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Torre de Tokio: edificios breves

En una entrevista que tuvo lugar poco después del terremoto y el tsunami de 2011 en Japón, el arquitecto Toyo Ito me confesó su desdén por la permanencia de sus obras y tras señalar uno de sus más emblemáticos edificios en el centro de Tokio, le vaticinó no más de treinta años de vida.

Especial para El Espectador, Tokio

06 de julio de 2025 - 10:00 a. m.
Santuario de Ise, edificio de edificio de madera japonés que cada 20 años es replicado.
Foto: Gonzalo Robledo
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Unos meses después confirmé que, sin importar el prestigio de los arquitectos o sus hallazgos formales o técnicos, la longevidad de las construcciones aquí depende más de factores como el precio de la tierra sobre la que están construidas o de la constante renovación a la que está sometida el paisaje urbano.

También tiene que ver el deterioro provocado por la inclemente humedad de los veranos nipones y la constante actividad telúrica que, aunque imperceptible para el ser humano, sacude a diario cimientos y desajusta estructuras.

Ganadores japoneses del prestigioso premio Pritzker (considerado el Nobel de la arquitectura), como Kenzo Tange o Fumihiko Maki, ambos fallecidos, dejaron edificios grandiosos que debido a sus funciones públicas como sedes de alcaldías, estadios o museos, han logrado la vetusta edad, para la arquitectura japonesa, de 61 anos.

Existen por supuesto edificios históricos centenarios, en su mayoría templos y castillos construidos todos en madera, que se mantienen gracias a la continua reconstrucción.

Sobresale entre ellos el santuario de Ise, la sede central del sintoísmo, la religión autóctona de los japoneses.

Cada veinte años el templo de madera de Ise, en la prefectura central de Mie, se desmonta y a su lado se construye con madera nueva un edificio gemelo.

La costosa y peculiar tradición, que requiere cultivar periódicamente cipreses japoneses, se relaciona con la idea de la renovación y la pureza, conceptos centrales del credo nacional japonés.

Hay quienes dicen incluso que cambiar un templo por otro exacto remite a la idea manifestada por el escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su novela El gatopardo (1957) de que “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”.

Otra célebre reconstrucción histórica es la del Templo del Pabellón de Oro de Kioto, considerada una obra maestra del siglo XIV y que a mediados del siglo pasado fue incendiado por un monje perturbado que luego intentó suicidarse.

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El Templo del Pabellón de Oro, inmortalizado en la novela del mismo título del escritor Yukio Mishima en 1955, es en realidad una exquisita reproducción que invita a aceptar que la belleza, como la vida misma, es inherentemente transitoria.

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También remite a la melancólica reflexión de Toyo Ito sobre lo pasajero de sus magistrales edificios a los que el célebre arquitecto ha dedicado ingentes horas de trabajo.

Para quienes no construimos edificios, es una invitación a hacer las cosas bien y disfrutar con ello como si fuera el último momento de nuestra vida.

Por Especial para El Espectador, Tokio

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