Historias tras la intervención del Bronx

Habitantes de calle relatan la dinámica de la mayor olla de Bogotá. También hay testimonios sobre las entidades que los ayudan. El centro concentra el 50% de los indigentes de la ciudad.

Archivo El Espectador.

Luego de la intervención de las autoridades a la principal olla de expendio de estupefacientes de Bogotá, se empiezan a conocer las historias de la zona que muchos califican como un infierno. No es para menos. En el centro de la ciudad se concentra el 50 % de los habitantes de calle que recorren la ciudad, cerca de 4.000, de los cuales el 30 % permanecía en el Bronx (localidad de Los Mártires). Alrededor de ellos operaban complejas estructuras criminales que aprovechan su adicción para mantener el lucrativo negocio de las drogas y la trata de personas. (Lea: Así operaba la olla del Gancho Mosco en el Bronx)

El Distrito sabe que su tarea no puede ser exclusivamente policial. Por eso ha redoblado esfuerzos para atender a los habitantes de calle que salieron del Bronx. Hasta ayer, según cifras de la Secretaría de Integración Social, habían atendido en promedio a 1.500 habitantes diarios. Un poco menos de la mitad han pasado la noche en sus centros de paso. (Lea: El San José de los habitantes de calle)

En la zona intervenida ocurría de todo. Casas de pique, torturas, secuestros, perros usados como armas de ataque, trata de personas, esclavitud sexual… el menú de delitos es amplio. Por cada persona que estuvo allí hay una historia. Cómo operaba el principal distribuidor de estupefacientes, cómo usaban estas organizaciones a los habitantes de calle para mantener a raya a las autoridades y cómo un hospital privado se ha dedicado a salvarles la vida son algunas de ellas.

Usados por  los jíbaros

"El Bronx es de todos. Nosotros ponemos ‘la merca’ y ustedes cuidan el negocio”. Esto les decían a los habitantes de calle los “Sayayines”, grupo delincuencial que era “la ley” en el sector. Cuando había operativos, como el del fin de semana, una de las órdenes era salir a saquear locales comerciales y lanzar piedra a los buses de Transmilenio. Sólo había una prohibición: no tocar algunos almacenes de ropa, que hacían parte del círculo vicioso.

Una habitante del Bronx relata que en la zona había dos “jefes de seguridad” que cumplían turnos de 24 horas. Uno ordenaba al equipo de vigilancia, que debía estar alerta con los intrusos. El otro comunicaba los problemas que ocurrían en la calle: el cliente que pagó con billete falso o el reciclador que llenó de cartón la tragamonedas.

Los habitantes de calle, por un préstamo, debían pagar el doble en 24 horas. “Si se ponían a meter y no daban la cara, lo más seguro es que no alcanzaban a fumarse la bolsa”. Por no pagar los quemaban con ácido.

Otra forma de mantener el orden era castigar los robos entre consumidores y el uso de armas corto punzantes. Si había líos entre ellos, sólo podían solucionarlos a los puños, con guantes de boxeo, que les prestaban los jíbaros.

Los adictos trabajaban por una bolsa de bazuco. Aunque los “Sayayines” contaban con un arsenal poderoso, no maltrataban a los habitantes de calle. Sobre los disturbios de ayer en la Plaza España, cuentan que los capos entregaron cajas de bazuco solo para sabotear a los comerciantes del sector.

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