Sobre Venezuela, Estados Unidos sirve el plato sin hablar mucho de la receta ni de los ingredientes. Según el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, el próximo 1.° de agosto se iniciará el proceso de “transición” en el país con una mesa de diálogo conformada por el chavismo, que permanece en el poder, y la oposición, encarnada en la Asamblea Nacional de 2015 (AN 2015). Esto sigue a lo ya anunciado el pasado 18 de junio, una semana antes del doble sismo que sacudió al país, cuando el presidente del Parlamento chavista, Jorge Rodríguez, se reunió con la diputada Dinorah Figuera, en representación de la AN 2015, vaciada de sus funciones por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) a partir de 2016.
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Lo correcto, entonces, no sería hablar de un “inicio”, sino de otro escalón en un proceso que ya se venía cocinando tras bambalinas antes de la tragedia. La razón de Rubio para decir que está “iniciando” se resume en que esta vez hay un afán extra porque la preparación no se queme o la hornilla no se apague. Hay que mostrar resultados.
Como señaló el sociólogo y activista venezolano Rafael Uzcátegui, a la administración de Donald Trump le quedan exactamente tres meses antes de jugarse su futuro en las elecciones de medio término, por lo que surge la pregunta de si puede seguirse permitiendo una “transición a fuego lento”.
“Desde Venezuela solemos discutir el futuro preguntándonos qué hará Miraflores o qué decidirá la oposición. Tal vez haya llegado el momento de incorporar una tercera pregunta: ¿qué ocurrirá si cambia Washington?”, escribió.
Las elecciones de medio término suelen reducir el poder de la Casa Blanca, y aunque esta haya demostrado ser un caso excepcional que se ha saltado todos los controles del Congreso, el factor “midterms” y la posibilidad de tener un Legislativo en contra obligan a apurar el paso. “No significa necesariamente que la política hacia Venezuela cambie de inmediato, pero sí que aumentaría la presión para justificar cada decisión, cada gasto y cada compromiso asumido con el proceso de tutela hacia nuestro país”, destaca Uzcátegui en TalCual.
Para Trump, con la crisis en Oriente Medio y su fallida guerra arancelaria en el lado comercial, un éxito en Venezuela surge como la mejor opción para presentar resultados contundentes en materia de política exterior. En Washington, de hecho, ya se refuerza el relato del final feliz. El senador estadounidense Bernie Moreno ya habla de la celebración de las elecciones y propuso como fecha para estas el 24 de julio de 2027, aniversario del nacimiento de Simón Bolívar, “el libertador original”. Según el congresista, esto “honraría” la fecha, como también sería una forma de honrar “al libertador moderno”, en referencia al presidente republicano.
Es muy importante destacar este comentario de Moreno para matizar lo que se está hablando. No hay ningún documento oficial que respalde esa fecha. No aparece en los comunicados del Departamento de Estado ni en las declaraciones de Rubio sobre las conversaciones del 1.° de agosto. Solo es la propuesta informal de un senador y no un compromiso del proceso negociador, por ahora, que revela más simbolismo que acción. Pero la realidad todavía es cruda.
Aunque es cierto que ambas partes se sentarán en una mesa, ni el chavismo ni la oposición han usado por ahora el término “transición”. Jorge Rodríguez se refiere a la mesa como una “convocatoria a la unidad nacional para enfrentar todos juntos las consecuencias del doblete sísmico que nos enluta” y para el “mantenimiento de la paz”. Figuera habla por su lado de una “hoja de ruta para promover la estabilidad y la recuperación nacional”. No hay una narrativa conjunta.
Que se va a cocinar algo desde el 1.° de agosto es lo único concreto en la mesa. Pero ¿qué, cómo y con qué ingredientes? Y la pregunta más importante: ¿será satisfactorio el resultado final?
La receta no será venezolana
Aunque expertos han resaltado varias veces la necesidad de que Venezuela conduzca su proceso, lo más importante por destacar es que ninguna de las dos partes que se sentarán a la mesa el 1.° de agosto llega por convicción propia. El chavismo negocia porque no tiene alternativa y la oposición negocia a través de alguien que Washington eligió por ella: Figuera, una política de bajo perfil con poca influencia dentro del movimiento opositor que además no cuenta con la legitimidad que tienen otras figuras.
La elección de Figuera tiene capas como una cebolla. La primera es institucional, ya que como presidenta de la AN 2015, la última electa bajo comicios que Washington reconoce como libres, Figuera aporta algo que ningún otro actor opositor tiene: continuidad legal con una estructura que ya controlaba activos venezolanos en el exterior. Pero esto a la vez abre una paradoja: si se trata de darle institucionalidad al proceso, ¿por qué no incluir directamente a Edmundo González, reconocido por el gobierno de Joe Biden como el ganador de las últimas elecciones presidenciales? Esto se explica con la segunda razón, que parece ser la más contundente para Washington, y es de temperamento, pues Figuera viene del ala moderada de la oposición, la que históricamente respaldó la vía negociadora, justo lo opuesto al estilo confrontacional con el que María Corina Machado, quien acompañaba a González, se construyó como “outsider”. El analista Michael Shifter también señala que Washington teme que ese estilo de Machado y su equipo desestabilice lo que la administración Trump presenta como uno de sus logros de política exterior más visibles.
