Si se pudiera caminar en dirección oeste desde el monumento a la masacre de Nyarubuye, y atravesar Ruanda de un extremo a otro, por las colinas y las tierras pantanosas, los lagos y los ríos hasta la provincia de Kibuye, justo antes de caer en el gran mar interior que es el lago Kivu, se llegaría a otro pueblo en lo alto de una colina. La colina se llama Mugonero y también está coronada por una gran iglesia. Si bien Ruanda es abrumadoramente católica, los protestantes evangelizaron gran parte de Kibuye, y Mugonero es la sede de la misión de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Más que un poblado africano, el lugar parece el campus de una comunidad universitaria norteamericana; mediante cuidados senderos flanqueados de árboles, la enorme iglesia conecta con una capilla más pequeña, una guardería, una enfermería y un complejo hospitalario que tenía fama de ofrecer una asistencia médica excelente. Fue en ese hospital donde Samuel Ndagijimana buscó refugio durante las matanzas, y aunque una de las primeras cosas que me dijo fue: “Poco a poco, voy olvidando”, pronto quedó claro que no había olvidado tanto como le habría gustado.
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Samuel era enfermero en el hospital. Había conseguido el empleo en 1991, a los veinticinco años. Le pregunté acerca de su vida en aquella época que los ruandeses llaman “antes”. Respondió:
—Éramos cristianos normales y corrientes.
Nada más. Podría haberle preguntado por cualquier otra persona, alguien con el que se acabara de cruzar y que no le interesara lo más mínimo. Era como si su primer recuerdo auténtico se remontara a los primeros días de abril de 1994, cuando vio a los milicianos hutus dirigiendo las maniobras delante de las oficinas gubernamentales de Mugonero.
—Todas las noches veíamos que los jóvenes salían, y la gente hablaba de ello en la radio —me contó Samuel—. Solo salían los miembros del Poder Hutu, y a los que no participaban les llamaban “enemigos”.
El 6 de abril, pocas noches antes de que empezara esta actividad, el dictador hutu más duradero de la historia de Ruanda, el presidente Juvénal Habyarimana, fue asesinado en Kigali y una camarilla de líderes del Poder Hutu pertenecientes al alto mando del Ejército se hicieron con el poder.
—Por la radio nos decían que no nos moviésemos —explica Samuel—. Empezamos a ver grupos de gente que se reunían aquella misma noche, y a la mañana siguiente, cuando fuimos a trabajar, vimos a estos grupos con los líderes locales del Poder Hutu organizando a la población. No sabías qué estaba pasando exactamente, solo que algo estaba por ocurrir.
En el trabajo, Samuel observó un “cambio de ambiente”. Dijo que “ya nadie hablaba con nadie” y muchos de sus compañeros de trabajo se pasaban el día reunidos con un tal doctor Gérard, que no ocultaba su apoyo al Poder Hutu. A Samuel eso le resultaba desconcertante, porque el doctor Gérard se había formado en Estados Unidos y era el hijo del presidente de la iglesia adventista de Kibuye, por lo que se le consideraba una figura de gran autoridad, un líder de la comunidad, alguien que da ejemplo.
Al cabo de pocos días, Samuel miró hacia el sur, al otro lado del valle, y vio casas incendiadas en los poblados que bordeaban el lago. Decidió quedarse en el hospital hasta que acabaran los alborotos, y la misma idea tuvieron muchas familias tutsis de Mugonero y los alrededores que pronto empezaron a llegar. Aquello era una tradición en Ruanda.
—Cuando había problemas, la gente siempre acudía a la iglesia —dijo Samuel—. Los sacerdotes eran cristianos. Uno confiaba en que no iba a pasarle nada en su terreno. De hecho, muchas personas de Mugonero me dijeron que el padre del doctor Gérard, el presidente de la iglesia, el pastor Elizaphan Ntakirutimana, aconsejó personalmente a los tutsis que se reuniesen en el complejo adventista.
A Mugonero llegaron tutsis heridos procedentes de todas partes del lago. Venían campo a través, intentando eludir los innumerables controles de carretera de la milicia y contaban historias. Algunos decían que en Gishyita, pocos kilómetros al norte, la impaciencia del alcalde por matar a los tutsis había sido tal que, en su frenesí, miles de ellos habían sido masacrados mientras los encaminaba en masa a la iglesia, donde fueron asesinados los restantes. Otros contaban que en Rwamatamu, unos kilómetros hacia el sur, más de 10.000 tutsis se habían refugiado en el ayuntamiento y el alcalde había llevado camiones cargados de policías, soldados y milicianos con escopetas y granadas para que rodearan el lugar; detrás de ellos, había situado a los lugareños con machetes por si alguno escapaba con vida del tiroteo… y, de hecho, muy pocos pudieron escapar con vida de Rwamatamu. Se decía que el pastor adventista y su hijo habían trabajado en estrecha colaboración con el alcalde para organizar la matanza de Rwamatamu. Pero tal vez Samuel no se enteró de esto por los heridos que conoció, que llegaron “heridos de bala, de granada, sin un brazo o una pierna”. Todavía creía que Mugonero podía salvarse.
