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Ya comenzaron los fastos con los que España conmemorará en 2010-11, junto con América Latina, 200 años de independencia.

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M.A. Bastenier / Especial para El Espectador
26 de mayo de 2009 - 10:46 p. m.
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España es por su volumen la octava economía del mundo, tras Estados Unidos, Japón, China, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia; si atendemos a la paridad de su poder de compra retrocede al 11º lugar, superada por India, Rusia y Brasil; con 24.000 euros, en la renta per cápita desciende al 25º; es el sexto inversor mundial, segundo en América Latina y el 15º exportador; en el índice de calidad de vida (Human Development Index del PNUD) está el 13 o 14; su índice de inversión en I+D, con un 1,21 del PIB está siete décimas por debajo de la media de la UE y es la mitad del de Estados Unidos y Japón; sólo tiene el presupuesto militar número 15º del mundo; pero el castellano, con 400 millones de hablantes gracias a América Latina, sólo cede paso al inglés en Occidente, es la lengua extranjera, aunque siempre después del inglés, que más se estudia en el mundo, y la tercera por su utilización en internet.

Y si eliminamos a Estados como Luxemburgo, Irlanda o Noruega, cuya modesta demografía les niega influencia internacional, en casi todas las clasificaciones España avanza varios lugares hasta alcanzar el 10º por término medio. España es una potencia media de ámbito regional, pero con proyección planetaria.

Desde la víspera de la Batalla de Rocroi en 1643, la primera vez que los tercios de Flandes fueron derrotados en campo abierto y comienzo de la decadencia imperial, España no había tenido tanto peso en el mundo, de forma que se impone hoy la necesidad de decidir qué quiere ser en el futuro; y con ello tienen mucho que ver los bicentenarios y la evolución psico-política de Latinoamérica.

La semana pasada arrancaron los fastos presididos por los Reyes con los que España conmemorará en 2010-11, junto con América Latina, los 200 años de independencia. Con sabia cautela el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, subraya que sólo se pretende acompañar a las naciones, hermanas, primas o sobrinas, sin buscar protagonismo alguno. Hay que estar, como dicen de los niños en Inglaterra, para ser vistos pero no oídos.

Pero España no está en absoluto preparada para el cambio de paradigma en curso en América Latina, de lo que, paradójicamente, la democracia es algo responsable. Los estudios latinoamericanos que en el bachillerato de los tiempos de la dictadura eran tan escasos como ignominiosos, con la democracia han dejado de ser ignominiosos, pero sólo porque han desaparecido, en especial en la España periférica, la que no perteneció o no se siente vinculada a la Corona de Castilla, que fue la que llevó adelante la conquista y colonización de América. La preparación para los bicentenarios debería haber comenzado en la enseñanza primaria.

Y lo terrible es que la España democrática no ha sabido segregar una visión de sí misma distinta a la del nacional-catolicismo secular, la de la entrada de Franco bajo palio en las catedrales, mientras que las llamadas nacionalidades, Cataluña y el País Vasco, notablemente, no han parado de hacerlo para crearse una mística nacional propia, inevitablemente antiespañola.

La historia de España que se estudia hoy en el bachillerato ha sido más o menos expurgada, han desaparecido bastantes cruces evangelizadoras del mundo americano, y gran número de denuestos contra los herejes, especialmente ingleses y holandeses, con un honroso tercer puesto para franceses; pero en su lugar apenas hay nada: el silencio como mitología propia.

Así, se le ha dejado el campo libre, no ya al revisionismo genérico —Henry Kamen, el historiador inglés que ha descubierto con genuino asombro que el imperio español no era español sino multinacional, aunque no explica cómo, siendo así, en América Latina sólo se habla español o portugués— sino a obras críticas sin duda meritorias, pero que merecían algún contrapunto como Las venas abiertas de América Latina del uruguayo Eduardo Galeano, libro de cabecera del presidente Chávez, o el mucho más notable —y devastador— La patria del criollo, del guatemalteco, hijo de españoles, Severo Martínez Peláez, en la que no queda títere, conquistador, con cabeza.


Un campo en el que sobre Colombia sólo escriben colombianos, además de estadounidenses, franceses e ingleses, pero nunca españoles. ¿Dónde están los equivalentes a Daniel Pécaut y Malcolm Deas en la península ibérica? La España democrática debería superar lo de Luz de Trento y espada de Roma, el ditirámbico veredicto del insigne polígrafo, Marcelino Menéndez y Pelayo, para darle tegumento intelectual a la descentralización extrema que supone en España el Estado de las Autonomías.

América Latina llega a sus bicentenarios en una similar ‘pole position’, interrogándose sobre sí misma. El abrumador predominio en el imaginario latinoamericano del estereotipo criollo —blanco aunque algo atezado, de edad que comienza a ser madura, clase media o medio-alta, bautizado, al menos con estudios secundarios, y matrimonio alejado de la negritud o la indianidad— sufre el asalto del estereotipo indígena en Bolivia, y del enigmático ‘socialismo del siglo XXI’ en Venezuela, ambos de probada vocación proselitista. En unos años es perfectamente posible que el mundo iberoamericano resulte irreconocible comparado con lo que todavía es hoy. Y España ha de trabajar horrores para que esa Latinoamérica le quepa en la cabeza.

La palabra clave es “autocrítica”. España ha de saber reconocer los horrores de la Conquista; no, el genocidio que trompetea Chávez, porque jamás hubo plan de exterminio alguno, y el siglo XVI no es el XXI, pero la evangelización forzada y la rapiña de riquezas a sangre y fuego son episodios cuya extrema crueldad no pudo ser fruto del azar.

Eso explica, sino enteramente justifica, que el presidente boliviano Evo Morales sostenga que España tiene una deuda con su país, pero no ya moral, sino financiera. Por ello, algún tipo de expiación que no se incline, sin embargo, ante todo ni ante cualquier expresión de lo latinoamericano, puesto que en esa funesta faena participó tanto o más el criollo que el peninsular, igual durante la Colonia que la Independencia, sino ante la trata y la esclavitud del negro, o ante la marginación del indígena en un mundo americano que ni siquiera conoció la Contrarreforma.

Hay, sin duda, sólidos argumentos en favor y en contra de una muestra de humildad tan franciscana, pero desaprovechar la oportunidad de poner a cero el contador con una América Latina en la que los antiguos señores puedan un día dejar de serlo, para dar paso al menos a una parte del pueblo, como está ocurriendo pese a todas sus jactancias y desprecio a la formalidad democrática en la Venezuela de Chávez, y con peligroso acento étnico en la Bolivia de Morales, sería además de una inmoralidad, un grave error.

España no debe ir más allá de ser solícita comparsa en el culto a Bolívar, pero la autocrítica le sentaría bien a la Alianza de Civilizaciones que preconiza el presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. En Colombia, sin embargo, no hay problema; es el último país de América Latina en el que los españoles, es decir los colombianos que siempre han mandado de Santander para acá, arriarán el estandarte.

* Columnista del diario ‘El País’ de España

Por M.A. Bastenier / Especial para El Espectador

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