Intrigado por la creación literaria del futuro, cuando todos los escritores dicten sus obras ante aparatos digitales de reconocimiento de voz, como Siri o Alexa, consulto con un profesional de la palabra, Jaime Alejandre, autor español residente en Tokio. (Recomendamos leer más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
-Jorge Luis Borges escribió con amanuenses desde la pérdida de su vista, en la mitad de su vida, le digo en un mensaje de texto.
-Y Benito Pérez Galdós fue un magnífico escritor hasta que se quedó ciego, me responde Alejandre. Luego empezó a escribir dictando a un sobrino y sus escritos “cayeron en picado”.
Alejandre, de quien acabo de leer su delicioso y muy culto Manual de historia prescindible, escribe sus libros a mano. Como evidencia, me envía la foto de una página manuscrita, intachable y sin tachones, escrita, aclara, “99,9 % del tirón”.
Mi inquietud por los métodos de la escritura creativa del futuro se originó en una conversación con la profesora Itsuki Nagasawa, investigadora de historia del idioma japonés de la Universidad de Tokio, según la cual, gracias a la magia de los teclados, sus estudiantes empezaron a escribir signos muy complejos sin haberlos estudiado.
La profesora Nagasawa coincide con la estadounidense Anne Trubek, quien en su libro La historia y el futuro incierto de la escritura a mano cuenta cómo las primeras máquinas de escribir mejoraron la redacción de los estudiantes pese a haber sido vapuleadas por amenazar la escritura a mano.
Existe desde hace años una corriente alarmista que anuncia la inminente extinción de bolígrafos, lápices, cuadernos y libretas a causa de la invasión de los teclados digitales en los colegios.
Sus miembros señalan a Finlandia por haber sustituido las clases de letra concatenada en las escuelas con ejercicios de dactilografía, argumentando que la letra manual se está quedando obsoleta.
Se quejan también de que cada vez más niños aprenden a manejar tabletas electrónicas antes que montar en bicicleta, y lamentan la pérdida emocional que significa el no recibir cartas escritas a mano.
En internet me entero de que cuando Pablo Neruda se rompió un dedo y no pudo usar su máquina de escribir, descubrió escribiendo a mano un tipo de poesía más sensible. Graham Greene solo desayunaba después de escribir a mano 500 palabras en letras diminutas y John Steinbeck compraba lápices de diferente dureza para usarlos según variaba su ánimo a la hora de escribir.
Por estar en Japón, donde vivimos cada día el tópico de que la tradición convive con el futuro, me dispongo a leer buenos libros escritos bien sea a mano, con teclado Microsoft, en iPhone o Siri. Leeré incluso, con cariño y curiosidad, aquellos copiados por un poco brillante, y tal vez malvado, sobrino.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.