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Dos arqueólogas que nos contaron quiénes éramos antes de Colón

Luisa Fernanda Herrera, una de las científicas que descubrió Ciudad Perdida en la Sierra Nevada de Santa Marta, y Jimena Loboguerrero, que estudió cómo los habitantes prehispánicos de Mompox mantuvieron su orfebrería tradicional, contribuyeron a conocer cómo vivían (y resistían) los habitantes de lo que hoy es Colombia.

(Der. a izq). Luisa Fernanda Herrera es arqueóloga y experta en palinología. Jimena Loboguerrero es arqueóloga, historiadora y docente en la Universidad de Caldas. Ilustración de Eder Leando Rodríguez/El Espectador

La perseguidora del polen de Ciudad Perdida

El ahora Parque Arqueológico de Ciudad Perdida está ubicado en la cara norte de la imponente Sierra Nevada de Santa Marta, en la parte alta del río Buritaca, entre los 900 y 1.200 msnm.

Detrás de la historia de cómo los científicos descubrieron el lugar que, se presume, era la sede política de los antiguos taironas está Luisa Fernanda Herrera. Esta arqueóloga de 68 años fue una de las primeras científicas en Colombia (y la primera mujer) en caminar por la red de escaleras y muros circulares que hacen parte del patrimonio arquitectónico de Colombia.

Herrera terminó la carrera de Antropología en la Universidad de los Andes e inmediatamente entró a trabajar en el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh), en 1973. Llegó justo a tiempo porque un par de años después, Álvaro Soto, entonces director del Icanh, recibió una llamada de la directora del Museo del Oro, Clemencia Plazas. “Nos dijo que el Museo había tenido noticias de unos guaqueros que encontraron unas ruinas en la Sierra mientras perseguían unos cerdos, y que parecía ser importante. Con Gilberto Cadavid ya teníamos un proyecto de investigación en la Sierra y llevábamos casi un año viviendo allá. Queríamos ubicar los diferentes asentamientos que hubo”, cuenta Luisa desde su casa en Chía.

Herrera y Cadavid contrataron al mejor guía para estos casos: un guaquero. En aquella época, la mejor manera de delimitar era con los mapas y planchas del Instituto Agustín Codazzi. Hacían barridos por parcelas, desenterrando cerámicas y vestigios, bajaban a Santa Marta, limpiaban, organizaban y sistematizaban.Así, durante todo un año, fueron recorriendo los más de 200 sitios arqueológicos de la Sierra a lo largo de 1.800 kilómetros cuadrados. Hasta que llegaron los recursos para ir a explorar lo que se conocería como Ciudad Perdida.

“El problema de Ciudad Perdida, y lo que la conservó tan bien, era que quedaba lejos de los caminos. Solo se podía cargar comida para dos o tres días máximo y la subida era empinada. Si ahora es exigente físicamente, imagínate en 1976. Tú hoy en día tienes pantalones y blusas de secado rápido, unos morrales maravillosos. Nosotros subimos con tenis Converse, jeans, camisetas de algodón y unos morrales incómodos y pesados. Cuando salimos de la casa del último colono había llovido lo que no imaginas. Era una loma y había unos cerdos que habían hecho un lodazal. Nos tocó subir en cuatro patas durante casi cien metros, con el morral al hombro. Y eso apenas fue el primer día”.

Al tercer día de caminata, los dos guías y tres investigadores comenzaron a ver tramos pequeños de antiguos caminos entre las ramas del monte. “Se veía una piedra con petroglifos, lo que llaman allá ‘piedra del mapa’. Ahí fue que dijimos ‘esto es algo importante’. Recorrieron lo más que pudieron durante dos días, observando solo lo que los guaqueros habían dejado a plena vista, pero no pudieron quedarse más tiempo porque los animales se comieron la comida que tenían tasada para un par de días más de exploración.

Herrera fue la primera mujer en llegar hasta allá, según los guías. Era marzo de 1976 y tenía 25 años. Gracias a los recursos que consiguieron Álvaro Soto y Gloria Zea desde Colcultura, la investigación continuó firme hasta 1986.

