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La Guaira: familias deben pagar hasta USD 3.000 diarios en grúas para recuperar cuerpos

Trece días después de los terremotos del 24 de junio, familiares de las víctimas de los edificios Tahití y Marinamar, en Caraballeda, aseguran que la falta de maquinaria pesada mantiene paralizadas las labores de remoción de escombros en La Guaira. Reproducimos esta nota de El Pitazo, medio miembro de la Alianza Rebelde Informativa (ARI).

El Pitazo

09 de julio de 2026 - 10:23 a. m.
AME8551. LA GUAIRA (VENEZUELA), 09/07/2026.- Una persona camina entre máquinas y escombros de edificios colapsados este lunes, en La Guaira (Venezuela). El doble terremoto del 24 de junio en Venezuela produjo, según estimaciones de la ONU, 1,2 millones de toneladas de escombros de los cientos de edificios que se desplomaron sobre todo en el estado La Guaira y que ahora son el principal gran reto: su despeje y remoción para poder empezar la reconstrucción. EFE/ Ronald Peña R
Foto: EFE - RONALD PEÑA R
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Cuando se cumplen trece días del doble terremoto que sacudió a Venezuela, pero principalmente a La Guaira, Aloa González y Juan Paz viven con la frustración e incertidumbre de no haber podido recuperar los cuerpos de quienes aman. Conseguir miles de dólares para alquilar la maquinaria necesaria para remover los escombros.

Mientras Aloa denuncia que necesitan una grúa telescópica cuyo alquiler ronda los 3.000 dólares diarios para acceder al lugar donde permanecen al menos 22 personas atrapadas en el edificio Tahití, Juan recibió un presupuesto cercano a los 5.000 dólares por una semana de uso de una máquina que permita continuar la búsqueda de su esposa, Karen Fernández, entre los escombros del edificio Marinamar, donde todavía permanecen al menos 17 cuerpos.

En ambos edificios las labores avanzan lentamente. La inestabilidad de las estructuras obliga a detener constantemente los trabajos y hace indispensable el uso de equipos especializados. Sin embargo, las familias aseguran que la presencia de maquinaria ha sido insuficiente y que, con el paso de los días, la búsqueda depende cada vez más de la capacidad económica de los dolientes o de que el Estado disponga de los recursos necesarios.

A las 11:00 de la mañana del 7 de julio, el silencio frente al edificio Tahití, en la avenida La Costanera de Caraballeda, solo era interrumpido por las conversaciones entre familiares que observaban fijamente la montaña de concreto. Todos esperaban lo mismo, que apareciera una grúa.

El tiempo dejó de medirse en horas hace varios días. Ahora se cuenta por oportunidades perdidas. Durante los primeros días, los rescatistas trabajaban con la esperanza de encontrar sobrevivientes. Hoy, los familiares solo piden recuperar los cuerpos de sus seres queridos. Tienen pocas esperanzas de encontrar a alguien con vida, pero prefieren quedar sorprendidos por un milagro, así lo relataron al equipo de El Pitazo.

"Estamos como en el día cero, trabajando con las uñas", dijo Aloa González, mientras observaba el edificio donde aún permanecen atrapados su prima Verónica Liendo, de 52 años, y su tío Francisco Liendo, de 85.

La tragedia golpeó a su familia por partida doble. Sus padres, Analena González, de 72 años, y Asdrúbal Salazar, de 84, murieron en el colapso del edificio OPP-26. Sus cuerpos lograron ser recuperados. Pero otros familiares continúan bajo los escombros.

“Yo me siento privilegiada porque pude rescatar a mis padres. Hay personas que ni siquiera han podido despedirse de los suyos”, contó con la voz entrecortada.

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Una cuenta imposible de pagar

Para continuar las labores en el edificio Tahití hace falta una grúa telescópica que permita retirar grandes bloques de concreto y abrir un acceso seguro hacia los niveles donde creen que quedaron los cuerpos.

El problema es que alquilar este equipo cuesta alrededor de 3.000 dólares diarios, una cifra imposible para familias que desde hace casi dos semanas viven entre refugios improvisados, gastos funerarios y pérdidas materiales.

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“La prioridad es ver dónde están las máquinas porque nosotros no tenemos cómo pagar 3.000 dólares diarios por una grúa telescópica”, reclamó González.

