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El retorno a Venezuela no es político ni ideológico, es material

Mientras el país sigue en suspenso tras la caída de Nicolás Maduro, los migrantes venezolanos miden el regreso no en discursos ni promesas, sino en trabajo, ingresos y la posibilidad real de sostener la vida cotidiana.

Hugo Santiago Caro

05 de enero de 2026 - 07:00 p. m.
Rito León, ciudadano venezolano en el Puente Internacional Francisco de Paula Santander. /Terumoto Fukoda.
Foto: Terumoto Fukuda
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Ni el traslado abrupto de Nicolás Maduro a Nueva York ni los 80 muertos que dejó el ataque de Estados Unidos en suelo venezolano lograron detener la cotidianidad del país. Este lunes terminó con Delcy Rodríguez como presidenta encargada y con su hermano, Jorge Rodríguez, como presidente reelegido de la Asamblea Nacional. Hasta nuevo aviso, el chavismo sigue su curso y el país permanece a la expectativa: si esto traerá un cambio real o si será apenas un relevo dentro del mismo sistema, esta vez con el beneplácito de Donald Trump.

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Esta espera se mantiene dentro y fuera de Venezuela, no solo por un eventual cambio político o una transformación del Estado —con posibles efectos regionales y diplomáticos—, sino también en la vida cotidiana de millones de venezolanos cuyas trayectorias quedaron marcadas por más de 25 años de chavismo. En la última década, cerca de ocho millones de personas han salido del país. No ha sido una migración uniforme. No todos se fueron por las mismas razones, ni en los mismos momentos, ni con los mismos recursos. Algunos lograron establecerse de forma estable en distintos países; otros son parte de una migración pendular, más frágil y reactiva que se mueve según lo permita el contexto político, económico o fronterizo.

Ahora, con la salida de Maduro, se pensó que sería la oportunidad de vientos de cambio, pero con la reconfiguración del régimen el cambio vuelve a quedar en vilo, y con ello la esperanza del retorno. Entonces, ¿qué hace falta para volver? Ya no se trata de si Maduro cayó o qué pasará políticamente, sino de qué condiciones mínimas aparecen en la cabeza de quienes se fueron.

Antonio, un venezolano de poco más de 30 años, formó parte de la ola migratoria que salió del país hace una década, y desde entonces ha caminado por toda Colombia como un nómada, llegando a establecerse en Ibagué. Sin embargo, al momento de la caída de Maduro estaba en Cúcuta.

Cuando respondió las preguntas de El Espectador, confesó que ni siquiera tenía dinero para pagar su hospedaje de esa noche y que no sabía dónde iba a dormir. Por eso afirma que lo que le importa es “lo que yo hago, porque de igual manera, si yo estoy en Venezuela, ellos no llegan y dicen: ‘Tomen, cojan esto, vengan y les doy un mercado’. Si yo no trabajo, no como. Más que lo político, lo que me importa es cómo vivo. Lo que hacen allá (en Caracas), ellos lo hacen, pero no se ve”.

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Su estadía en Cúcuta es circunstancial, pero en esta ciudad gran parte de la economía se mueve por el flujo de venezolanos que cruzan la frontera en búsqueda de víveres, repuestos, servicios y otras necesidades que en su país no pueden cubrir, incluso el trabajo. Ese es el caso de Rito Antonio León, un residente de Ureña, de 60 años, que viene a Colombia por el “rebusque”.

“Mire, yo antes trabajaba en una empresa; ahora trabajo es por ahí, rebuscándomela con lo que consiga para comprar una harina, un arroz. Muy triste, muy difícil. Ya uno, con la edad que tiene, más bravo todavía. ¿Qué es lo que falta aquí, amigo? Que acabaron todas las empresas: no hay trabajo, no hay empleo, no hay nada. ¿Por qué se vienen a buscarse uno aquí a Colombia? Porque no hay nada que hacer”, cuenta. Cree, al tiempo, que la oportunidad de un cambio sí es tangible, pero reconoce que “si esto se dañó en 30 años, ¿cuánto hay que esperar para que esto mejore?”.

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Rito relata que, a pesar de que su decisión en estos años fue quedarse en Venezuela, tiene dos hijos en Estados Unidos. Uno está al día con su situación migratoria, pero el otro no: “Es triste que se haya ido el hijo, la hija, los hijos. Uno por ahí, luchándola aquí para sobrevivir también, porque, ¿cómo va a pedir uno que le manden algo, si ellos allá también están luchando por la comida, por sobrevivir? No es fácil estar lejos, lejos de la tierra, del país”.

Algo similar expresa Abraham Alexander, de 21 años, quien lo resume en los sentidos: “No hay nada como Venezuela, hermano. O sea, ese queso rallado, ese sabor a esa mantequilla… Es muy distinto aquí. Uno aquí no vive bien, uno aquí sobrevive. En Venezuela, sea como sea, uno vive”.

Sin embargo, casi de inmediato revela —sin quererlo— uno de los grandes dilemas de los migrantes venezolanos. Pareciera que su realidad le cayera de golpe y cambia de opinión. Pasa de la nostalgia de querer volver a aferrarse a lo poco que ha construido en los tres años que lleva en Cúcuta: “Yo espero que la situación mejore, porque yo no soy ningún superhéroe, ¿no? No soy Superman que pueda decir: ‘Ah, sí, me voy y ya’. Volver ahora solo me dañaría los planes que tengo aquí y afectaría la poca economía que he logrado construir. Es más, si Venezuela se acomoda un poco, yo, viendo mi situación económica aquí, prefiero quedarme. La verdad es que ya estoy amañado aquí. Al final, no es tan distinto a como es allá; lo único que cambia es que en Venezuela la plata que uno se gasta no rinde”.

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La realidad inmediata en la frontera es que, por ahora, nadie hace maletas: la frontera sigue abierta, la vida continúa y el regreso, como el país, sigue siendo una promesa en pausa.

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Por Hugo Santiago Caro

Periodista de la sección Mundo de El Espectador. Actualmente cubre temas internacionales, con especial atención a derechos humanos, migración y política exterior.@HugoCaroJhcaro@elespectador.com
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