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Nicaragua: más allá de Macondo

Una internacionalista nicaragüense y defensora de derechos humanos, exiliada, y su opinión sobre la realidad de ese país centroamericano.

Katherine Ramírez / Especial para El Espectador

22 de julio de 2026 - 03:03 p. m.
Fotografía facilitada por el gobierno de Nicaragua a través del medio oficial El 19 Digital muestra al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, saludando junto a su esposa y copresidenta, Rosario Murillo, durante un acto conmemorativo del 47.º aniversario de la Revolución Nicaragüense en Managua, el 19 de julio de 2026.
Foto: AFP - CESAR PEREZ
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Podría comparar a Nicaragua con Macondo, pero Macondo tiene elecciones, al menos una simulación de las mismas, que posteriormente serán robadas, existe la intención de pretender que hay un ganador y un perdedor del proceso electoral. (El anuncio de Daniel Ortega diciendo que no habrá elecciones en Nicaragua).

Ortega y Murillo dictadores de Nicaragua, demostraron que pueden ir más allá de Macondo, y que el realismo mágico es el día a día de la región latinoamericana. Nicaragua es viajar en el tiempo y regresar a la época en que no teníamos teléfonos para grabar, ver y escuchar en directo a las dictaduras militares.

El pasado 19 de julio se cumplió el 47 aniversario de la caída de la dictadura somocista en Nicaragua, una dictadura familiar que gobernó el país a sangre y fuego por 43 años. Su derrota fue posible gracias a la lucha popular de los nicaragüenses, dejó cientos de miles de víctimas, profundas heridas en la sociedad y procesos de justicia que nunca sucedieron; verdades a medias y una historia inconclusa que no termina de dar cuentas de los altos costos que ha representado para todas las partes y para los “otros”.

En la conmemoración de la revolución, de la que fue parte Ortega, como un acto de ironía se corona como lo que ya era desde años atrás, el sultán del país, sin posibilidad de disputar el poder; lejos de honrar la memoria de quienes murieron 47 años atrás para librar al país, se proclama en nombre de los muertos y de los triunfos del pasado, que nada tienen que ver con su nueva dictadura o con los personalismos.

Su principal justificación para eliminar por completo el proceso electoral es la soberanía nacional, sin embargo, el 10% del territorio nacional está concesionado a empresas chinas. La soberanía no vale nada cuando la población no tiene poder de votar o de opinar libremente. Las narrativas antiimperialista pierden su verdadero sentido cuando se trata de discrecionalidad para proteger el poder.

Desde 2006, tras la llegada de Ortega al poder, Nicaragua entró en una etapa de retroceso democrático, modificando las reglas del juego para lograr llegar a la presidencia, que 20 años después no ha soltado. El estallido social ocurrido en 2018 dejaría más de 300 personas asesinadas a manos de la policía nacional y grupos paramilitares afines al gobierno; esto se tradujo en altos costos políticos para el gobierno y en un proceso represivo en contra de personas opositoras, así como la ruptura total de la institucionalidad del democrática y la separación de poderes. Leer sobre Nicaragua y ser testigos de las formas represivas que creíamos haber dejado en las páginas más dolorosas de la región latinoamericana nos permite ver que los autoritarismos no se han ido, por el contrario, están tomando fuerza.

La represión no ha cesado ni por un día después de abril 2018, siguen habiendo personas presas políticas, han muerto en cárceles bajo custodia del Estado 8 de ellos, e incluso han llegado tan lejos, hasta no entregar el cuerpo de Brooklyn Rivera, líder miskito en la defensa de los pueblos indígenas. Uno pensaría que esto no sucede a plena luz del día, pero sucede, como recordatoria de que son los dueños del país, de las vidas y la libertad de quiénes lo habitan.

Ortega hoy representa el extremo más grave del autoritarismo en la región, Ortega un día se creyó dueño del país, hasta que llegó a serlo, o al menos bajo sus reglas. Decidió que no habría elecciones, que su esposa Rosario Murillo sería la copresidenta del país y que los nicaragüenses lo necesitan para existir. ¿Nos suena conocido el ego de creerse indispensable para un pueblo?. Esto debería despertar las alertas respecto a los líderes de la región que tienen características similares

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La dictadura de Nicaragua representa el aumento de la tolerancia ante gobiernos que incumplen las reglas democráticas que conocemos. Ortega no se hace sólo, nace de la complicidad de las élites, del silencio de parte de la comunidad internacional y de socios comerciales para quiénes la vida de la población importa poco o nada, es la encarnación de un modelo marcado por la decadencia política.

¿Por qué es importante pensar en lo que sucede en Nicaragua, si queda en centroamérica, un país pequeño de sólo 7 millones de habitantes?. Cada día el marketing político de gobiernos como el de Bukele nos quiere vender que la democracia no importa, que debemos elegir entre tener democracia o un gobierno eficaz. Las dictaduras son eficaces para sus propios intereses, no pierden tiempo en debates porque no les importa la opinión de la gente, no discuten con otros partidos porque los eliminan y ofrecen cárcel o exilio como alternativa ante la crítica.

Por Katherine Ramírez / Especial para El Espectador

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