PS Quarterly publica periódicamente breves respuestas de expertos sobre temas de interés global, y en esta ocasión examinamos las implicancias de la política exterior del presidente estadounidense, Donald Trump. Si bien el papel de Estados Unidos como custodio del orden internacional basado en reglas nunca fue tan simple como creen sus defensores, al menos representó un ideal con el que se establecen expectativas y se miden los éxitos y fracasos de la gobernanza global. Sin embargo, desde el regreso de Trump, ese ideal -como tantos otros- ha quedado relegado a un segundo plano, lo que ha reavivado la urgencia de preguntas que llevaban mucho tiempo latentes.
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Puede que Estados Unidos haya hecho más que ningún otro país para crear las condiciones necesarias para un crecimiento económico robusto y una paz relativa tras la Segunda Guerra Mundial, pero nada dura para siempre. Con el auge de nuevas potencias y el creciente coro de quienes exigen reformas de las instituciones existentes, la unipolaridad estadounidense siempre iba a ser cuestionada. ¿Pero qué alternativas existen al liderazgo económico y de seguridad de Estados Unidos? ¿Existen ámbitos en los que Estados Unidos siga siendo indispensable?
Para hacernos una idea de lo que nos espera por delante, les preguntamos a nuestros colaboradores si estaban de acuerdo con la siguiente afirmación: “En tanto Estados Unidos se retira del liderazgo global, otros pueden ocupar su lugar, y lo harán”.
Yu Jie: No estoy de acuerdo con la afirmación. Pensemos en China, segunda economía mundial y primera superpotencia industrial. Tiene toda la intención de sacar ventaja de la postura de repliegue de Estados Unidos, pero su prioridad es desarrollar una resiliencia económica interna. A la hora de extender su influencia global -sobre todo entre países no occidentales-, China es muy selectiva. Si bien ha capitalizado el enfoque errático de Trump hacia el comercio y la diplomacia, es reacia a elevar su perfil como garante de la seguridad global. Su fuerte es la diplomacia económica, que persigue a través del comercio, las inversiones y, más recientemente, los controles de las exportaciones.
Tras observar el comportamiento y la política de Estados Unidos durante muchos años, los dirigentes chinos saben que convertirse en una superpotencia global los arrastraría a conflictos regionales que preferirían evitar. Quizá la lección más profunda que han aprendido no reside en lo que Estados Unidos ha hecho, sino en lo que ha dejado de hacer. Por eso la política exterior china sigue siendo un ejercicio de cautela. A pesar de su retórica encendida sobre Taiwán o el mar de China Meridional, Beijing ha evitado involucrarse directamente en guerras que no puede controlar.
Esta moderación no es tanto moral o pacifista como pragmática. Tras estudiar la sobreextensión de Estados Unidos, China ha llegado a la conclusión de que la influencia de una gran potencia suele erosionarse cuando se ve atrapada en disputas locales. Estados Unidos le enseñó a China que es mejor arbitrar los conflictos desde lejos que combatirlos de cerca.
Yu Jie es investigadora principal sobre China en el Programa Asia-Pacífico de Chatham House.
Suerie Moon: Desde 1990, Estados Unidos ha sido el mayor financiador de iniciativas sanitarias globales, con aproximadamente un tercio del total en los últimos 10 años. Por ello, los recortes de la ayuda estadounidense en 2025 han golpeado duramente al sector de la salud, y los países en desarrollo han perdido este año alrededor del 25-40 % de la financiación internacional, con el retiro también de otros financiadores. La pérdida de vidas humanas, la interrupción de los servicios sanitarios y el desmantelamiento de muchas organizaciones han obligado a un ajuste de cuentas. Si bien algunos donantes -como la Fundación Gates y China- han anunciado aumentos, es probable que ninguno de ellos cubra las brechas presupuestarias que dejó Estados Unidos.
