El Foro Económico Mundial ha identificado a la desilusión juvenil como uno de los problemas no atendidos más grandes que enfrenta la humanidad.
La suma de dos crisis globales sísmicas —la financiera de 2008 y la del Covid-19 de 2020— y de la degradación ambiental ha sentenciado a la mayoría de los jóvenes a un deterioro general en sus perspectivas de vida. No sin razón, el Foro Económico Mundial ha identificado a la desilusión juvenil como uno de los problemas no atendidos más grandes que enfrenta la humanidad.
La Organización Internacional del Trabajo señala que entre 1999 y 2019 la población mundial entre 15 y 24 años aumentó de 1,000 a 1,300 millones, 85 % de estos concentrados en los países en desarrollo, mientras que el número total empleado se redujo de 568 a 497 millones. Aunque esto se debe en parte al aumento positivo en la matriculación secundaria y terciaria, también refleja el número creciente de jóvenes que no se encuentran en un contexto educativo, laboral o de entrenamiento (conocido en inglés por las siglas, NEET). Pese a ser uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, la tasa NEET no ha disminuido sustancialmente desde 2005, siendo más acentuada en el caso de las mujeres y las personas de color.
Aún entre los jóvenes empleados, la situación dista de ser ideal. Un porcentaje significativo vive en extrema o moderada pobreza debido a la precariedad laboral inaugurada por la “flexibilización” neoliberal, que se traduce en falta de protección social y legal, informalidad y escasas oportunidades de desarrollo profesional. A diferencia del pasado, ni siquiera la educación superior blinda totalmente contra la inseguridad económica, como escuchamos a estudiantes y egresados, muchos endeudados, comentar con angustia en universidades alrededor del globo.
A raíz de lo anterior, no debe sorprender que la confianza de las juventudes en la democracia sea la más baja de cualquier otro grupo etario, en un momento en el que esta está bajo asedio general. Según el Centro para el Futuro de la Democracia de Cambridge, el desempleo y la desigualdad de ingreso tienen una correlación fuerte con la desconexión democrática, ya que confirman la incapacidad o el desinterés de los estados de proveer unos mínimos de bienestar y seguridad existencial a sus jóvenes.
La contracara, como estamos viendo en Colombia y el resto del mundo, es que los jóvenes han llevado su entendible decepción, así como sus exigencias de cambio a las redes sociales y las calles. Si bien se enfatiza comúnmente desde la comodidad y soberbia del privilegio que el descontento y la ira juveniles plantean la amenaza de ser instrumentalizados por la criminalidad, el terrorismo o el populismo, sería más inteligente escuchar lo que nos intentan decir con música, baile, arengas, grafitis, y tristemente, sacrificio de vidas y comprender el justo reclamo a participar en la toma de decisiones en lugar de ser actores infantilizados en cuyo nombre se pretende hablar y actuar. No garantizar la vida digna de las juventudes es un fracaso moral imperdonable de muchos estados y sociedades. Convertir a estas en amenaza y objeto militar como ha hecho el Gobierno colombiano, es además criminal. Suena ridículo tener que recordarlo, pero no hay presente ni futuro sin jóvenes educados, empleados, saludables y empoderados. Ojalá la “gente de bien” tome nota.