El heredero de Rufino no existe

La Alcaldía lanzó esta semana una convocatoria para entregar el legado del filólogo bogotano. Buscan a 21 tipógrafos.

Alfonso Roa es uno de los contados bogotanos que tienen máquinas tipográficas y todavía trabajan en ese oficio. / Cristian Garavito

Los herederos tipógrafos de Rufino José Cuervo no existen. Al menos, no los que el célebre filólogo bogotano pensó beneficiar exclusivamente con el testamento que escribió cinco años antes de morir en 1911: capitalino, pobre, cabeza de una numerosa familia, honrado y dedicado a este oficio paciente y difícil por el que se “levantan” letra por letra los moldes de todo lo impreso, de los carteles, tarjetas, libros y revistas. Ese “obrero” que se untaba hasta las orejas de tinta, trabajando más de ocho horas como cajista de una máquina tipográfica por el mínimo para sostener a sus hijos, ya no existe, como no existen las grandes tipografías bogotanas de 300 empleados.

Eso no quiere decir que la Tipografía esté sepultada. En contados almacenes pequeños y familiares aún sobreviven quienes aprendieron este oficio y lo consideran un arte, más allá, mucho más allá del auge de la impresión digital. Quizás sean ellos los beneficiarios de la convocatoria pública que lanzó esta semana la Alcaldía, a través de la Secretaría de Integración Social, la entidad encargada desde 2010 de hacer cumplir el legado de Cuervo. Desde ese año, el Concejo de Bogotá, en un acuerdo distrital, determinó que sería la Alcaldía la encargada de cumplir el testamento de Cuervo, pero esta voluntad se enredó de nuevo tras los avatares políticos y judiciales de la administración de Samuel Moreno. Algunos de los más viejos en este oficio murieron esperando participar en esta convocatoria.

Solo ahora la Secretaría de Integración Social se puso a la tarea de revivir esta tarea atrasada, con la esperanza de encontrar a 21 tipógrafos con las características que dejó escritas Cuervo. La herencia es clara: cada año un tipógrafo diferente debía ser beneficiario con los rendimientos anuales de quince acciones del Banco de Bogotá y del arriendo de una casa ubicada en La Candelaria, que dejó Cuervo.

Una suma que durante 21 años, desde 1993 hasta la fecha, no se ha otorgado y que tiene un acumulado de $152’669.631. Es decir, a cada tipógrafo le corresponderían $7’269.982. Sin embargo, de acuerdo con un oficio de la Secretaría de Hacienda del Distrito, del 1º de abril de 2014, el año pasado las utilidades de las acciones fueron de 107.630 pesos y el arrendamiento de la casa, que hoy ocupa el Distrito para la atención de vendedores ambulantes, produjo un poco más de 17 millones de pesos.

Por lo pronto, la actual convocatoria va hasta el 4 de julio. Y esta semana aún no habían llegado los primeros documentos de postulación a la Secretaría de Integración Social, aunque cerca de 15 hombres, entre los 60 y 80 años, han ido a esta entidad a preguntar qué documentos se necesitan para participar. La mayoría dice que son tipógrafos retirados, de los barrios La Candelaria, Ricaurte y Restrepo, principalmente. Dicen que las manos ya no son tan rápidas como antes y que el plomo de los tipos de fuente, con los que montaban los moldes, daña la sangre y afecta el corazón.

Tipografías de ciudad

En la carrera 9ª, entre calles 6ª y 11, compartiendo andén con los almacenes de prendas militares, quedan contadas tipografías y muchas litografías, dedicadas a la impresión digital. Álvaro Torres, de 57 años, es uno de los pocos que trabajan tipografía fina a mano alzada desde hace 45 años. Aprendió cuando tenía 12, como asistente de un cajista italiano. Hoy en día el negocio lo manejan y trabajan sus tres hijos. De vez en cuando Álvaro Torres toma nuevamente con rapidez las letras de los cajetines de la máquina tipográfica inglesa que tiene. “Son medidas matemáticas”, dice mientras organiza una pequeña oración. La atención de este pequeño local se la roban los viejos armatostes de hierro forjado que siguen funcionando. Máquinas tipográficas que bien pueden parecer partes de un tren de comienzos del siglo pasado.

“Duran varias vidas, han tenido muchos dueños”, dice Torres al referirse a sus máquinas. Recuerda que en los setenta en Bogotá todavía existían tipografías como Gráficas Raymond, Editorial Guerra o Tipografía Mercedes, que tenían 300 y 400 empleados. Es un oficio extenso, todos los días se hace algo diferente. A diferencia de algunos desesperanzados, Torres cree que la tipografía sigue teniendo un mercado, exclusivo y valorado. “Somos contaditos los que levantan un molde, hacen una tarjeta, la repujan, la estampan, la perforan, la realzan, la moldean, la grafan. Pero este sigue siendo uno de los oficios más lindos del mundo”, reitera cada tanto y cuenta que hoy no solo pelea contra el tiempo, sino contra el Gobierno que planea desplazarlos de este lugar para realizar la construcción del Centro Nacional de Ministerios.

En esta misma carrera 9ª también queda la tipografía Carteles Relámpago, de la familia Sierra. Hace siete meses, don Pablo Sierra, otro de los tipógrafos más conocidos de Bogotá, murió. Sentado en una silla vieja de cuero, a la entrada del local, está su hijo Hugo, de 60 años, el único de la familia que aprendió el oficio. El mismo que creció viendo a su papá moldeando letras en madera y forjando sus propias máquinas, porque seguía siendo costoso comprarlas usadas o importarlas. “Hoy ya no sé qué hacer. No hay cómo”, dice Hugo Sierra, cuando confiesa que esta semana solo le mandaron a hacer un par de carteles y que eso no alcanza para vivir.

Un escenario similar al que se vive en la carrera 5ª entre calles 6ª y 13, la vía más tradicional si de tipografías se trata. Muchas han cerrado, otras han mutado en litografías digitales, o sus dueños han vendido las viejas máquinas a precios irrisorios a uno que otro extranjero. Resalta todavía el letrero de Carteles Olympia. Alfonso Roa Riccardi está a cargo de este negocio, que su padre montó en 1950 y que llegó a imprimir publicidad para El Espectador.

El local es pequeño y en él se ven tres imponentes máquinas tipográficas del siglo XIX, importadas de Nueva York e Inglaterra, hoy avaluadas en más de 150 millones de pesos, que habrían llegado a Bogotá después de varios días de camino a lomo de mula, desde el puerto de Barranquilla.

Roa, el hijo de un colombiano y una italiana que llegó a Colombia huyendo de la Segunda Guerra Mundial, ha guardado en su memoria varias historias célebres de este oficio que ha velado como administrador. Relata que su padre le contó que existió en Bogotá un tipógrafo de apellido López que se fugó con su amante y tiempo después, al enterarse de que lo engañaba, se tomó un tarro de pesticida, que lo mató a gotas, una semana después.

Es Roa quien con humor también cree que la Alcaldía no va a encontrar a estas alturas a los herederos tipógrafos de Rufino José Cuervo. Han pasado 102 años de la muerte de este reconocido amante del lenguaje, que le dedicó su vida al estudio y clasificación de nuestra lengua, y no es tan claro que su voluntad haya sido cumplida con juicio por parte de las diferentes alcaldías. Ahora, a pesar de un renovado esfuerzo político, si las convocatorias no tienen éxito, el legado de Cuervo dedicado para los tipógrafos terminará en manos del “heredero universal”, que no es otro que el mismo Distrito.

 

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