Alrededor de la guerra civil siria se entreteje una geopolítica muy compleja. Ya se volvió costumbre afirmar que la eventual caída de Bashar al Asad, acompañada de una mayor intervención militar extranjera, caos y violencia, llevaría a sus dos principales aliados de la región, el Hizbulá libanés y el Irán de los ayatolas, a responder con medidas extremas; el arco chiita se cerraría en torno a una mayor responsabilidad ideológica y estratégica de los dos únicos reductos que dejaría el derrumbe del régimen alauita sirio, estrategia que deslizaría paulatinamente a Hizbulá e Irán a una guerra regional por la supervivencia. Tratemos de desbaratar este mito.
Aparte de EE.UU. y Rusia, enfrascados en una rivalidad clásica por controlar espacios claves para sus intereses estratégicos, la geopolítica regional de la crisis siria abarca específicamente a Irán, los estados sunitas del Golfo Arábigo, Hizbulá e Israel. Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, y Ehud Barak, ministro de Defensa, insisten en deshacerse de la amenaza de un Estado nuclear islámico. Para evitar atacarlo directamente, se supone que la mejor opción es la caída del régimen sirio. A través del enclave sirio, tanto éste como el régimen iraní apoyan a Hizbulá (US$40 millones al año recibe de Irán), que a su vez controla el sur del Líbano y es una fuerza de contención a las agresiones israelíes; algo similar procura con Hamas. Con una caída del régimen sirio se desmoronaría la estrategia “asimétrica” iraní; y si además se debilita Irán, se hundiría Hizbulá.
Esta lógica contiene para Israel y EE.UU. el supuesto de un escenario de guerra ofensiva por parte del eje chiita. Irán, al apoyar a Siria mediante un pacto de seguridad mutua a través de su Guardia Revolucionaria, estaría dando un primer paso; el siguiente sería activar sus redes islámicas, que además del libanés, incluye el Hizbulá del Hijaz saudí o la Alianza Islámica Nacional de Kuwait.
La política exterior iraní ha oscilado entre el nacional-islamismo y la expansión de la revolución, pero sus objetivos de independencia y seguridad resisten apenas las divisiones entre las redes transnacionales chiítas del Líbano, Siria, Irak, Emiratos, Bahréin y Arabia, cada una con versiones islámico-políticas distanciadas de la doctrina de los ayatolas. Además, estos movimientos están acorralados por la política antiiraní de las monarquías sunitas y su adaptación a un nacionalismo particularista. El arco del chiísmo no es ninguna garantía para la estrategia iraní.
Además, Irán y Siria se enfrentan a la independencia estratégica y militar de Hizbulá. En el frente interno, Hizbulá domina exiguamente el gobierno, enfrentado a disensiones confesionales y políticas que congrega el opositor grupo 14 de Marzo, con Hariri a la cabeza; pero el frente externo lo enfrasca en una disyuntiva: el apoyo incondicional a su aliado Al Asad, y con ello la aceptación de la entrada de la guerra civil al Líbano, o comprometerse a apaciguar a sus adeptos y al ejército libanés para no generar más inestabilidad.
Israel teme que una guerra civil en Líbano dé a Hizbulá una posición ventajosa en su frontera sur. Pero, pese a su apoyo a Al Asad, Hassan Nasralá (líder de Hizbulá) instó al cese de hostilidades de todos los bandos enfrentados en Siria. ¿A qué se debe este giro? Por ser un movimiento híbrido entre las movidas de la facción política en el gobierno y las maniobras del brazo armado, Nasralá debe calcular sus pasos con una precisión táctica que le permita seguir dominando en la coalición 8 de Marzo.
La caída de Al Asad perjudicaría a todos los actores geopolíticos, pero no por ello las amenazas mutuas tendrían que traspasar el umbral de la guerra. Preocupados más por evitar su propia “primavera”, Irán y Hizbulá abandonarían cualquier tentativa de atacar a Israel.
Sin embargo, un verdadero problema presentaría la implementación de la doctrina “Dahiya”, formulada en Israel. Al buscar generar una “provocación transfronteriza” en el sur del Líbano, cuya respuesta sería de proporciones devastadoras, Israel acallaría una posible respuesta asimétrica iraní a través de su aliado libanés, alejando una supuesta ofensiva iraní.
Israel debería ser consciente de los costos que le generaría provocar nuevamente una agresión militar. ¿No le resultaría más útil esperar que se estabilice Siria o rehacer un acuerdo con Irán y seguir profundizando sus relaciones con el Líbano con la mediación de la ONU? Israel, acostumbrado durante tres décadas al statu quo con Siria, divisa un futuro sombrío. Y las tentativas de una agresión son apenas el reflejo de eso. Sin embargo, para todos los bandos el estado actual de amenaza constituiría un “valor estratégico” suficiente para lograr sus objetivos inmediatos con un menor costo.
* Internacionalista, historiador, investigador del Centro Colombiano de Estudios Árabes.