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Una ONU sin modelo

28 de septiembre de 2026 - 07:00 p. m.

La 81.ª Asamblea General de Naciones Unidas volvió a mostrar las costuras, cada vez más deshiladas, del orden internacional. Por el atril pasaron dirigentes convencidos de haber diagnosticado la enfermedad del mundo y, casi siempre, de ser los únicos que no la padecen. Todos tienen adversarios que amenazan la paz. Todos poseen razones excepcionales para hacer lo que reprochan a los demás. Ninguno parece reconocerse en el problema que describe.

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Ucrania continúa reclamando ayuda para resistir la invasión rusa, como si todavía hiciera falta recordar que un país tiene derecho a existir dentro de sus fronteras. Trump presentó una vez más su presidencia como el punto de partida de la prosperidad estadounidense. Otros celebraron sus propios resultados, exigieron mayor respeto por el derecho internacional o denunciaron su incumplimiento. Hubo delegaciones que abandonaron sus asientos. Hubo llamados a escuchar, pronunciados ante auditorios que preferían no hacerlo.

La escena es particularmente interesante. Si los gobiernos se comportaran como hablan en Naciones Unidas, viviríamos en un planeta de Estados pacíficos, comprometidos con los derechos humanos y modestamente interesados en el bienestar ajeno. Nadie explota su ventaja. Nadie cruza una frontera sin motivo. Nadie sacrifica civiles. Las guerras, por alguna razón, ocurren de todos modos.

También regresó el ritual de declarar que la ONU se encuentra en crisis. No faltan motivos para decirlo. Lo curioso es que sus críticos más severos necesitan llegar hasta su atril para anunciar que ha perdido relevancia. Ese salón reúne a gobiernos que desprecian la organización, pero todavía desean ser vistos y escuchados en ella. La contradicción revela algo que suele perderse entre los obituarios del multilateralismo: incluso sus detractores necesitan un lugar común desde el cual disputar el significado del mundo.

El secretario general, António Guterres, quien a propósito se le acaba su periodo pronto, advirtió sobre el ensanchamiento de las fracturas internacionales. Dijo algo que todos dicen: hay más guerras, más hambre, violación de derechos humanos, erosión de la democracia y un maltrato evidente del derecho internacional. A la ONU se le pide que detenga guerras cuya continuación beneficia a algunos de sus miembros; que haga cumplir reglas cuya aplicación otros reservan para sus rivales; que produzca confianza entre gobiernos que convierten la desconfianza en doctrina. Cada septiembre se exige a la organización una autoridad que sus propios Estados miembros se niegan a concederle el resto del año.

Quizá por eso deberíamos recalibrar la forma en que enseñamos los Modelos de Naciones Unidas en las universidades. Han sido ejercicios valiosos para aprender procedimientos, investigar posiciones nacionales y hablar en público. Pero cuando la simulación premia el discurso impecable y el acuerdo de última hora, puede transmitir una idea demasiado estéril de la diplomacia. Los estudiantes aprenden a formular resoluciones; menos a reconocer por qué un Estado bloquearía una resolución razonable, quién paga el costo de ceder y qué obtiene quien deja que una negociación fracase.

Un modelo más fiel a la política internacional debería obligar a sus participantes a negociar con instrucciones contradictorias, a lidiar con información incompleta y consecuencias internas por cada concesión. Habría que meter en el modelo cuestiones idiosincráticas sobre las personalidades grandilocuentes de algunos y la modestia de otros como vectores discursivos. Tendría que incluir al gobierno que defiende una norma después de haberla vulnerado, al aliado que exige lealtad mientras negocia por su cuenta y a la potencia que habla de cooperación sin renunciar a su privilegio de veto. Allí una buena intervención no bastaría para recibir un premio: habría que responder también por la distancia entre lo que se prometió y lo que se hizo posible.

Conviene enseñarles a los estudiantes por qué sigue siendo necesaria la diplomacia cuando los interlocutores se detestan, los intereses chocan y nadie llega dispuesto a admitir culpa. La Asamblea de la ONU ofrece cada año una lección menos elegante que sus simulaciones, pero mucho más fértil para el mundo de verdad. Para entender la política internacional se requiere de imaginación negativa, esa que funciona cuando se sustrae a un actor de la escena y luego se imagina qué podría ocurrir ya sin él en el acto. Imaginemos un mundo sin Naciones Unidas, ya hubo uno, pero recordemos que la ONU no se inventó para un mundo mejor, sino para uno más llevadero. Si vamos a insistir en su decadencia y notable crisis, enseñemos también el costo de su ausencia.

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Por César Niño

Profesor de Relaciones Internacionales. cesarnino4
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