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Esta es la Venezuela que deja Nicolás Maduro tras casi 30 años de chavismo

Un país marcado por el colapso económico, la fractura social y un Estado debilitado, pero también por inercias de poder que condicionan cualquier intento de cambio.

Hugo Santiago Caro

03 de enero de 2026 - 06:00 p. m.
Simpatizantes del oficialismo participan en una manifestación en inmediaciones del Palacio de Miraflores este sábado.
Foto: EFE - MIGUEL GUTIERREZ
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Es la primera vez en más de 27 años que los vientos de cambio pueden traer algo diferente para Venezuela. Ya no está el carismático comandante Hugo Chávez, ni Nicolás Maduro, que tras años aferrado al poder ha dejado las riendas del Estado venezolano, abriendo la pregunta sobre el país que deja atrás. Es incierto hablar de una transición o de un rumbo fijo para el país hermano, pero sí existen certezas sobre lo que queda después de casi 30 años de régimen chavista: un legado tangible que será escrutado por la historia y que, en la práctica, ya tiene un efecto real sobre la vida de cada uno de los venezolanos dentro y fuera del país.

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Todo lo que queda hoy en Venezuela —economía, Estado, tejido social, cultura— es urgente y tendrá que ser resuelto por la persona que llegue a ordenar el Palacio de Miraflores.

La incógnita del petróleo y un efecto rebote

En cuanto a lo económico, tal vez lo más incierto —después de la evidente incógnita política y teniendo en cuenta lo aislado que estuvo el país hasta el último momento de Maduro como regente— es que la economía venezolana muestra señales que reflejan más una estabilización frágil que una recuperación sólida. El producto interno bruto (PIB) se ubica alrededor de los USD 83.000 millones, muy lejos de los niveles previos al colapso de la última década, y el PIB per cápita ronda apenas los USD 3.100, uno de los más bajos de la región.

Mientras el Banco Central de Venezuela reporta tasas de crecimiento trimestral superiores al 6 % y habla de una expansión sostenida impulsada, sobre todo, por el sector petrolero, organismos como el Fondo Monetario Internacional proyectan un crecimiento anual cercano al 0,5 %, con énfasis en la debilidad estructural del consumo, la dependencia de los hidrocarburos y la falta de inversión. Como siempre, la dependencia de la refinación de crudo forma parte de la discusión central sobre la recuperación de la economía venezolana, pero ¿qué tanto puede sacarse provecho? Ya vimos en los últimos meses que, con la arremetida de Donald Trump en cuanto a sanciones y operaciones militares, el petróleo venezolano quedó en jaque como nunca. Ya no es solo una cuestión de economías formales o clandestinas, sino también de cuál es la capacidad petrolera real del país.

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Para Francisco Monaldi, director del Programa Latinoamericano de Energía del Baker Institute de la Universidad Rice y una de las voces más influyentes en la industria petrolera de la región, la cuestión pasa por la necesidad de una inversión millonaria para sacarla adelante: “Hay muchos elementos de la infraestructura que tienen capacidad ociosa, pero también existen cuellos de botella y se requiere una inversión muy grande en nuevos pozos y en la reparación de los ya existentes para incrementar la producción. Eso implica miles de millones de dólares en inversión para subir la producción, a pesar de que Venezuela tiene bajísimos riesgos geológicos y costos relativamente bajos”. Solo como dato: con los ataques a las redes clandestinas después de la incautación del barco Skipper, los descuentos sobre el crudo venezolano en todas estas redes llegaron a estar cerca del 40 %, una depreciación considerable.

Y sin hablar del petróleo, ¿estamos ante una recuperación? Para Alejandro Martínez Ubieda, politólogo y vicepresidente de la organización Diálogo Ciudadano Colombo-venezolano, es más un efecto rebote ante una de las crisis más profundas en la historia del país. “Hay cifras que muestran un crecimiento después de un desplome en caída libre de la economía, de modo que eso no es, en modo alguno, una recuperación. Cuando has estado en menos 17, que luego aparezca un saldo en apariencia positivo dice muy poco, por lo que se trata de una lectura engañosa de la que hace alarde, por supuesto, el régimen de Maduro”, opina Martínez.

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Muchas refinerías han estado operando por debajo de su capacidad durante años debido a fallas técnicas, falta de mantenimiento, paradas y escasez de diluyentes. El último dato conocido sobre la producción habla de 921.000 barriles por día en noviembre, según fuentes como la agencia Reuters.

El tejido social y la migración

Aun con los rezagos de una situación económica tan complicada, los datos de pobreza en Venezuela reflejan la gravedad y profundidad del problema. Entre 2024 y 2025, la pobreza en Venezuela sigue siendo altísima. Según datos de la ENCOVI, más del 70 % de los hogares vive en pobreza por ingreso y un porcentaje similar sufre privaciones multidimensionales (acceso insuficiente a salud, educación, empleo y servicios públicos). Según el mismo registro, casi un 90 % de los hogares venezolanos sufre inseguridad alimentaria. El diario El Nacional reporta que solamente un 8 % de los hogares venezolanos cuenta con un servicio fluido de electricidad, mientras que el suministro de agua y gas doméstico es irregular, obligando a muchas familias a depender de soluciones alternativas o informales.

A pesar de la abundancia de datos que completan el panorama social de Venezuela en la historia reciente, este resumen se complementa con un dato de UNICEF que refleja una disminución de la matrícula escolar de hasta 37 % entre 2021–2022 y 2024–2025, es decir, un auge de la deserción escolar o de métodos educativos fuera del sistema regular.

