Aunque la mano de obra escasea y cada vez nacen menos bebés, Tokio quiere filtrar a sus inmigrantes con una política estricta y selectiva muy distinta a la que aplicaron otras regiones del mundo, como América Latina, cuando la diáspora japonesa fue a pedir que le abrieran las puertas. (Lea más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
El ideal para el gobierno nipón es un inmigrante que trabaje, aporte al país y se vaya. Un método que el académico norteamericano afincado en Japón Jeff Kingston llama “el enfoque Kleenex”: usar y tirar.
Japón tiene 4,1 millones de extranjeros, sobre un total de unos 124 millones de habitantes.
El gobierno creó una división para promover la “coexistencia ordenada con los extranjeros” cuya encargada Kimi Onoda enfatiza que residir en Japón es un “permiso”, no un “derecho”.
Según una normativa que prepara la Agencia de Servicios de Inmigración (ISA, por sus siglas en inglés), quien quiera ser residente deberá responder al perfil muy parecido al de tipo A: ingeniero de alta tecnología bien pagado, cumplidor de las leyes y dispuesto a adoptar costumbres niponas.
Cuando se anunció que los extranjeros con intención de residir deberían ingresar más que el promedio de los hogares japoneses, el diario conservador Yomiuri calificó la exigencia de excesiva.
El rotativo advirtió que los trabajadores extranjeros podrían trasladarse a Corea del Sur o a Taiwán, justo cuando el país depende de ellos para comercios minoristas y restaurantes.
Como ocurre ahora en otras latitudes donde el debate migratorio se centra en si los extranjeros aportan o consumen recursos fiscales, el gobierno japonés ha optado por vigilar y castigar.
Muchos municipios denuncian ante la ISA a extranjeros que incurren en impagos del seguro nacional de salud y aplican medidas como denegación de residencia, una sanción que abogados especializados consideran desproporcionada comparada con las que reciben los ciudadanos japoneses por la misma infracción.
La asociación de empresarios Keidanren teme que las medidas alejen a los extranjeros, provenientes en gran parte del Sudeste de Asia y, en menor medida, de países latinoamericanos donde la migración japonesa fue acogida desde finales del siglo XIX.
Una reforma agraria que dejó sin trabajo a miles de campesinos produjo un éxodo que se inició en 1897 con japoneses pobres a México, y en las décadas siguientes continuó en Perú, Brasil, Argentina, Colombia y otros países latinoamericanos.
Trabajaron duro, sufrieron enfermedades tropicales y en algunos casos segregación.
Hoy son una comunidad, llamada nikkei, que según cifras oficiales japonesas ronda los 3,1 millones de descendientes.
Algunos, como los Fujimori en Perú, se aclimataron tan bien que llegaron a la presidencia cuatro veces: tres el padre, Alberto (entre 1990 y 2000), y una su hija Keiko, en 2026.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.