Explicó que los rescatistas han localizado algunos cuerpos, pero no han podido extraerlos debido a la inestabilidad de la estructura y al peso de los escombros.

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“Los cuerpos están tapiados. Sabemos dónde están, pero no hay forma de sacarlos. Se ha intentado entrar por distintos puntos, pero el edificio está muy inestable”, precisó.

La ayuda de rescatistas llegó al sexto día después del terremoto y desde entonces la presencia de equipos especializados ha disminuido. “El desastre no fue responsabilidad de nadie, pero sí es responsabilidad del Estado responder y darles solución a las familias”, apuntó.

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Esperar frente a los escombros

A pocos kilómetros del edificio Tahití, otra familia vive la misma espera. A las 12:30 del mediodía del 7 de julio, frente a las ruinas del edificio Marinamar, en Caraballeda, varias personas permanecían sentadas aguardando la llegada de maquinaria pesada.

Entre ellas estaba Juan Paz, un médico venezolano que estaba en Guinea Ecuatorial cuando ocurrió el terremoto. Diez minutos antes del movimiento telúrico habló por última vez con su esposa, Karen Fernández, de 58 años. Ella le comentó que abriría la puerta del apartamento a una amiga que le hacía manicure. Después, el edificio desapareció.

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Cuando Juan Paz recibió la noticia, comenzó un recorrido desesperado para regresar al país. Salió de Guinea Ecuatorial, pasó por Nigeria, Alemania, España, Colombia y Panamá antes de llegar finalmente a Venezuela. Fueron tres días de viaje y cerca de 5.000 dólares en boletos aéreos.

Desde que llegó a La Guaira, permanece frente a Marinamar acompañado por su suegra. En ese edificio también vivía él antes de irse a Guinea Ecuatorial por trabajo. Su hija, de 20 años, sobrevivió porque al momento del terremoto estaba fuera del edificio.

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Al llegar a Caraballeda, Juan se incorporó inmediatamente a las labores de remoción de escombros. Con sus propias manos logró avanzar hasta parte del apartamento donde vivía Karen, pero los túneles improvisados volvieron a colapsar y desde hace unos tres días nadie pudo continuar adentrándose entre los escombros.

Para reactivar la búsqueda también necesita maquinaria. El presupuesto que recibió ronda los 5.000 dólares por una semana de alquiler.

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“Más allá del dinero, uno ve que han traído máquinas, pero no hacen nada”, explicó al equipo de El Pitazo.

Juan Paz solo quiere recuperar el cuerpo de su esposa y explicó que quiere cerrar el ciclo, pero especialmente por su hija. “Tengo que darle una respuesta y entregarle el cuerpo de su mamá”.

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Aunque reconoce que con el paso de los días las posibilidades de encontrar sobrevivientes disminuyen, se resiste a abandonar por completo la esperanza.

El miedo a quedar en el olvido

En Caraballeda, los familiares sienten que el reloj también juega en su contra. Cada día que pasa temen que la tragedia deje de ocupar titulares mientras decenas de personas continúan bajo los edificios colapsados.

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Aloa piensa constantemente en la tragedia de Vargas de 1999 y en quienes nunca lograron recuperar a sus familiares.

“Lo más duro es pensar que llegue un momento en que la gente trate de volver a su vida y se olviden de que allí adentro hay seres humanos, no escombros”, relató

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El cansancio físico se mezcla con la incertidumbre. Las familias llevan casi dos semanas durmiendo poco, haciendo diligencias, visitando refugios y esperando respuestas.

“Nosotros no podemos estar escribiéndole a todo el mundo para ver quién consigue una grúa. El Estado tiene que responder”, reiteró Aloa González.

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Frente al edificio Tahití, donde aún permanecen decenas de personas bajo el concreto, nadie habla de reconstrucción. La prioridad sigue siendo otra, no buscan recuperar apartamentos, quieren recuperar los cuerpos de quienes aman.

Para quienes permanecen cada día frente a las ruinas de Caraballeda, el terremoto todavía no termina. Mientras los cuerpos continúen bajo los escombros y las máquinas sigan sin llegar, el duelo seguirá suspendido entre montañas de concreto y presupuestos imposibles de pagar.

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