Durante más de tres décadas el nombre de Vladimir Padrino López fue sinónimo de un poder que no admitía réplicas en Venezuela. El hombre que en 1992 esperaba en la retaguardia con sus tanques para rematar el ataque al Palacio de Miraflores, y que en 2002 fue la pieza clave para devolver a Hugo Chávez al poder, se convirtió en el rostro del miedo para millones de venezolanos cada vez que ordenaba “defender la Revolución” frente a las protestas civiles. Sin embargo, esa aura de invulnerabilidad se desmoronó el miércoles, cuando la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, lo removió de su cargo, sellando así la salida gris de un general que, tras años de infundir temor en las calles, terminó humillado por la captura de Nicolás Maduro bajo su propia guardia.
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Un legado de “soberanía” cedida y claudicación interna
Padrino López no fue un ministro cualquiera. Fue el arquitecto de la permanencia del chavismo y el administrador de un emporio militar que llegó a gestionar desde la Misión de Abastecimiento Soberano hasta la industria farmacéutica y minera del país, así como los alimentos. Pero mientras su figura crecía en el círculo chavista y se hacía con títulos como el de “superministro”, la realidad indicaba que la defensa nacional se desmoronaba. El dirigente Juan Pablo Guanipa fue contundente al calificar su gestión como una serie de claudicaciones.
“Ha salido del Ministerio de Defensa Vladimir Padrino López, quien lo único que defendió fue su puesto. (...) Cuando tocó defender la soberanía el 28 de julio, se puso del lado del fraude. Venezuela pagó muy caro la cobardía de este oficial”, dijo Guanipa.
Bajo su mando, la guerrilla del ELN afianzó el control de medio país y Cuba profundizó su intromisión en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). Tampoco pudo mantener el orden en sus filas. Pese a declarar una “unidad monolítica”, presidió en realidad una de las mayores desangradas de talento y lealtad en la historia de la institución.
Solo entre enero y abril de 2019, más de 1.200 militares y policías rompieron filas y cruzaron la frontera hacia Colombia y Brasil, huyendo de un sistema que los mantenía “hambrientos y empujados a un punto de inflexión” con salarios de miseria. La situación continuó hasta sus últimos días. En junio del año pasado, 80 generales de aviación fueron investigados por desertar.
“La mayor crisis del sector, en los últimos 12 años, es la del personal oficial o tropa que abandona la institución, engrosando la fila de miles de desertores”, apuntó entonces Sebastiana Barráez, reconocida periodista de la fuente castrense venezolana.
Pero su mayor recordatorio en los libros de historia será el del general que, aunque juró “morir por la patria” y que no dudó en usar la fuerza contra sus ciudadanos, no pudo evitar ni siquiera que su comandante en jefe fuera extraído del país por fuerzas extranjeras, dejando una institución fracturada y desmoralizada. Esta, de hecho, es una de las razones que parecen haber condicionado su salida, pues las tropas no se explicaban cómo, pese a la operación contra Maduro, seguía en el alto mando. Su salida estaba más que anticipada por el descontento en las bases.
“Ahora que el país está sin Maduro, la cúpula militar debería hacerse a un lado”, le dijo en febrero a la AFP un coronel que pidió mantener su identidad bajo reserva.
La “sebinización” del Ministerio de Defensa
Las noticias para la defensa nacional de Venezuela no son mejores con el cambio. El reemplazo elegido, el general Gustavo González López, alias “el Sabueso”, marca un giro definitivo hacia un estado policial sobre el militar. González López no viene de las operaciones de campo, sino de las sombras de la inteligencia política. Fue el director del SEBIN en los períodos de mayor persecución y tortura. Al igual que Padrino, está sancionado por Estados Unidos, Canadá y otros países por violaciones graves a los derechos humanos, que incluyen desapariciones a opositores. Expertos temen una “sebinización” mayor de la seguridad en el país.
La razón de su llegada, para analistas, también despeja dudas sobre los planes de los Rodríguez. González fue, además, al frente de la Guardia de Honor Presidencial la noche en la que Maduro fue arrestado por fuerzas estadounidenses, y se había encargado de la seguridad de la mandataria interina desde entonces. La prioridad, así, no es recuperar la soberanía territorial, sino perfeccionar el control interno y la vigilancia de las propias filas militares para evitar cualquier asomo de rebelión en esta etapa de “transición”.
“Esta reorganización es más de lo que vienen haciendo los Rodríguez desde hace tiempo: consolidar su propia coalición de poder y convertirse en indispensables para EE. UU. para manejar Venezuela sin una presencia significativa y constante de tropas americanas”, agrega, por su parte, el analista Carlos Rodríguez López.
Aunque la remoción de Padrino López es el movimiento más agresivo de Rodríguez para consolidar su arquitectura de mando, tras la captura de Maduro y Cilia Flores, que dejó la estructura del “madurismo” originario huérfana, esto no se detiene acá. Habrá más cambios, y no hay optimismo frente a ellos.
“Los recientes nombramientos en PDVSA y el Ministerio Defensa son buenos proxys para determinar aperturas en el sistema político, y la verdad es que cada uno es peor que el otro. Veremos a quiénes nombra la Asamblea Nacional (JR) como fiscal general y defensor del pueblo. Pero si se mantiene la tendencia, disminuyen cada vez más las probabilidades de una apertura real del sistema”, señaló la historiadora venezolana Alejandra Martínez.
La puerta de un cambio se va cerrando cada vez más bajo la sombra de un sistema que sigue atornillándose. Por eso mismo, lo más grave no es la impunidad con la que se marcha Padrino López, sino que el efecto de sus fracasos en el interior de la institución, a la que debilitó, seguirá prolongándose.
Como señaló Rodríguez López, “la cuestión es que las FF. AA. venezolanas simplemente están demasiado diezmadas en organización, equipamiento y entrenamiento. Ya eran un completo desastre incluso antes del 3 de enero. La increíble falta de preparación para asegurar el territorio se evidenció con los combates contra las disidencias de las FARC en Apure en 2021, donde ante un enemigo inferior en número y capacidad de combate, las FF. AA. venezolanas sufrieron bajas importantes y tuvieron que depender de la asistencia del ELN. Las FF. AA. venezolanas necesitan una reforma urgente para tratar de frenar las deserciones, purgar la corrupción y al menos ponerse al día con el equipamiento y entrenamiento”.
“Sin embargo, estos son ya problemas estructurales mayores que son independientes de quién sea el ministro de Defensa. Si Venezuela estuviera interesada en asegurar su territorio, necesitaría una reforma profunda de todo el aparato militar, más la asistencia técnica y doctrinal de EE. UU. Algo que luce un poco lejano, considerando que Maduro no tiene ni seis meses fuera”, concluye.
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