“Está aquí en representación institucional, no tanto de la Asamblea Nacional 2015, como del Departamento de Estado”, señaló el sociólogo Ender Arenas, columnista de “El Nacional”. Fue elegida, en otras palabras, precisamente porque es manejable.
Por esto, Charles Shapiro, embajador de Estados Unidos en Venezuela entre 2002 y 2004, no le da vueltas a la conclusión: este es un proceso salido de Washington y no de Caracas. “En un protectorado, el poder imperial gobierna a través de príncipes locales, esos príncipes locales aparentan ser independientes y soberanos”, aunque no lo sean, según explica.
“Lo que me preocupa del diálogo es que la oposición no tiene apalancamiento por sí misma. Depende de la voluntad de EE. UU. y que las peticiones de la oposición se alineen a los ambiciones de la Casa Blanca”, agrega el internacionalista venezolano Carlos Rodríguez.
Esto abre preguntas sobre cómo esta dependencia inicial de Estados Unidos para reconstruir la soberanía institucional condiciona el tipo de democracia que se terminará construyendo. Mientras se anunciaba la mesa, el oficialismo ya dio un paso en la dirección contraria. El canciller Félix Plasencia notificó a la ONU la decisión “firme e irrevocable” de denunciar el Estatuto de Roma y retirar a Venezuela de la Corte Penal Internacional, el tribunal que mantiene abierta desde hace años una investigación por presuntos crímenes de lesa humanidad cometidos en el país.
La salida no es inmediata, pues el artículo 127 del Estatuto establece que la denuncia surte efecto un año después de que la ONU reciba la notificación, y ese mismo artículo aclara que la investigación ya abierta sigue su curso. La Corte conserva jurisdicción sobre los hechos ocurridos mientras Venezuela era Estado miembro. Lo que sí cambia es el futuro, una vez efectiva la salida, pues la Fiscalía no podrá abrir investigaciones nuevas sobre hechos posteriores, salvo que exista otra vía de jurisdicción.
Es una jugada que compra tiempo y que resume bien el tipo de institucionalidad que Caracas está dispuesta a construir mientras negocia su reinstitucionalización con Washington, que en días pasados en boca de Rubio ya había anunciado una campaña contra el tribunal internacional.
Qué queda fuera de la olla
El opositor Henrique Capriles fue tajante, y dijo que cualquier negociación que excluya a Machado “está condenada a fracasar”. Figuera, sin embargo, se cuida de que esto no se lea como una fractura. Asegura que ha tenido “conversaciones de carácter personal” con Machado, que “esto no es una negociación paralela para fragmentar”, y que convocará a “todos los sectores democráticos” a enriquecer la hoja de ruta. El viernes, tanto ella como Rubio, destacaron su importancia. Pero por ahora son promesas de apertura, todavía sin nombres ni fechas que las respalden.
La ausencia de figuras claves en la mesa no se agota en Machado. Maryhen Jiménez, de la Universidad de Maynooth, señala un vacío más amplio con los venezolanos que no están involucrados de forma significativa en este proceso. La experta advierte que los arreglos de élite de arriba abajo pueden sostenerse a corto plazo, pero que una democratización seria necesita anclarse en la sociedad venezolana, en sus necesidades y aspiraciones reales.
La olla, entonces, no solo dejó fuera a la figura con más respaldo popular del país, sino que excluye, por ahora, al país entero que supuestamente se está transformando. Pero no es la parte más pesimista en la olla. Shapiro recuerda que en 2004, como presidente del Consejo Nacional Electoral, Jorge Rodríguez obligó a la organización Súmate, cofundada por Machado, a recolectar dos veces las mismas firmas para el revocatorio contra Hugo Chávez, y luego rechazó miles por tecnicismos inventados. Su pronóstico para esta mesa es el mismo patrón, un proceso “supercomplicado” e “imposiblemente legalista” que sirve para ganar tiempo sin ceder poder real.
Hay, entonces, una enorme desconfianza pública en el proceso anunciado y esta vez ni siquiera la conducción directa de EE. UU. parece solucionarla porque Washington es, a su vez, parte de ese problema.
“Abundarán aquellos que dirán que esta vez el principal invitado a la mesa, la administración Trump, hará cumplir lo que se acuerde, si es posible por la fuerza. Pero ya sabemos que tampoco Trump es un actor confiable para la recuperación de la democracia; esta nunca fue su propuesta, y por eso nunca la ha mencionado. Su apuesta siempre ha sido por el petróleo, el oro, las tierras raras o cualquier cosa que pueda convertirse en un negocio”, escribió Arenas.
Las palabras del viernes del presidente estadounidense parecen acentuar esta postura y cayeron como un balde de agua fría: “En cuanto a las elecciones en Venezuela, todavía no están realmente preparados para ellas... Delcy ha estado haciendo un trabajo fantástico. La cantidad de petróleo que sale de Venezuela... nos estamos llevando mucho”, dijo.
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