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Los extranjeros que tenemos hijos con japoneses debemos aceptar que nuestros retoños sean etiquetados en la calle, la escuela y los medios de comunicación como hafu, pronunciación japonesa del inglés half (mitad). (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
La primera vez que escuché el término pensé en el trágico protagonista de la novela El vizconde demediado, de Italo Calvino, que en una guerra es dividido por un cañonazo turco y regresa a Italia condenado a vivir en dos mitades separadas.
En Japón, hafu se aplica de forma automática a personas cuya apariencia sugiere que su origen no es del todo japonés. Pelo ondulado o rubio, ojos azules, nariz grande, tez muy clara o muy oscura, o unas piernas más largas de lo habitual incitan de inmediato al encasillamiento.
“Qué niña tan bonita. Ese pelo tan rizado no es de aquí”, decían las abuelas japonesas cuando mi hija les producía curiosidad por ser la única hafu en el grupo de niños que jugaban en el parque del barrio.
Nacidos en una nación insular, poco dada a ufanarse de sus orígenes chinos y coreanos, muchos japoneses suscriben la inflamable idea de que el mestizaje diluye la raza, conduce a la degeneración social y acelera el declive de la civilización al propagar características supuestamente inferiores.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, los soldados estadounidenses que ocuparon Japón para ayudar a reconstruir el país devastado por sus bombas dejaron embarazadas a miles de japonesas, a las que abandonaron por temor al enfado de sus legítimas Dorothy, Betty o Sharon en San Francisco, Filadelfia o Tucson.
Miles de aquellos niños, catalogados también como amerasians, fueron abandonados también por sus madres y educados en orfanatos, lo que reforzó la percepción del hafu como estigma social.
Pensando en las ventajas del mestizaje, como hablar dos idiomas, conocer desde dentro dos culturas y tener una perspectiva universal para ejercer cualquier profesión, un grupo de matrimonios internacionales entre japoneses y extranjeros intentó, sin éxito, cambiar el apelativo a double (doble).
Deportistas como la tenista Naomi Osaka, de padre haitiano; Yu Darvish, beisbolista de los San Diego Padres, de padre iraní, y el basquetbolista Rui Hachimura, de los Washington Wizards, cuyo padre nació en la República de Benín, al oeste de África, demuestran algunas de las ventajas de ser japoneses demediados.
Otros, como mi hija, que tiene el mismo providencial don de gentes de su abuela colombiana, hacen aportes nada despreciables a un país con un Ministerio de la Soledad y donde la madre promedio tendrá 1,3 hijos, según una estadística oficial de 2021, que motivaría al finado Italo Calvino a añadirle a su fantástica saga otro capítulo... o por lo menos medio.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.