“En el momento de su descubrimiento, el sitio estaba cubierto por la vegetación y si bien algunas de las estructuras arqueológicas habían sido seriamente afectadas por la guaquería, la mayor parte de las terrazas y muros estaban en buen estado y sin mayores alteraciones. A pesar de haber estado cubierto por el bosque alrededor de quinientos años, un 85 % de las estructuras encontradas en Ciudad Perdida presentaban buen estado de conservación. Por esta razón, los trabajadores de restauración y consolidación de las estructuras implicaron más que nada la limpieza de la superficie de las terrazas y anillos de vivienda de árboles y vegetación, y arreglos a las partes superiores de los muros de contención”, dice el Icanh. Luisa continuó investigando en Ciudad Perdida, pero con quejas. “Las terrazas, anillos y muros estaban ganados por el monte y lo que comenzaron a hacer fue limpieza y reconstrucción de la zona, algo parecido a quitar la maleza. Al estar haciendo eso, estás removiendo mucha información que se esconde en la tierra. Yo quería exponer una zona para estudiar no las vasijas y figuras bajo la tierra, sino la tierra misma”.

Continuó con el Icanh hasta 1977, cuando se fue a estudiar palinología a Holanda, en la Universidad de Ámsterdam, con el geólogo Thomas van der Hammen, y luego antropología ambiental a la Universidad de Londres. El secreto de Ciudad Perdida estaba, según lo que aprendió en Europa, en el polen de las flores que se había acumulado en la tierra tras siglos de abandono.

Herrera se concentró en la palinología, la disciplina que estudia el polen y las esporas. Para obtener una muestra de polen se toman muestras de tierras en una especie de canaletas de hierroque ayudan a sacar tierra hasta llegar al suelo estéril. Casi como sacar la tierra a tajadas. “Cuando tienes vegetación en una zona, el polen de las flores va cayendo sobre la tierra y cada centímetro de ese suelo cuenta una historia. Separas el polen de la tierra y lo fechas con métodos como el carbono 14, dependiendo de la antigüedad. Así logras saber qué plantas existían en cada uno de los momentos de esa muestra. Las diagramas y puedes deducir si había un cultivo, de qué era. Yo empecé a usar ese método porque quería saber cómo habían influido los humanos en el paisaje, cómo se relacionaban con la naturaleza”. Siguiendo ese rastro del polen y apoyándonos en viejas crónicas de españoles que escribieron sobre impresionantes terrazas con cultivos y bosques domados por los taironas fue que llegamos a saber dónde cultivaban. Fechar es difícil pero supimos que los habitantes de Ciudad Perdida empezaron a desocupar el lugar cuando el polen de cultivos fue reemplazado por el del bosque”, dice la arqueóloga, hoy dedicada a sus nietos.

El oro mestizo de Mompox

Jimena Loboguerrero es una bogotana de 41 años a quien, según dice, la “picó el bichito del oro”. La antropóloga e historiadora, que comenzó su trabajo en el Museo del Oro en el año 2000, ha sido una de las investigadoras más juiciosas sobre la metalurgia precolombina.

“A mí lo que me interesa es entender ese choque entre el mundo indígena y el mundo occidental.Existen distintas percepciones alrededor del oro: es el elemento motor de la Conquista y siempre se ha narrado como una historia de dominación. ¿Pero qué pasa con el mundo que resistió? Siempre pensamos en el oro en función de una ofrenda, ¿y los otros usos, tal vez más cotidianos, que pudo llegar a tener?

La investigadora le ha dedicado casi veinte años a escudriñar las historias de la tradición orfebre de la Depresión Momposina y cómo cambió cuando llegaron los españoles.

En la Depresión Momposina convergen los ríos Cesar, Cauca y San Jorge. Este era el hogar de la cultura zenú, una sociedad de orfebres y agricultores que construyeron 500.000 hectáreas de canales artificiales. Así controlaban las inundaciones de los ríos para cultivar y tejieron una importante red de comunicaciones fluviales.

