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Duelo sísmico

No son los terremotos los que matan a la gente, son los edificios.

Redacción Mundo y Gonzalo Robledo / Tokio

05 de julio de 2026 - 10:08 a. m.
El terremoto de Nobi en 1891, grabado de Kunimasa Utagawa (1874-1944).
Foto: Dominio Público
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Un singular concurso de métodos de construcción tuvo lugar a finales del siglo XIX en Japón cuando un terremoto derrumbó muchos de los edificios de ladrillo y mortero construidos por ingenieros europeos invitados a modernizar el país, y dejó intactos templos y casas de madera tradicionales que se mecieron al ritmo de las violentas sacudidas.

El patrón de destrucción fue usado como argumento: si la modernidad occidental colapsaba y la tradición japonesa sobrevivía, ¿quién necesitaba a Occidente?

Se recuerda como el terremoto de Nobi, ocurrido el 28 de octubre de 1891. Su epicentro fue localizado en la llanura de Nobi, al norte de Nagoya y se sintió desde Tokio hasta Osaka. Con una magnitud de 8,0, mató a aproximadamente 7.300 personas y destruyó decenas de miles de edificios.

Japón se encontraba en plena Era Meiji, un período de apertura a Occidente después de más de doscientos años de aislamiento en el que el país apostó por las ciencias, las ideas y la cultura europeas.

Fue el momento en el que la katana cedía paso al rifle, y el quimono a los pantalones y a las faldas.

En arquitectura, la madera noble, las uniones sin clavos y las estructuras flexibles, eran reemplazadas por la mampostería, el ladrillo, la piedra y el mortero de las catedrales medievales y las residencias victorianas.

Ministerios, bancos y estaciones de tren dieron aire londinense o parisino a calles céntricas de Tokio y Yokohama. Muchos de esos edificios colapsaron con el terremoto de Nōbi. El episodio fue considerado una victoria para los defensores de la construcción tradicional japonesa: demostró lo inadecuado para el suelo japonés del sistema europeo, cuya mayor virtud, la rigidez, era precisamente su mayor defecto ante sacudidas horizontales.

También revivió el orgullo de los arquitectos japoneses que se habían sentido atrasados. Su tradición milenaria resultó ser técnicamente más adecuada para el suelo de un país situado sobre placas tectónicas que lo hacen uno de los más propensos a temblores del mundo con cerca de dos mil terremotos al año, la mayoría solo percibidos por los aparatos para su medición. El resultado no fue, sin embargo, una victoria absoluta.

Ambos métodos convivieron y el mejor ejemplo, que sobrevive restaurado, es la estación central de Tokio. El edificio neobarroco, inaugurado en 1914, se construyó originalmente en ladrillo y acero importado de Inglaterra pero estaba sostenido por más de diez mil pilones de pino hincados en el suelo para distribuir su peso y absorber las vibraciones sísmicas. Occidente en la superficie, Japón en las raíces.

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Que esa lección haya alimentado el orgullo nacional nipón no invalida su contenido: no son los terremotos los que matan a la gente, son los edificios.

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Por Gonzalo Robledo / Tokio

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