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Cuando me di cuenta de que la sal en Japón estaba asociada casi siempre con buenos augurios, pensé en mi finada abuela Aura, mujer supersticiosa e impaciente para quien la sal derramada era señal inequívoca de desgracias prolongadas. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
A todos sus descendientes, la abuela nos inculcó la creencia de que la mala suerte y “estar salado” eran sinónimos. Por eso me sorprendió recibir un pequeño paquete de sal al terminar el funeral budista de un respetado hispanista japonés, con la indicación de echarme el contenido por encima del hombro antes de entrar en mi casa.
Gracias a explicaciones de amigos japoneses e investigación propia, comprendí el simbolismo purificador de la sal en Japón y me enteré de que en este archipiélago, donde la gente navega feliz entre el budismo y el sintoísmo, la sal se venera con el mismo aprecio que ha recibido en la cultura latina y católica desde la antigüedad.
Mi abuela, por lo tanto, perpetuaba la mala fama del despilfarro de la sal presente en obras clásicas como La última cena, de Leonardo da Vinci, donde Judas tumba un salero con el brazo antes de su apremiante traición, o Don Quijote de La Mancha, para quien derramar la sal en la mesa anticipa melancolía.En Japón, la sal fue usada hace cientos de años como instrumento de intercambio comercial. Sin embargo, no parece que llegara a servir para pagar sueldos, como ocurrió en la Roma antigua donde nació, según las crónicas, la palabra “salario” (de salarium).
A mediados del siglo pasado los japoneses fusionaron salario en inglés, salary, y man (hombre), en el término salariman (asalariado). Aunque casarse con uno conlleva la tranquilidad de los ingresos regulares, muchos entrenadores de fútbol extranjeros recurren a la expresión “mentalidad de salariman” para regañar a sus jugadores japoneses por carecer de iniciativa en el campo de juego.
En los torneos de sumo, los colosales luchadores lanzan al aire un puñado enorme de sal que tras elevarse varios metros aterriza sobre el aro de arena donde se realizará el combate.Según los expertos del deporte nacional de Japón, además de purificar, la sal absorbe el sudor de las manos y permite sujetar mejor al contrincante. Esparcida en el suelo, aseguran, la sal hace de antiséptico si en una caída algún luchador sufre una herida.
La televisión pública japonesa NHK tiene documentado el raro caso de Asahisho, un luchador famoso por esparcir con mucho garbo copiosas cantidades de sal. Un día, al ser embestido por su oponente, patinó en su propia sal y se desplomó de panza al suelo. Hasta donde sé, es el único caso de japonés salado que sirve para vindicar a mi agorera abuela.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.