Aun así, la financiación por sí sola no es liderazgo. Las conversaciones que mantuve el año pasado con responsables políticos de África, Asia y América Latina sugieren que se está produciendo un cambio fundamental de mentalidad, aunque sus efectos tardarán en manifestarse. Muchos países en desarrollo están buscando formas de reducir su dependencia de la financiación sanitaria internacional, lo cual es eminentemente factible, dado que los 104 países de ingresos medios del mundo ya financian internamente el 99 % de su gasto sanitario (aunque la ayuda seguirá siendo un salvavidas para los países de ingresos más bajos o aquellos afectados por crisis).
El futuro liderazgo de la salud global no dependerá necesariamente del dinero. Más bien, muchos países pueden demostrar -y lo harán- el liderazgo político necesario para hacer frente al tipo de amenazas sanitarias que ningún país puede gestionar por sí solo, desde los brotes de enfermedades infecciosas y el cambio climático hasta los microplásticos y la desinformación. Por ejemplo, a pesar de (o debido a) la retirada de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud, los Estados miembro adoptaron el Acuerdo sobre Pandemias de la OMS en mayo de 2025. Las iniciativas regionales también están cobrando impulso, lo que refleja una vez más el reconocimiento de que los acuerdos globales suscritos por las superpotencias pueden no ser fiables. Así que, sí, otros ocuparán el lugar que ha dejado vacante Estados Unidos, pero llevarán puestos sus propios zapatos.
Suerie Moon es codirectora del Centro de Salud Global del Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales y del Desarrollo de Ginebra.
Tana Johnson: Efectivamente, a medida de que Estados Unidos se retira del liderazgo global, otros tomarán el relevo, y estos sucesores no harán necesariamente lo que Estados Unidos prefiera. Pensemos en la Organización Mundial del Comercio. Dado que la primera administración Trump exigió un retorno a acuerdos comerciales “recíprocos”, clausuró el Órgano de Apelación e incumplió las reglas de la OMC, es fácil olvidar que el descontento estadounidense con la OMC ha sido bipartidista y duradero.
Recordemos que durante la presidencia de George W. Bush (republicano), Estados Unidos quería que se revisara la OMC para que las economías emergentes poderosas no se beneficiaran indebidamente de acuerdos no recíprocos destinados a países mucho más pobres. Con el presidente Barack Obama (demócrata), Estados Unidos empezó a bloquear los nombramientos para el Órgano de Apelación. Y durante la presidencia de Joe Biden (otro demócrata), Estados Unidos adoptó subsidios y cláusulas “Buy American” (compra estadounidense) que parecían violar las reglas de la OMC.
A lo largo de varias administraciones, Estados Unidos se ha ido apartando del liderazgo de la OMC -mientras otros han ido interviniendo-. En un intento de representar a la mayoría del sur global en la OMC, países como China e India han desafiado la preferencia estadounidense por la reciprocidad. En lugar de “todo el mundo da algo para obtener algo”, creen que la OMC debería abogar por acuerdos en los que “los que tienen den a los que no tienen” a través de un acceso preferencial al mercado, transferencias de tecnología y otras formas de redistribución. Mientras tanto, en un esfuerzo por mantener los procesos de resolución de disputas, la UE ha lanzado un sustituto, pero sin incorporar las exigencias de reforma que llevaron a Estados Unidos a socavar, por empezar, el Órgano de Apelación. En la OMC y en otros foros, Estados Unidos es, por supuesto, libre de dar un paso atrás. Pero el resultado no será necesariamente el que desea.
Tana Johnson, profesora de asuntos públicos y ciencias políticas de la Universidad de Wisconsin-Madison, es coautora de “International Organizations: The Politics and Processes of Global Governance” (Lynne Rienner Publishers, 2023).
Carla Norrlöf: No estoy de acuerdo. Estados Unidos no se retira y deja un vacío. Sigue siendo estructuralmente central: el poder de Estados Unidos sigue funcionando a través de sistemas comerciales y financieros coercitivos, controles tecnológicos y vínculos de seguridad que ningún rival puede replicar fácilmente. Estas herramientas empujan cada vez más a otros a crear soluciones parciales. Los clubes multilaterales, los sistemas de pago alternativos y las coaliciones para temas específicos pueden reducir la dependencia en los márgenes, pero siguen dependiendo de la infraestructura estadounidense cuando se producen crisis.