El 12 de abril ya se hacinaban 2.000 refugiados en el hospital, y entonces les cortaron el agua. Nadie podía marcharse, pues milicianos y miembros de la Guardia Presidencial habían acordonado el complejo. Pero cuando el doctor Gérard se enteró de que había varias decenas de hutus entre los refugiados, consiguió que los evacuaran. También clausuró la farmacia, denegando el tratamiento médico a heridos y enfermos… “porque eran tutsis”, dijo Samuel. Escudriñando el exterior desde su reclusión, los refugiados del hospital observaban cómo el doctor Gérard y su padre, el pastor Ntakirutimana, iban y venían en compañía de milicianos y miembros de la Guardia Presidencial. Los refugiados se preguntaban si aquellos hombres habían olvidado a su Dios.
Entre los tutsis de la iglesia y del hospital de Mugonero había siete pastores adventistas que rápidamente asumieron el tradicional papel de pastores de su grey. Cuando aparecieron en el hospital dos policías anunciando que su tarea era proteger a los refugiados, los pastores tutsis hicieron una colecta y reunieron US$400 para los policías. Durante varios días hubo calma. Entonces, al atardecer del 15 de abril, los policías dijeron que tenían que marcharse porque el hospital sería atacado a la mañana siguiente. Se marcharon en un coche con el doctor Gérard y los siete pastores del hospital aconsejaron a su gente que se preparase para el fin. Luego, los pastores se sentaron y escribieron cartas al alcalde y a su propio superior, el pastor Elizaphan Ntakirutimana, padre del doctor Gérard, rogándoles en nombre del Señor que intercedieran por ellos.
—Y llegó la respuesta —dijo Samuel—. Fue el doctor Gérard quien la trajo: “El sábado 16, exactamente a las nueve de la mañana, os atacarán”. —Pero lo que desmoralizó a Samuel fue la respuesta del pastor Ntakirutimana, y repitió dos veces, una después de otra, lentamente, las palabras del presidente de la iglesia—: “Vuestro problema ya tiene solución. Tenéis que morir”.
Manase Bimenyimana, compañero de trabajo de Samuel, recuerda una respuesta distinta. Me dijo que las palabras del pastor habían sido: “Tenéis que ser eliminados. Dios ya no os quiere”.
Por su condición de asistente del hospital, Manase trabajaba de criado de uno de los médicos, y se había quedado en la casa de este después de instalar a su mujer e hijos —para su seguridad— con los refugiados del hospital. A las nueve de la mañana del sábado 16 de abril, estaba dando de comer a los perros del médico. Vio al doctor Gérard que se dirigía al hospital en un camión lleno de hombres armados. Luego oyó los disparos y la explosión de granadas.
—Cuando los perros oyeron los gritos de la gente —me dijo—, también empezaron a aullar.
Manase consiguió llegar hasta el hospital —una locura, tal vez, pero se sentía en peligro y quería estar con su familia. Encontró a los pastores tutsis diciendo a los refugiados que se preparasen para morir.
—Me decepcionó mucho —dijo Manase—. Sabía que iba a morir, y empezamos a buscar cualquier cosa que pudiese defendernos: piedras, ladrillos rotos, palos. Pero no servían para nada. La gente estaba débil. No tenían qué comer. Empezaron los disparos y la gente iba cayendo y muriendo.
—Había muchos atacantes —recordaba Samuel— y entraban por todos lados… desde la iglesia, por detrás, por el norte, por el sur. Oíamos disparos y gritos y repetían el lema “eliminad a los tutsis”. Empezaron a dispararnos y nosotros les tirábamos piedras porque no teníamos nada más, ni siquiera un machete. Teníamos hambre, estábamos cansados y hacía más de veinticuatro horas que no bebíamos agua. Hubo personas a las que les cortaron los brazos. Otros murieron. Mataron a la gente de la capilla y de la escuela y luego a la del hospital. Vi al doctor Gérard y vi el coche de su padre pasar por delante del hospital y detenerse cerca de su despacho. Alrededor de las doce nos dirigimos a un sótano. Yo estaba con algunos familiares. A otros ya los habían matado. Los atacantes empezaron a tirar las puertas abajo y a matar, disparando y lanzando granadas. Los dos policías que habían sido nuestros protectores eran ahora nuestros atacantes. Los civiles también ayudaban. Los que no tenían armas tenían machetes o masus. A última hora, sobre las ocho o las nueve, empezaron a lanzar gases lacrimógenos. Los que todavía estaban vivos lloraban. De esta forma, los atacantes podían descubrirlos y rematarlos directamente.
