“El día de la infamia”. Así lo bautizó Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos. Fue el domingo 7 de diciembre de 1941, hace exactamente 80 años. Eran las 7 y 48 minutos de la mañana en el archipiélago de Hawái, en la mitad del Océano Pacífico, cuando una flota de más de 350 bombarderos, torpederos y cazas de combate de la Armada Imperial del Japón iniciaron un ataque sorpresivo contra la base naval estadounidense de Pearl Harbor (“Puerto Perla””), instalada en la isla de Ocahu, la principal del archipiélago.
Durante 90 minutos varias oleadas de aeronaves arremetieron contra la base, donde estaban atracados doce acorazados, ocho cruceros, treinta destructores, dos portaviones, dos submarinos y tres centenares de embarcaciones de guerra de otros tipos en la que era la principal base naval de Estados Unidos en el Pacífico. El ataque dejó 2.403 muertos y destruyó 188 naves estadounidenses, entre ellas buena parte de la flota de acorazados, destructores y cruceros.
La agresión japonesa conmovió profundamente al pueblo estadounidense y precipitó la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, con lo cual fue posible poner fin a las ambiciones imperialistas de las potencias del Eje nazi-fascista que habían amenazado con dominar al mundo.
“Vuelta de tuerca” mundial
Las consecuencias del ataque a Pearl Harbor equivalieron a una “vuelta de tuerca” de alcance mundial. El presidente Roosevelt reaccionó de inmediato y en un emotivo discurso pidió al Congreso de Washington declarar la guerra al Japón el mismo día. El Congreso abandonó su posición aislacionista y aprobó la declaración de guerra, con la cual Estados Unidos se incorporó oficialmente a la lucha que se libraba contra el totalitarismo en el mundo.
La Alemania nazi y la Italia fascista, aliadas del Japón, declararon la guerra a Estados Unidos en respuesta a las operaciones iniciadas por el gobierno de Washington como represalia por el ataque a Pearl Harbor. Pero la mayor retaliación contra el Japón vendría más tarde, el 6 y el 9 de agosto de 1945.
En esos días las primeras bombas atómicas fueron arrojadas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki por orden del presidente Harry S. Truman. Estos bombardeos, los únicos realizados hasta ahora contra blancos civiles con armamento nuclear, causaron la destrucción de ambas ciudades y dejaron 246 mil muertos, cien veces más que los caídos en Pearl Harbor.
Fracaso de la diplomacia
Aunque la incorporación de Estados Unidos a la guerra era vista como inevitable aun antes de la agresión japonesa a la base estadounidense, los antecedentes de Pearl Harbor mostraron la inutilidad de la diplomacia ante el poder avasallador de las potencias totalitarias que amenazaban al mundo en la primera parte del siglo veinte.
Los historiadores señalan el mes de julio de 1940 como el momento en que se puso en marcha la cuenta regresiva de la confrontación entre Estados Unidos y el Eje nazi-fascista. Ese año los militares y políticos japoneses partidarios de la alianza con Hitler y Mussolini, que acababan de derrotar a Francia, lograron la caída del primer ministro Mitsumasa Yonai, opuesto al pacto por considerar que este llevaría a la guerra con la Gran Bretaña y Estados Unidos. El poder japonés quedó en las manos del ministro de Guerra, Hodeki Tojo, partidario de la expansión japonesa y artífice de las acciones más audaces de sus ejércitos, incluyendo la de Pearl Harbor.
El triunfo de los guerreristas japoneses se tradujo dos meses después en la ocupación de la Indochina francesa y la firma del Pacto Tripartito entre las potencias del Eje. Antes de esto Estados Unidos, junto con la Gran Bretaña y Francia, habían buscado entendimientos diplomáticos con el Japón para salvaguardar sus intereses en Asia y el Pacífico. Frutos de esta política habían sido el tratado cuatripartito de 1921 en el cual se comprometieron a respetar sus posesiones y dominios en esa región, y el que firmaron el año siguiente junto con China y otros estados para preservar sus respectivas soberanías y mantener el principio de igualdad en las oportunidades de comercio.
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De la cooperación a la guerra
Había razones de peso para mantener la cooperación entre Estados Unidos y el Japón. Las ambiciones imperiales japonesas dependían del desarrollo de un poderoso aparato industrial y bélico, y este requería, a su vez, la importación de materias primas estratégicas (el petróleo, en primer lugar), cuyo suministro provenía de Estados Unidos.
Esa cooperación se frenó súbitamente cuando Roosevelt reaccionó contra la invasión de Indochina con la aplicación de sanciones al Japón, las cuales fueron aprovechadas por los militaristas japoneses para fortalecer su posición. Las sanciones incluyeron la congelación de activos japoneses en Estados Unidos y el embargo de las exportaciones de petróleo. Aunque ambas potencias se proclamaban como amigas de la paz y la diplomacia, los hechos fueron conduciéndolas irremediablemente a la guerra.
La inteligencia estadounidense descifró a comienzos de 1941 las claves de la correspondencia diplomática japonesa y comprobó que para Tokio el logro de la paz era equivalente a su consolidación como la superpotencia asiática, incluyendo entre sus dominios a China e Indochina, ya invadidas por tropas japonesas.
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Sin embargo, los canales diplomáticos entre Washington y Tokio funcionaron hasta la misma víspera del ataque a Pearl Harbor, cuando el secretario de Estado Cordel Hull mantuvo una serie de reuniones con los representantes japoneses en Washington. Estados Unidos llegó a proponer la firma de un pacto de no agresión entre los dos países si Japón retiraba sus tropas de China e Indochina.
La reacción de Estados Unidos al ataque japonés provocó algunas de las batallas más importantes libradas en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, como la de las Filipinas, la del Mar del Coral y la de Midway, y frenó el avance de las fuerzas japonesas que habían atacado y ocupado otros territorios como Filipinas, Malasia, Birmania, las Indias Orientales Neerlandesas y Hong Kong. Así, en lugar de una victoria de su poderosa Armada, el ataque a Pearl Harbor se convirtió en el comienzo del fin del que se había llamado con orgullo el Imperio del Sol Naciente.