: la que existe entre Israel e Irán, que se libra con los aliados iraníes en el Líbano, los territorios palestinos y Yemen.

Trump aún tiene la capacidad de vender esta guerra impopular a su base de votantes como una especie de victoria e irse a casa. Pero, para sorpresa de muchos, el presidente parece estar redoblando la apuesta, aunque sin un camino claro hacia un acuerdo diplomático. Y su compromiso de mantener abierto el estrecho de Ormuz, mientras Irán insiste en mantener el control, podría significar una intervención militar estadounidense muy prolongada, incluso con la ayuda de sus aliados.

Aun así, la guerra en Irán es diferente, especialmente si se compara con Afganistán y la segunda guerra contra Irak. En ambas guerras, miles de tropas estadounidenses estuvieron en el terreno durante largos periodos y terminaron luchando contra milicias y terroristas que se oponían a los nuevos gobiernos respaldados por Estados Unidos, no luchando contra un Estado como Irán.

Y, a diferencia de los casos de Vietnam, Irak o Afganistán, Irán puede infligir dolor económico a Estados Unidos al bloquear el acceso al estrecho de Ormuz, lo que otorga a Teherán una ventaja más efectiva y es una razón primordial por la que se negará a ceder el control.

No habrá un retorno a la situación anterior a la guerra, dijo Suzanne Maloney, directora de política exterior en la Brookings Institution. Al igual que en Irak, las suposiciones y las percepciones erróneas estadounidenses cambiaron el equilibrio de poder en la región, dijo, y ahora es probable que los días de un tránsito completamente libre en el estrecho de Ormuz hayan terminado.

Puede haber “una nueva normalidad”, dijo, “pero con una postura de fuerzas estadounidenses mucho mayor en la región” dada la capacidad de Irán de atacar barcos cuando le plazca.

Debido a que los intereses de Washington en esta guerra son simplemente menores que los de Irán, dijo Nasr, quien trabajó en la guerra afgana, “el ritmo comienza a disminuir, mientras que el otro lado está dispuesto a mantener el mismo nivel de intensidad”. Cuando Estados Unidos comenzó a retirarse de Afganistán, al igual que de Vietnam, “el equilibrio comenzó a cambiar”.

Pero un fin negociado de la guerra en Irán todavía parece lejano. Ambas partes han demostrado que ni siquiera pueden ceñirse a un acuerdo marco mínimo que posponga todos los asuntos sustantivos para el futuro, dijo Vaez. Si ni siquiera pueden hacer eso, agregó, “eso podría eliminar la última barrera entre la confrontación episódica y una guerra eterna”.

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Por Steven Erlanger - The New York Times

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