Ya en el siglo XVI, los indígenas zenús y malibús se instalaron en el bajo río Magdalena. “Usaban colgantes de aleación de oro, aretes circulares y los llamados objetos de falsa filigrana”, escribe Loboguerrero en un artículo publicado en la revista Post-Medieval Archaeology, en 2018, junto a otros tres investigadores.

“En esas piezas predominaba la tumbaga, que es la aleación entre oro y cobre, una práctica muy propia de Mompox prehispánica. En las excavaciones encontramos lo que pudo haber sido una cruz claramente colonial, que puede datar entre el siglo XVI o XVII, y crisoles, además de cerámicas y otros materiales resistentes al calor que fueron usados cuando la Conquista ya había llegado a ese territorio”.

Loboguerrero quería saber sobre el arte metalúrgico en el Mompox fundado por españoles entre 1537 y 1540, en medio del territorio del cacique Mompoj. Quería también saber si las técnicas precolombinas para tratar el oro permanecieron o no después de la Conquista, el tipo de metales y aleaciones utilizadas para la fabricación o la medida en que se introdujeron nuevas herramientas y conocimientos.

En las excavaciones llevadas a cabo entre 2009 y 2014, se encontraron los fragmentos de cinco crisoles que fueron exportados al Reino Unido para ser analizados en los Laboratorios de Ciencia y Arqueología Wolfson del Instituto de Arqueología de la Universidad Global de Londres. Usando una técnica llamada “fluorescencia de rayos X portátil no invasiva”, los investigadores determinaron que una importante proporción de los materiales que encontraron eran una aleación de cobre y oro, además de granito y otros metales (un metal propio de la cuenca de Mompox). En otras palabras, la costumbre de la tumbaga había sobrevivido a plateros y orfebres españoles.

“Si bien pudo haber habido un platero mayor de origen español, eran los indígenas quienes bateaban, se acercaban a las vetas y recogían el oro, o seguían trabajando con sus técnicas tradicionales, muy a pesar de la imposición cultural que supuso la Conquista”, explica la investigadora.

Persiguiendo su obsesión científica por el oro, Loboguerrero se dio cuenta, gracias a la lectura entre líneas de las crónicas de Indias, que los pardos (la combinación entre blancos y negros), mestizos e indígenas trabajaban el oro a su usanza y lo escondían para emplearlo en rituales o para hacer transacciones, tanto legales como ilegales, en las que también estaban involucrados los españoles. “Aquí hablamos de persecución. Si estaban sometidos, seguramente tuvieron que buscar rutas, contrabandos para sus propósitos. Ahora, para qué seguir trabajando el oro, la plata o el cobre a su manera. ¿Para resistir a una imposición cultural?”, se pregunta.

El oro es mucho más que una ofrenda funeraria o un objeto del deseo para los conquistadores, y aunque estos estudios aún están en pañales en Colombia, Loboguerrero se ha ocupado de darles un contexto a todos los objetos que ha estudiado.

Gracias a su ubicación estratégica, a orillas del río Magdalena, el pueblo de Mompox era un enclave, un lugar ventajoso para el comercio, almacenamiento y contrabando de oro. Por eso la Corona designó a Mompox como el lugar donde debería estar el oro quintado (es decir, con impuesto).

Pero no era solo un punto de tránsito. “El oro, la plata y el cobre se fundieron, se mezclaron y se formaron por una variedad de personas. Estos fueron todos los elementos clave de la vida cotidiana de la aldea y, como tales, los componentes cruciales de nuevas identidades desarrolladas durante el período colonial, y de las tensiones entre la tradición y la imposición”, escribieron los investigadores.

“Lo que pasó de alguna manera configura lo que somos hoy. Cómo los indígenas y pardos protegieron el oro, y las tradiciones que permearon a generaciones, es tal vez de las historias más interesantes de resistencia en este continente”, concluye Loboguerrero.

[email protected] / @helenanodepatio

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2019-04-25T14:49:32-05:00

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2019-04-25T18:05:55-05:00

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Helena Calle

Ciencia

Dos arqueólogas que nos contaron quiénes éramos antes de Colón

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