Fue culpa de un cura. Cuando Christine Meert estudiaba comunicación en Bélgica, un padre salesiano apareció en su universidad. Estaba haciendo una pasantía y, de paso, obró el milagro de convencer a algunos alumnos de viajar a Colombia con la única promesa de que aquí tendrían mucho que hacer como voluntarios. A Christine le faltaba graduarse y un trabajo de oficina para saber que también quería irse. Se subió al avión con rumbo a Medellín en 1988: “Mis papás estaban muy asustados”, recuerda Christine. Para ellos, dice, tenía que ser como si su hija se fuera para Siria.
Sabemos que a sus padres lo del cura no les hizo gracia, pero hoy, cuando Christine dice que le gusta bregar por mantener el equilibrio y no trabajar demasiado o cuando se indigna y le sale que “uno no puede tratar el proceso educativo de un joven a lo maldita sea”, es difícil sospechar otra de las dificultades. Christine se instaló en Medellín con “tres palabras de español en el bolsillo”.
Poco le decía el “Belencito Corazón”, con el que habían bautizado el barrio al que llegó a vivir, ni lo que salía de la boca de los niños en situación de calle con los que trabajaba en Ciudad Don Bosco, junto a los padres salesianos. Hoy se ríe cuando recuerda que rompió la promesa que le hizo a su familia: “Con todos los esfuerzos que había hecho para aprender el idioma, después de vivir en un barrio popular y adaptarme a un contexto tan distinto del que venía, no podía regresar después de un año”.
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Treinta años después, Christine lidera un grupo de 23, que incluye artistas, comunicadores, administradores y científicos sociales con el único propósito de darles un proyecto de vida a los 700 jóvenes que tienen a su cargo. Proyectarte nació como el resultado de años de investigación, que empezaron con una llamada telefónica. Del otro lado de la línea está el padre de Christine, ella le explica que la angustia mucho ver a tantas personas afectadas por la violencia y no poder hacer nada. “¿Fuiste a dar o a recibir?”, le pregunta la voz paterna del otro lado del océano. Ella contesta que las dos cosas: “Entonces dedícate a aprender”.
Después de dominar el español, Chritine estudió pedagogía y artes plásticas en la Universidad de Antioquia, y mientras se iba llenando de herramientas para el servicio social no paraba de aprender de la gente de Medellín: “Paralelamente me pasé a trabajar a una institución de protección para mujeres adolescentes que tenían historias muy fuertes y sufrían de depresión profunda”. Allí surgió el embrión de lo que sería Proyectarte: “Hicimos un proyecto piloto que duró tres años. Unía arte y psicología, pero, en lugar de enfocarse en la herida de las personas, explotaba su potencial y sus ganas de vivir”.
Christine no se demoró en notar el cambio entre las jóvenes, todas provenientes de instituciones de protección: “Les decía, bueno, vienen a buscar novio o a pintar, y ellas decían que las dos cosas. Era perfecto, había más vida. Sus tragedias dejaban de ser el centro y se volvía crear. Por supuesto, en el camino íbamos tratando los puntos dolorosos, pero no eran en el foco”.
Al cabo de tres años, y tras sistematizar las metodologías, los resultados eran lo suficientemente buenos para volverlo esta vez con un grupo totalmente mixto. “Desde el principio los chicos se colaron, pero en la escuela les decían, “ah, vas a ir a un proyecto de mujeres”, entonces al segundo le cambiamos el nombre y los incluimos”, recuerda Christine. La fórmula de buscar transformación personal a través del arte volvió a funcionar.
“Al cabo de seis años dijimos que la propuesta necesitaba una estructura que permitiera fortalecer el impulso que ya traíamos y así, en 2010, nació Proyectarte”.
“Chicos cuyo universo era la cuadra y las telenovelas, se descubrieron poetas, artesanos y empezaban a producir cosas muy bellas”, dice Christine quien, tras años de experiencia, está segura de que la soledad, y no la violencia o la pobreza, es el principal obstáculo por superar: “Ellos crecen muy solos y tienen referentes que no los impulsan. Nuestra idea era crear un espacio en el que pudieran tener otros referentes”.
Hoy la fundación que dirige Christine organiza exposiciones, obras de teatro, tiene un pequeño grupo productivo e incluyó entre los participantes de sus proyectos a excombatientes, población rural y desplazados por la violencia. “Sabemos que no vamos a cambiar el mundo, pero podemos construir un oasis, un espacio donde crezca y pueda poner el foco en la esperanza, sin esperanza no hay camino”.