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Un legado indeseable

Los legados no siempre son positivos y si del nuevo gobierno demócrata dependiera, lo recibiría con beneficio de inventario. La administración Bush entrega un país aquejado por un desequilibrio ostensible en su política exterior; generado por el uso ilegítimo de la fuerza y su marcado acento unilateral.

ÁLVARO NAVAS

09 de noviembre de 2008 - 05:00 p. m.
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Con este proceder los Estados Unidos comprometieron sus principales apoyos internacionales y desdibujaron los principios y valores que forjaron su credibilidad desde la posguerra en un  momento en que  su supremacía económica se deteriora.

El desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial hacia Asia es fuente de inquietudes crecientes para los Estados Unidos y sugiere la pérdida progresiva de la posición que ocupa como principal motor y beneficiario de la globalización,  lo que a su vez supone una reducción de su margen de autonomía.

Este año el déficit comercial con China alcanza la  de 256.000 millones de dólares, que  de paso se ha constituido en su principal acreedor al acumular una parte sustancial de la deuda pública norteamericana.

La situación en Irak y Afganistán es incierta y llena de dificultades por la confluencia de resistencias locales, la escasa credibilidad en los mecanismos diplomáticos y el desinterés notorio de  Rusia y China para propiciar una solución negociada. No se avizoran tampoco  escenarios prometedores en Pakistán y la situación con Irán es igualmente incierta. En el hemisferio Occidental es notorio el desentendimiento con la Unión Europea y con sus más caracterizados aliados, lo que reduce sus capacidades de maniobra en el justo momento cuando Rusia busca definir un área de influencia propia en el este de Europa, el Cáucaso y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central. En nuestras latitudes se observa la búsqueda de una mayor autonomía impulsada por Brasil y el surgimiento de liderazgos alternativos aunque menos consistentes y sostenibles como el de Chávez. Estos liderazgos y proyectos concurrentes serían renuentes a cualquier cambio que implique una pérdida de influencia, y probablemente se inclinarán por redefinir su relación con los Estados Unidos, pero esperando conservar la posición internacional que han logrado forjar aprovechando los desafueros y desaciertos del gobierno Bush.

La presidencia de Obama tendrá que reconfigurar un liderazgo que ha sido habitualmente hegemónico en un sistema cada vez más descentralizado y reacio a los viejos ordenamientos de poder de tipo vertical. ¿Podrá Barack Obama con semejante desafío?

Por ÁLVARO NAVAS

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