El mayor peligro para el liderazgo estadounidense es interno. El agravamiento de los conflictos partidistas y la falta de fiabilidad institucional están mermando la credibilidad de los compromisos de Estados Unidos, al tiempo que dejan intactas sus capacidades. Esta erosión reduce su margen de maniobra y genera un orden global más fragmentado, más transaccional y más frágil.
En consecuencia, los zapatos siguen puestos, porque ningún otro Estado puede asumir plenamente el papel sistémico de Estados Unidos. Sin embargo, muchos Estados pueden adaptarse para atenuar la influencia estadounidense. El resultado es un sistema global que Estados Unidos sigue configurando de forma decisiva, pero que no está gobernado de forma que garantice una estabilidad relativa.
Carla Norrlöf es profesora de ciencias políticas en la Universidad de Toronto.
Kathryn Hochstetler: Tras no enviar a ningún representante a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30) de este año en Brasil, Estados Unidos se retirará del acuerdo climático de París en enero. Afortunadamente, es más probable que las negociaciones globales sobre el clima tengan éxito sin Estados Unidos que con él. Lejos de mostrar liderazgo en este asunto, está intentando obligar a otros países a abandonar la “estafa climática” y a redoblar su apuesta por los combustibles fósiles.
Ahora bien, ¿otros ocuparán su lugar? La máxima prioridad de la COP30 era llevar adelante los compromisos adquiridos en el pasado, pero hasta el día de la inauguración, el 10 de noviembre, solo 112 de los 194 países habían presentado planes actualizados para reducir las emisiones de aquí a 2035. Ni siquiera lo hizo la UE, que los presentó a último momento. Si bien ha demostrado su liderazgo en materia climática en el pasado, su presentación tardía refleja el creciente desacuerdo entre los Estados miembro respecto del nivel de sus ambiciones. Asimismo, el tibio apoyo de Europa a la financiación de los países en desarrollo limita aún más su liderazgo.
Por otro lado, el anfitrión de este año, Brasil, utilizó sus habilidades diplomáticas para sacudir un proceso de la COP que se ha vuelto cada vez más áspero e improductivo. Su propuesta del Fondo Bosques Tropicales para Siempre, por ejemplo, se basa en un modelo de dotación para destinar más fondos a la conservación forestal. Sin embargo, la pretensión significativa de Brasil de liderar la reducción de la deforestación es difícil de conciliar con su compromiso continuo de ampliar la producción petrolera.
Por último, un hecho positivo de este año ha sido el notable crecimiento de las energías renovables y de las industrias basadas en ellas, como los vehículos eléctricos. El dominio de China en estas industrias le otorga un claro interés en liderar los esfuerzos globales de descarbonización; por ahora, no obstante, su papel diplomático aún no ha reflejado su liderazgo económico.
Kathryn Hochstetler es profesora de desarrollo internacional en la London School of Economics.
Adekeye Adebajo: África ha sido históricamente escenario de rivalidades estratégicas entre potencias globales, muchas de las cuales se aprovechan de la retirada de Estados Unidos del liderazgo internacional. Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos creó el Mando África para seguir la pista de grupos extremistas, estableciendo una presencia militar en una decena de países africanos. Más recientemente, Estados Unidos ha intentado contrarrestar los esfuerzos de China por acaparar el suministro africano de minerales y metales críticos (componentes claves de las tecnologías del futuro). No obstante, China sigue siendo uno de los mayores socios comerciales de África. En 2024, el comercio con China alcanzó los USD 295.000 millones -cuatro veces más que el comercio de África con Estados Unidos-. Y eso fue antes de que la administración Trump empezara a imponer aranceles a los productos africanos.