Los tutsis representan, como media nacional, algo menos de un 15 % de la población de Ruanda, pero en la provincia de Kibuye el equilibrio entre hutus y tutsis estaba cerca del 50 %. El 6 de abril de 1994, en Kibuye vivían 250.000 tutsis, y un mes más tarde, más de 200.000 habían sido asesinados. En muchos poblados de Kibuye no sobrevivió ni un solo tutsi.
Manase me comentó que le había sorprendido oír que en Ruanda “solo un millón de personas” habían sido asesinadas.
—Mire cuántos murieron solo aquí, y a cuántos se los comieron los pájaros —dijo.
Era cierto que los cadáveres del genocidio habían sido una gran bendición para los pájaros de Ruanda, pero las aves también habían ayudado a los vivos. Del mismo modo que las aves carroñeras forman un frente en el aire ante el muro de fuego que avanza por la selva, para cebarse en el desfile de animales que huyen del infierno, en Ruanda, durante los meses de exterminio, las bandadas de buitres, milanos y cuervos que se agolpaban encima de los lugares de las masacres dibujaban en el cielo un mapa nacional señalando las zonas “prohibidas” a las personas que se habían adentrado en la selva para salvar la vida, como Samuel y Manase.
En algún momento antes de la medianoche del 16 de abril, los asesinos de la misión adventista de Mugonero, incapaces de encontrar a nadie más a quien matar, fueron a saquear los hogares de los muertos, y Samuel, en su sótano, y Manase, escondido junto a su mujer y sus hijos asesinados, se encontraron inexplicablemente con vida. Manase se marchó de inmediato. Caminó hasta la aldea cercana de Murambi, donde se unió a un pequeño grupo de supervivientes de otras masacres que también se habían refugiado en una iglesia adventista. Dijo que durante casi veinticuatro horas tuvieron calma. Entonces llegó el doctor Gérard con un convoy de milicianos. Hubo más disparos y Manase logró escapar. Esta vez, huyó a lo alto de las montañas, a Bisesero, donde las rocas son escarpadas y profundas, llenas de cuevas y a menudo envueltas en nubes. Bisesero fue el único lugar de Ruanda donde miles de civiles tutsis pudieron montar una defensa contra los hutus que intentaban matarlos.
—Al ver la cantidad de gente que había en Bisesero, nos convencimos de que no podíamos morir —me dijo Manase—. Y en un primer momento solo mataron a mujeres y niños, porque los hombres luchaban. Pero, más adelante, también allí cayeron miles de hombres.
En los pueblos de Kibuye, abarrotados de cadáveres tutsis, era muy difícil encontrar tutsis vivos. Pero los asesinos nunca se daban por vencidos. La presa estaba en Bisesero y los cazadores fueron en camiones y autobuses.
—Cuando vieron lo fuerte que era la resistencia, llamaron a milicianos de lugares lejanos —dijo Manase—. Y no se limitaron a matar. Si la víctima era débil, ahorraban balas y la mataban con lanzas de bambú. Cortaban tendones de Aquiles y degollaban, pero no del todo, para que las víctimas gritaran mucho tiempo antes de morir. Los perros y los gatos se comían a la gente.
Samuel también logró llegar hasta Bisesero. Se había quedado en el hospital de Mugonero “lleno de muertos” sin saber qué hacer, hasta la una de la madrugada. Luego salió agazapado del sótano llevando a cuestas a “uno que no tenía pies” y avanzó lentamente hacia las montañas. El relato de Samuel de la pesadilla que vivió después de la matanza en su lugar de trabajo fue tan telegráfico como su descripción de la vida en Mugonero antes del genocidio. A diferencia de Manase, no halló mucho consuelo en Bisesero, donde la única ventaja de los defensores era el terreno. Había llegado a la conclusión de que ser un tutsi en Ruanda significaba la muerte.
—Después de un mes me fui a Zaire.
Para llegar hasta allí tuvo que descender hasta el lago Kivu por zonas ocupadas y atravesar el lago por la noche en una piragua… un viaje terriblemente arriesgado, cosa que Samuel ni mencionó.
Manase se quedó en Bisesero. Durante la lucha, “nos acostumbramos tanto a correr que cuando uno no corría no se sentía bien”. Luchar y correr le dieron a Manase fuerza moral, un sentimiento de pertenecer a una causa mayor que su propia vida. Entonces le alcanzaron en el muslo y una vez más la vida fue poco más que estar vivo. Encontró una cueva que convirtió en su hogar.
—Una roca en la que entraba un arroyo que volvía a brotar más abajo. Durante el día estaba solo —explicó—. Solo había muertos. Los cadáveres caían al arroyo y los utilizaba para cruzar al otro lado y pasar la noche con la otra gente.
Así sobrevivió Manase.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.