Démonos un septimazo por Bogotá

Camino de la sal, Calle Real y avenida Alberto Lleras Camargo han sido los nombres que ha tenido la famosa carrera Séptima de Bogotá.

El Espectador

Casi tan importante como el oro fue la sal para los 166 conquistadores europeos que tuvieron la fortuna de llegar con vida a los campos de Bacatá, al punto que al descubrir el camino que conducía a los poblados de Zipaquirá y Nemocón, donde existían extracciones del precioso condimento mineral, no dudaron en bautizar a la actual carrera Séptima Camino de la Sal.

En comparación con las demás avenidas que cruzan a Bogotá, de oriente a occidente y de norte a sur, es este corredor la vía social por excelencia. En ella se desarrollan, desde que se tiene conocimiento histórico, todo tipo de actividades concernientes al comercio, al rebusque y al desarrollo cultural y arquitectónico de la ciudad.

Algunos hechos

Recordando algunos hechos preponderantes que han ocurrido en esta vía o en sus terrenos circundantes, encontramos que el 6 de agosto de 1538, en frente de una de las primigenias 12 chozas ubicadas donde queda la Catedral Primada, se dio la fundación de la ciudad, que ese sábado se le nombró Nuestra Señora de la Esperanza.

Sobre esta avenida, en aquel entonces Calle Real y a solo unos pasos del lugar donde se fundó la ciudad, el viernes 20 de julio de 1810, día de mercado, se dio el premeditado agarrón entre el chapetón Llorente y Pantaleón Santamaría por el famoso florero, lo que terminó conociéndose como el acto inicial de nuestra historia republicana. También y sobre la misma acera, llegando a la avenida Jiménez, cayó asesinado el abogado Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, a manos de un señor de apellido Roa, que fue linchado por la turba enardecida en el lugar de los hechos. Esto ocurrió ese viernes a la 1:00 de la tarde y dio comienzo al cambio abrupto de la infraestructura de la ciudad y las costumbres de sus habitantes.

Entre las calles 12 y 13, costado oriental, el martes 16 de diciembre de 1958 se dice que los vigilantes del Almacén Vida, cumpliendo con su deber de evitar que cualquiera saliera sin pagar, pusieron candado a las rejas justo cuando se inició un incendio. Allí murieron 88 personas.

El 23 de julio de 1973, cuando eran las 8:00 de la mañana, se inició el incendio de uno de los edificios por ese entonces más altos de la ciudad: el de Avianca. El saldo: 63 heridos y 4 fallecidos. Debido al humo que ennegreció la torre, popularmente y por algún tiempo el edificio fue llamado “la negra grande de Colombia”.

En el costado norte de la Plaza de Bolívar, entre las calles 11 y 12 y las carreras séptima y octava, el miércoles 6 de noviembre de 1985 se dio uno de esos episodios vergüenza de nuestra historia: la toma del Palacio de Justicia.

Para no continuar con tal dramatismo histórico, les cuento que el miércoles 25 de diciembre de 1884 los cachacos disfrutaron con la inauguración de lo que hoy nos hace sufrir: nuestro servicio público de transporte urbano, el tranvía de mulas.

Construcciones aledañas

Con el pasar del tiempo se erigieron a sus costados varias construcciones (que han llegado hasta nuestros días), la mayoría en un principio eclesiásticas: la iglesia de San Francisco, en la calle 15; la de Veracruz, en la 16; La Tercera, en el costado norte de la misma calle; la de Las Nieves, en la calle 20, y la de San Diego, en la 26. No corrieron con la misma suerte el templo y el monasterio de Santo Domingo, demolidos para dar paso a la construcción del Ministerio de las Comunicaciones o edificio Manuel Murillo Toro. Hacia el sur de la Plaza de Bolívar se construyó la iglesia de Santa Bárbara, en la calle 5, y la de Nuestra Señora del Carmen, en el barrio Las Cruces.

Estas construcciones, y otras como el Capitolio Nacional, el colegio de San Bartolomé, el edificio de El Tiempo, el de El Espectador, el del Banco de la República, el Teatro Colombia (hoy Jorge Eliécer Gaitán), el edificio Avianca, la torre Colpatria, el Parque Nacional, las universidades Javeriana y Francisco José de Caldas, entre otras muchas instituciones e inmuebles se fueron erigiendo a lo largo de la vía y le fueron imprimiendo importancia y cambiando los nombres del antiguo camino de la sal.

Nombres históricos

En la Colonia, al tramo comprendido entre la calle 6, la plaza mayor (por aquella época plaza de mercado, hoy Plaza de Bolívar) y la iglesia de San francisco se le conoció como Calle Real; luego, Primera y Segunda calles Reales y, después, calle Real del Comercio o calle del Comercio. A partir de allí y hasta la iglesia de las Nieves se le llamó calle Larga de las Nieves; entre las calles 22 y 23, calle de la Alegría, y luego, hasta la iglesia de San Diego, calle de los Tres Puentes o calle de San Diego.

Ya en el siglo XX fue conocida como avenida de la República y, a partir de 1991, por decreto de honores emanado del Concejo de la ciudad, se le denominó avenida Alberto Lleras Camargo, nombre con el que hoy figura, pero que la gran mayoría desconoce. Para los bogotanos de 2016, la carrera Séptima no es otra que “la Séptima”, tanto así que pasear por ella es darse un septimazo.

Desarrollo

Sobre la carrera Séptima se podría escribir todo un tratado sobre su arquitectura, su dinamismo social, su comercio o su importancia como escenario de protestas masivas o de eventos deportivos, donde no han faltado las carreras de caballos ni las manifestaciones culturales, los desfiles militares, marchas funerarias o hechos luctuosos. Y a raíz de todo esto, no cabe duda afirmar que, entre las vías principales de nuestra ciudad, esta es la más dinámica y cambiante. Aunque no se puede dar como un hecho, tal vez la cercanía con los principales centros de poder la han puesto en la mira de los burgomaestres capitalinos para dejar en ella la huella de sus decisiones.

Ampliando y temporalizando nuestro septimazo, esta no es solamente la calle histórica hoy peatonalizada entre la 6 y la 24, sino también una vía arteria que, de sur a norte, comienza su recorrido en el barrio 20 de julio y lo concluye, igual que la avenida Caracas, en el punto La Caro, de Chía. De tal manera que podemos decir que en el tramo peatonal la carrera Séptima ha retomado, al menos por ahora, su carácter de vía social de antaño, pero para el resto, que sigue siendo vehicular, continúa la incertidumbre y se encuentra a merced de las decisiones gubernamentales.

Tranvía ligero, metro elevado o subterráneo o quizás Transmilenio y SITP, como ahora, o una combinación de todos los sistemas, incluido el particular, en últimas harán del Camino de la Sal el camino de la polución, si es que no accedemos a la implementación de tecnologías de energía limpia. En fin, como diría un cachaco hace unos años: “Ala mijo, amanecerá y veremos”.

 

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