Asimismo, las tropas estadounidenses fueron expulsadas de las bases militares en Níger en 2024, al igual que los franceses fueron expulsados de Níger, Malí, Burkina Faso, Senegal, Costa de Marfil y Chad, tras las protestas contra el neocolonialismo galo. Desde entonces, estas tropas occidentales han sido sustituidas por el Cuerpo de África ruso y mercenarios afiliados al Kremlin en Malí, Níger, Burkina Faso y la República Centroafricana.
Si bien Estados Unidos recientemente ha llevado a cabo esfuerzos pacificadores en la República Democrática del Congo, estos deben entenderse como una respuesta al dominio chino del sector minero de ese país. En consecuencia, la minera estadounidense KoBold Metals firmó recientemente un acuerdo por USD 1.000 millones para invertir en los yacimientos de litio de la RDC.
La UE también sigue siendo un actor importante en África, con un comercio bilateral total de 355.000 millones de euros (USD 410.000 millones) en 2024. Pero también han surgido otros actores. En Sudán, los Emiratos Árabes Unidos han venido armando a las genocidas Fuerzas de Apoyo Rápido, mientras que Rusia, Arabia Saudita, Irán y Turquía han respaldado al gobierno sudanés. Rusia, Francia, los EAU y Turquía también han apoyado a varias partes en Libia, y China sigue manteniendo su base militar en Yibuti. En consecuencia, si bien la situación es complicada, una cosa está clara: muchos otros están dispuestos a probarse los zapatos de Estados Unidos y ver si les calzan bien.
Adekeye Adebajo, profesor e investigador principal del Centro para el Avance de la Erudición de la Universidad de Pretoria, es autor de “The Splendid Tapestry of African Life: Essays on A Resilient Continent, its Diaspora, and the World” (Routledge, 2025).
Amitav Acharya: En términos generales, coincido. Si bien el liderazgo estadounidense en la organización del orden de posguerra ha sido sustancial, también ha sido sobreestimado por analistas occidentales comprensivos, mientras que las contribuciones de la Unión Europea, Australia, Canadá y países del sur global como India merecen mayor atención. De hecho, el liderazgo de Estados Unidos siempre fue selectivo e interesado, y ya se estaba desvaneciendo antes del primer gobierno de Trump.
Incluso durante el apogeo de su liderazgo de posguerra, Estados Unidos se abstuvo de firmar acuerdos multilaterales importantes, como la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que se ha negado a ratificar, y la Corte Penal Internacional, que ha intentado socavar de manera activa. Tampoco fue signatario fundador de instrumentos emblemáticos de derechos humanos, como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (aunque posteriormente adhirió a ellos, aún no ha ratificado este último). Por lo tanto, si bien Estados Unidos en ocasiones ha liderado a otros, también ha sido un seguidor.
Sin duda, Estados Unidos sigue siendo la principal potencia mundial en términos de capacidad militar, económica y tecnológica. Pero poder y liderazgo no son lo mismo. China ya es líder en comercio e infraestructura, la UE (con Japón) lidera la asistencia para el desarrollo y la defensa de un orden basado en reglas, y los BRICS+ (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, más cinco nuevos miembros) lideran el impulso a instituciones alternativas de gobernanza global para el desarrollo y las finanzas. También existen formas híbridas de liderazgo que involucran a gobiernos y ONG, así como alianzas entre potencias intermedias y líderes regionales, como Australia y Canadá, así como con países no occidentales, como Indonesia, Sudáfrica y Arabia Saudita. Al final de cuentas, si bien la gobernanza global se beneficia del apoyo estadounidense, la transformación de Estados Unidos en una bola de demolición no augura necesariamente el colapso del orden mundial -sobre todo si no se extiende más allá de uno o dos mandatos presidenciales.
Amitav Acharya es autor de “The Once and Future World Order: Why Global Civilization Will Survive the Decline of the West” (Basic Books, 2025).
* Copyright: Project Syndicate, 2025.