Una mañana, desde un bus en Tokio, divisé a un joven que esperaba el cambio de semáforo con la mirada perdida en el cielo y se abrazaba como un oso koala a un hombre menudo de gafas redondas, a quien reconocí de inmediato como el escritor Kenzaburo Oe.
Aunque en posteriores ocasiones tuve ocasión de ver al recién fallecido premio nobel en conferencias o reuniones, atesoro esa imagen como el emblema de los padres de hijos con discapacidad mental que asumen su paternidad con la misma determinación con que otros emprenden exploraciones interoceánicas, viajes al espacio o guerras. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Sabía de la condición de autista de su hijo Hikari (“luz” en japonés), pues en los medios japoneses se hablaba de la inusual sensibilidad del niño para la música clásica y de cómo su profesor había confundido una composición suya por una partitura copiada de Mozart. Cuando Oe recibió el Nobel, en 1994, Hikari ya había grabado su segundo disco compacto. Mucho después leí la novela Una cuestión personal, protagonizada por un hombre cuya esposa acaba de dar a luz un niño con un mal cerebral.
En el momento de decidir el destino del bebé, Oe pone en los labios de su protagonista una frase que ilustra cómo un escritor puede ser capaz de abrirse en canal para mostrar a sus lectores lo más recóndito de su ser: “Solo tengo dos caminos o lo estrangulo con mis propias manos o lo acepto y lo crío”.
En la vida diaria, Kenzaburo Oe practicaba esa urbanidad solícita del promedio de los japoneses. El colorido y la textura de su atuendo hacían pensar en un monje budista que había pedido a un sastre inglés hacerle trajes civiles con sus túnicas de algodón. Su afabilidad contrastaba con un ideario político considerado estridente en un país muy consciente de las buenas formas y amante del consenso.
Se decía antiamericano, antibelicista y antinuclear. Su opinión sobre la familia imperial japonesa quedó clara cuando calificó de incompatible con la democracia de la posguerra un prestigioso premio cultural que le ofreció, sin éxito, el emperador Akihito.
Su prosa era por lo general difícil y oscura. Muchos japoneses se maravillan de que ese caudal narrativo, escurridizo y críptico, pudiera ser vertido a otros idiomas. En su bagaje cultural y sus fuentes figuraron los murales de Diego Rivera, Cien años de soledad, las novelas de Mario Vargas Llosa y la figura de Cervantes.
Hemos perdido a un amigo de la cultura hispanohablante y al portavoz más destacado de los, cada vez menos, japoneses que vivieron la Segunda Guerra Mundial, quienes abogan por un pacifismo que, como una moda obsoleta, empieza a pasar de temporada.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.