(Sobre el cónclave de marzo de 2013, cuando fue elegido papa)
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Al ingresar al comedor, un grupo de cardenales europeos lo invitó a compartir la mesa. Bergoglio aceptó, y durante toda la comida debió responder a una serie de preguntas sobre el quehacer de la Iglesia en Latinoamérica y otras puntuales, como en qué medida estaba vigente en la región la Teología de la Liberación. Cuando acabó la comida y caminaba hacia la puerta de salida, otro cardenal, presuroso, lo interceptó y, sin rodeos, le preguntó:
—¿Es verdad que le falta un pulmón?
—No, la parte superior del derecho. Me sacaron dos quistes.
—¿Y cuándo lo operaron?
—En 1957.
—Ah… ¡No es reciente!
Todo ello lo terminó de convencer de que era un candidato. Pero no creía, ciertamente, que sería elegido papa.
A media tarde, otra vez, los purpurados enfilaron hacia la Capilla Sixtina. Es muy verosímil que en la nueva votación, la cuarta, la candidatura de Bergoglio se haya fortalecido. Acaso en el almuerzo se había terminado de consolidar.De hecho, el cardenal Hummes lo notó algo tenso y le dijo por lo bajo: “No te preocupes, así obra el Espíritu Santo”.
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Antes de ser papa, Jorge Mario Bergoglio nunca tuvo el menor prurito en exponer los problemas de salud que afrontó a lo largo de su vida. La extirpación a los 21 años del lóbulo superior del pulmón derecho. Una operación cuando era superior provincial de los jesuitas por una gangrena vesicular efectuada poco antes de que se convirtiera en extremadamente grave. Siendo arzobispo de Buenos Aires sufrió un preinfarto, por el que se le debió hacer un cateterismo, tras lo cual tuvo una completa recuperación. Además de que en el noveno año de su papado debió extraérsele una parte del colon por una diverticulitis. Y en el décimo, comenzó a sufrir una gonartrosis o artrosis de rodilla que se complicó con una microfractura en la rodilla derecha, una dolencia que se supera con una operación. Sin embargo, Francisco se negó a someterse a la anestesia, por más que fuese local, dado que le costó mucho recuperarse de la que le aplicaron cuando fue operado del colon. Optó por un tratamiento kinesiológico, necesariamente prolongado. Aunque su problema de salud no era grave, su imagen en silla de ruedas —indicada por los médicos para no forzar la rodilla mientras se recuperaba— provocó que se especulara con su posible renuncia. Francisco debió aclarar: “No se gobierna con la rodilla, sino con la cabeza”.
Como pontífice fue más allá y reveló que estando al frente de la Compañía de Jesús en su país —rondaba los 40 años— consultó una vez por semana durante seis meses a una psiquiatra. Ahora bien: ¿por qué el futuro papa requirió lo servicios de esa especialista? En el libro “La salud de los papas”, del médico y periodista argentino Nelson Castro, Francisco ofrece una explicación impactante que, por lo demás, pone de manifiesto una saludable aceptación de los propios límites. “En los terribles días de la dictadura, en los cuales me tocó sacar gente del país y salvar así sus vidas, tuve que manejar situaciones que no sabía cómo encarar. Imagínese lo que era llevar a una persona oculta en el auto y solo cubierta por una frazada y pasar tres controles militares en Campo de Mayo (zona de cuarteles en el Gran Buenos Aires). La tensión que me generaba era enorme. (Las consultas) me ayudaron a superar los miedos de aquel tiempo. El tratamiento me ayudó, además, a ubicarme y a aprender a manejar más la ansiedad y evitar el apresuramiento a la hora de tomar decisiones, que es un proceso siempre complejo. Los consejos y las observaciones que ella me dio me fueron muy útiles. Era una profesional muy capaz y, fundamentalmente, una muy buena persona. Le guardo una enorme gratitud. Sus enseñanzas me son aún de mucha utilidad”.
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“No entendemos nada… Usted no debería poder caminar y, sin embargo, hasta sube escaleras…”. El comentario no pertenece a un lego en cuestiones de salud, sino a los médicos que atienden a Francisco. Se lo dijeron pocos años después de haber asumido el pontificado. Es que su elección como papa estuvo acompañada de un hecho en cierta forma inexplicable para la ciencia, lo que lo emparenta a los ojos de la fe con un milagro (porque ese es, precisamente, el argumento que emplea el Vaticano para reconocerlo). Fue la desaparición de los fuertes dolores en la columna como consecuencia del problema en los discos y los huesos de los pies, más allá de las dos sesiones semanales —los martes y viernes— de fisioterapia a las que comenzó a someterse, y a la eficiencia de los dos profesionales intervinientes, uno de ellos una mujer que también había atendido a Juan Pablo II. Ambos le manifestaron considerando, además, el avance de su edad y su actividad: “Usted no se da cuenta de cómo debería estar y cómo está”. Francisco les dijo que lo vivía como “una gracia de Dios”.
Por lo demás, Jorge Bergoglio sigue durmiendo seis horas por día. Apaga la luz a las 10 de la noche y se levanta a las cuatro. Más unos 40 minutos de siesta.
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—¿Pero no le tiene miedo a la muerte, ya sea por una causa natural o por el riesgo de un atentado?
—Soy consciente de que me puede pasar cualquier cosa. Es difícil evitar totalmente el riesgo frente a atentados suicidas. Eso se comprobó en los últimos años con las acciones de ISIS. Cuando rezo le digo a Dios que estoy en sus manos. Si me tiene que pasar algo, ocurrirá indefectiblemente, porque no saqué un certificado de eternidad. Algún día me va a llegar la muerte por una bronquitis, un tumor o una bala. O por un mate envenenado entre los que me dan los argentinos durante las audiencias generales, como me advirtió un jefe de seguridad.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Francesca Ambrogetti nació en Roma. Es periodista y psicóloga social. Colabora con diversos medios internacionales, entre ellos Radio Vaticana. Sergio Rubín, durante los últimos 40 años cubrió más de una decena de viajes de Juan Pablo I, las elecciones de Benedicto XVI y de Francisco, y también varias giras de este último.