Todo este panorama sirve para explicar, entre otras razones, los casi ocho millones de venezolanos que hoy se encuentran fuera de su país. “Una de las virtudes que tenía el país era la de contar con una población fundamentalmente en edad de trabajar, en edad de producir; una población que estaba justamente en la mejor condición para abordar un proceso de crecimiento industrial. Pues bien, justamente esos sectores son los primeros que se han ido del país, que prácticamente ha perdido casi el 30 % de su población por la migración. Estamos hablando de una tragedia: solo quedan las personas más vulnerables, los sectores de gente de cierta edad que no están en capacidad de trabajar y a los que el trabajo del resto de la sociedad debería, justamente, contribuir a suplir sus necesidades en términos de seguridad social”, asegura Martínez.

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La prioridad en la soberanía

Si algo demostró 2025 es que Donald Trump se posicionó como el principal antagonista para la estabilidad del régimen venezolano. Desde la progresión del discurso y las negociaciones hasta los efectivos haciendo presencia en aguas latinoamericanas, los ataques por mar y, más recientemente, por tierra, además de las incautaciones de crudo, el presidente estadounidense dejó más que claro que sacar a Maduro era una de sus prioridades.

Y, del otro lado, afirma Eglee González Lobato, analista internacional, la perspectiva de la defensa de la soberanía también fue prioridad: “Aquí lo que ha habido es un cambio en la doctrina militar y aquí ha habido una estrategia político-militar importante. No solo en Venezuela, sino desde la defensa de los países y la soberanía en América Latina”. Mientras el país enfrenta el deterioro cotidiano de los servicios públicos, el contexto político priorizó la defensa geopolítica y la reorganización del poder.

Aferrarse a la línea discursiva de defender a Venezuela y, en su defecto, a Latinoamérica de una agresión extranjera (que, de cierta forma, ya ocurre) fue la bandera hasta el último momento de Maduro mientras estuvo en el poder. La pregunta es ahora qué pasará con un Estado que se afianzó tanto en la retórica militar en su ocaso. En palabras de Martínez, el poder en Venezuela ha sido hasta ahora “político-militar”.

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Aparte de eso, “las instituciones no sirven, no cumplen con el rol que tienen dentro del aparato del Estado, sino que solo sirven para justificar a la clase gobernante, a la élite que controla el país. La Fiscalía no está para la defensa de los ciudadanos frente al Estado, sino que está, justamente, para lo contrario: reprimir a los ciudadanos. El Poder Judicial no está para impartir justicia de manera imparcial, sino que está para justificar las acciones del Ejecutivo. Es decir, lo que tenemos es un régimen que ya pasó hace algún tiempo de ser un régimen autoritario, o de ser un autoritarismo competitivo, a ser un totalitarismo; un sistema donde el grupo dominante ejerce el control de todos los resortes del Estado. Entonces queda un Estado sumamente, digamos, incapaz de cumplir con sus roles”, afirma.

Con todo ello, es esa amalgama político-militar la que le da un sostén tan sólido al chavismo, por lo que la incógnita sobre una transición sigue siendo aún mayor. En palabras de González Lobato, estas condiciones hacen que “la transición se va a dar dentro del oficialismo y se está dando”.

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Una alarma de derechos humanos

Casi 30 años de chavismo en el poder han venido acompañados de una fractura considerable frente a las garantías de derechos humanos de los venezolanos, o al menos de los opositores al régimen. Tal vez el ejemplo más claro de esto es la forma en que María Corina Machado, cabeza visible de la oposición, llegó a Oslo para recibir su premio: con peluca, saltando retenes, viajando en lancha y manteniendo una clandestinidad transversal para escapar del aparato del Estado.

El régimen pretende apresar a opositores por crímenes presuntamente relacionados con traición a la patria y conspiración con potencias extranjeras (incluso acusando de apoyar la forma en que Trump maneja la situación de Venezuela). En marzo de 2024, varios colaboradores de Machado tuvieron que refugiarse en la embajada de Argentina en Caracas ante la persecución del régimen y allí fueron víctimas de hostigamiento, como cortes de servicios públicos, dificultades para el ingreso de alimentos y medicinas, y vigilancia constante. En mayo de 2025 lograron salir exiliados a Estados Unidos.

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En general, es una situación que se extiende a toda la población. En diciembre, Maduro liberó casi 100 presos políticos, entre ellos una médica de más de 60 años que había sido apresada por “crímenes de odio” después de criticar al régimen a través de un mensaje de WhatsApp; la habían condenado a más de 30 años de cárcel. De esos liberados, casi 70 fueron arrestados después de las elecciones de 2024, en las que Maduro se autoproclamó presidente con el respaldo de las principales instituciones del país.

Según la ONG Foro Penal, la situación de presos políticos sigue siendo alarmante, con casi 900 personas a corte de diciembre en las cárceles venezolanas. La mayoría son reclusos en El Helicoide, la principal prisión del régimen. También es crítica la situación de la libertad de prensa: según Reporteros Sin Fronteras, Venezuela está entre los países con uno de los entornos más hostiles para el periodismo; en 2025 el país cayó al puesto 160 de 180 en el Índice Mundial de Libertad de Prensa, desde el 156 el año anterior, lo que lo sitúa entre los más críticos de la región.

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Por supuesto, siguen existiendo más datos que reflejan la situación, como el cierre de la oficina de la Corte Penal Internacional en Caracas, una muestra del verdadero estado de la justicia en el país. Pero lo cierto es que la hora de una transición, como dice Eglee González, “ya se está dando” y, sobre todo, “los venezolanos están no solo en un ánimo de transición, de regreso a un esquema fundamentalmente democrático, sino necesitados que eso ocurra”, concluye Martínez.

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Por Hugo Santiago Caro

Periodista de la sección Mundo de El Espectador. Actualmente cubre temas internacionales, con especial atención a derechos humanos, migración y política exterior.@HugoCaroJhcaro@elespectador.com
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