Decenas de mototaxistas, taxistas y transportistas irregulares aguardaban la mañana de este domingo 4 de enero en La Parada —el último punto colombiano antes de cruzar a Táchira, en Venezuela—. Como cualquier otro día ofrecían a gritos el paso por la frontera hacia distintos destinos: San Cristóbal, San Antonio y otras poblaciones del otro lado del puente Simón Bolívar.
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Allí, justo afuera del puesto de Migración Colombia, reposaban cuatro tanquetas militares, custodiadas por soldados que permanecían en el lugar desde horas de la mañana. Como ellos, aproximadamente 30 soldados patrullaban toda la avenida San Antonio, que conecta el casco central de Cúcuta con la zona fronteriza de Villa del Rosario. Este panorama era el primer termómetro de la situación real en la frontera.
El Simón Bolívar, como los otros tres pasos fronterizos que conectan ambos países por el lado cucuteño, amaneció abierto en ambos lados y el flujo, tanto vehicular como de personas caminando, era constante y sin mayores trabas. Eso no dejaba exentos a quienes cruzaban de la zozobra de un cambio repentino. Varios transportistas confesaron a El Espectador que no sabían en qué momento podían cerrar el paso y quedar atrapados del lado incorrecto del puente.
Sin embargo, hasta allí también llegaron los curiosos. “Me vine hasta aquí a ver, ver para creer. Tengo exactamente 14 años y seis días en Cúcuta, no he ido a Caracas desde hace años. Ahora me siento libre y pienso en regresar a Caracas. Yo sí voy a volver a Caracas. ¿Cuándo? En el nombre de Dios, pronto. Primero vamos a ver bien todo lo que hay que arreglar, y bueno, para adelante: a trabajar allá, en nuestro país”, relató a El Espectador un ciudadano venezolano, de quien guardamos reserva de su identidad, expectante desde el lado colombiano de lo que ocurriera en la frontera.
Al ser preguntado por cómo estaba viendo la situación en Cúcuta, respondió con extrañeza en el rostro que “en Cúcuta todo está calladito, eso es lo que digo. Hay como una calma rara. Todo está como calladito, tranquilo”. En otras palabras, y por lo que pudimos observar, es una ciudad que avanza en suspenso. Es una espera sin gestos grandilocuentes, donde la gente mira, calcula y sigue caminando. Los comercios de La Parada, Villa del Rosario y, en general, sobre la vía de San Antonio estaban abiertos y funcionando con regularidad. Claro, es evidente que en cada venezolano con el que se consigue hablar hay un dejo de alegría e ilusión.
José, un padre de familia venezolano que cruzaba a pie con sus dos hijas, contó que durante las primeras horas de la incursión de Estados Unidos no sabían si lo que estaba ocurriendo era verdad o mentira. Vive en Cúcuta hace 11 años y trabaja entre Norte de Santander y Arauca, y así describió el ambiente del lado venezolano de la frontera: “Las cosas allá están tranquilas, todo está normal. Están empezando a abrir las tiendas y todo transcurre como si no hubiese pasado nada. El paso está relajado, gracias a Dios, con mucho respeto hacia la gente que va de aquí para allá y la que viene de allá para acá”.
Pudimos constatar lo que relataba. En el punto exacto del puente donde la soberanía cambia de Colombia a Venezuela solo había tres efectivos de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. No obstante, al internarse en territorio venezolano el panorama cambiaba: el despliegue militar era, en cierta forma, similar al del lado colombiano.
Según relataron varias personas que se dirigieron hacia el interior del país, durante el fin de semana hubo al menos cinco puntos de control en la ruta hacia Caracas. Aunque, a medida que se avanzaba y se estaba más cerca de la capital, el panorama se volvía cada vez más desierto. Esto coincide con lo observado el sábado, día del golpe de Estados Unidos: no hubo metro ni servicio de buses, y el movimiento se concentró principalmente en estaciones de servicio y supermercados de Caracas.
Sin embargo, la frontera no estuvo exenta del clima político de Venezuela. Al puente también llegó Juan Carlos Urbina, exconcejal del municipio Bolívar, en Táchira, quien fue detenido por siete meses después de las elecciones de 2024. Según él, fue a visitar a un recluso llevando consigo su credencial como concejal de oposición por el Partido Acción Democrática, lo que bastó para que lo dejaran detenido y lo imputaran por delitos de terrorismo. “Fui llevado desde San Antonio hasta Maracay, hacia Tocorón. Allí era inhumano poder existir o hacer vida dentro de ese lugar. Para poder comunicarme con mi familia tardé prácticamente dos meses y, a partir de ahí, empezaron a suscitarse cosas feas, horribles, allá adentro”, cuenta.
A pesar de la desestimación de Donald Trump a María Corina Machado durante el fin de semana, Urbina es vocal al insistir en que será bajo su liderazgo que se produzca un cambio tangible en Venezuela. Al preguntarle por lo que dijo el presidente de Estados Unidos, alega que cree que todo es una estrategia, pues legalmente Machado sigue inhabilitada por el Consejo Nacional Electoral.
Por ahora, los cuatro pasos fronterizos siguen operando y la población se mantiene expectante. El lunes será un nuevo día con los hermanos Rodríguez al frente de Venezuela. Delcy asumirá como presidenta en funciones por tiempo indefinido, ante la “ausencia forzada” de Maduro decretada por el Tribunal Supremo de Justicia, una figura que les permite eludir lo que establece la Constitución: convocar elecciones dentro de los primeros 30 días tras la ausencia del presidente electo.
Del otro lado, este lunes también jurará la nueva Asamblea Nacional, que estará encabezada por Jorge, el hermano de Delcy. Siguen siendo los mismos, pero sin Nicolás Maduro.
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