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Torre de Tokio: Japón sangriento

Columna para acercar a los colombianos a la cultura japonesa.

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Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio
17 de julio de 2022 - 02:00 a. m.
Un fotógrafo en la escena del magnicidio del exprimer ministro Shinzo Abe al día siguiente del atentado.
Un fotógrafo en la escena del magnicidio del exprimer ministro Shinzo Abe al día siguiente del atentado.
Foto: Foto de Gonzalo Robledo
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“Es duro para la familia, pero, para un político, morir en medio de un discurso puede ser la forma ideal de despedirse”, dice una señora japonesa de pelo blanco y mirada cansada cuando le pregunto sobre el magnicidio de Shinzo Abe, el ex primer ministro asesinado en medio de una campaña electoral. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).

La reflexión lapidaria de la señora tiene lugar mientras miramos el lugar de los hechos, una anodina plazoleta en la ciudad de Nara, una antigua capital de templos centenarios que hasta antes de la pandemia atraía millones de turistas.

Al ex primer ministro varios proyectiles parecidos a perdigones de caza le penetraron por el cuello y el hombro, y su cuerpo quedó tendido en el asfalto. En la última fotografía divulgada, un grupo de mujeres intenta auxiliarlo. El inevitable desangre se anuncia con una incipiente mancha roja en la camisa.

Sorpresa e incredulidad son las palabras que acompañan la noticia. “Impensable en Japón”, exclaman los comentaristas de medio mundo. La señora procede ahora a hacer acto de contrición por sus paisanos. “Esto sucedió porque es Nara. Aquí somos muy amables y los guardaespaldas bajaron la guardia. Esto no hubiera pasado en una ciudad grande como Osaka. La culpa es de los escoltas”.

El lugar exacto donde cayó el cuerpo de Abe ya ha sido barrido con esmero por la policía forense y un fotógrafo toma fotografías del suelo impoluto. Las autoridades dicen que Tetsuya Yamagami, el hombre capturado después de haber disparado, confesó tener un agravio contra el ex primer ministro por apoyar a un grupo religioso que exigió donaciones millonarias de su madre y arruinó la familia.

La Iglesia de la Unificación, o Secta Moon, un culto de origen coreano con una tradición de amistad con figuras políticas conservadoras, como Donald Trump y Shinzo Abe, confirma que la madre de Yamagami pertenece al culto. Pero dice no saber nada de donaciones.

La muerte violenta de Abe evoca el atentado en 1960 contra su abuelo, y entonces primer ministro, Nobusuke Kishi. Fueron seis cuchilladas, pero Kishi sobrevivió. Kishi administró la explotación de las colonias japonesas en China y fue ministro de Comercio durante la Segunda Guerra. Cuando Japón cayó derrotado estuvo preso como posible criminal de guerra, pero fue exonerado para echar una mano en la reconstrucción del país destruido.

Según algunos historiadores, una de sus tareas era contrarrestar el comunismo que amenazaba expandirse en el mundo desde Rusia. Kishi invitó un naciente culto coreano cuya razón de ser era acabar con los comunistas. El nombre del culto era, huevo es gallina lo pone, la Iglesia de la Unificación. Así comienza otro capítulo del Japón sangriento.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

Por Gonzalo Robledo * @RobledoEnJapon / Especial para El Espectador, Tokio

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