Homenaje

Celso Piña, un rebelde con causa

El músico mexicano Celso Piña, que hizo suyos los ritmos colombianos y con su acordeón hizo bailar hasta a Gabriel García Márquez. En 2004, en una fiesta de la fundación Nuevo Periodismo de García Márquez, Piña interpretó con su acordeón la "Cumbia Sampuesana", del colombiano José Joaquín Bettín Martínez, lo que puso a bailar al Nobel de Literatura con su esposa Mercedes. El interprete falleció este miércoles.

Fotografía de archivo fechada el 8 de agosto de 2018 que muestra al músico mexicano Celso Piña mientras reacciona durante una conferencia, en Querétaro (México). Enrique Contla - EFE

A Celso Piña le tocó comportarse como un adulto cuando apenas era un niño. No por gusto. Sino por necesidad. Como era el mayor de los nueve hijos de Issac Pita Piña Marroquín y Rosa María Arvizu Córdova, Celso tenía que salir a buscar plata para comprar la tortilla. 

Trabajó como tendero. Fue un desastre. El niño, poco hábil para los números, casi lleva a la quiebra a un familiar que lo empeló en la tienda del barrio. Trabajó como tortillero. Otro desastre. Era despistado y por poco genera una explosión en la fábrica de tortillas. Así pasó parte de la niñez y la adolescencia. De trabajo en trabajo hasta que encontró uno en el que al menos no cometía torpezas notorias.  Entró a trabajar como intendente en el hospital infantil de Monterrey.  "Me la pasé bien sacudiendo y limpiando pisos. Ahí empezó a entrar la idea de música".

El centro médico, ubicado en uno de los barrios populares de Monterrey, estaba rodeado por tabernas en las que se escuchaba música colombiana. Alfredo Gutiérrez, Lisando Mesa, Aníbal Velásquez. El sonido del acordeón lo encendió. 

Le pidió a su papá un acordeón. El viejo, como pudo, le consiguió un 'arrugado' con teclas. El acordeón que veía y escuchaba interpretar Celso a Alfredo Gutiérrez era diferente. Tenía botones. "El que me dio mi papá sonaba diferente. Como triste. Le dije que ese no era. Entonces me sugirió que lo vendiera y que consiguiera el resto de lana (plata) para comprar el otro". Así fue.  

Compró un acordeón. Uno viejo, desvencijado y sucio. "Se le salía el aire por todos lados. La primera vez que lo toqué le salieron cucarachas por todos lados. Se me subieron por los brazos hasta el cuello". No le hacía. Ese era el instrumento que veía en las fotos de Alfredo Gutiérrez. Como pudo, lo llenó de cinta blanca por todo el fuelle. "No se veía bien. Parecía vendado, pero lo bueno era que no se le salía el aire y no se le metían las cucarachas". Era suficiente. Se paraba frente al espejo y sin tener idea de cómo tocarlo, se imaginaba en grandes escenarios haciéndole musarañas a ese armatoste que tenía colgado en los hombros. Lea también: Murió el músico Celso Piña, el mexicano más colombiano

Dejó el trabajo en el Hospital Infantil y en 1975 con apoyo de sus hermanos Enrique, Eduardo y Juana, formó su primer conjunto, La Ronda Bogotá. Doña María no estuvo de acuerdo con la decisión, pero al ver que su hijo le daba más plata tras un toque que después de 15 días de trabajar en el hospital, lo fue aceptando. De a poco y a regañadientes. 

Sin embargo, la de su mamá, era apenas una de las batallas que podía ganar. La otra, la más grande, fue en contra de las disqueras. Del público. De lo que la gente quería oír. "Me pidieron que tocara corridos prohibidos, que porque eso era lo que la gente consumía. Yo siempre respondí con una frase soñadora: 'No lo hago por conquistar el mundo, lo hago por darme gusto a mí'".

El músico mexicano Celso Piña, que hizo suyos los ritmos colombianos, hizo bailar hasta a Gabriel García Márquez. En 2004, en una fiesta de la fundación Nuevo Periodismo de García Márquez, Piña interpretó con su acordeón la "Cumbia Sampuesana", del colombiano José Joaquín Bettín Martínez, lo que puso a bailar al Nobel de Literatura con su esposa Mercedes Barcha. 

El "regio", como se les llama a los originarios de Monterrey, le dio un toque distintivo, más urbano, a la cumbia y al vallenato, a los que incorporó ritmos de los llamados "sonideros" mexicanos, improvisados disc jockeys que tocan en las calles de barrios populares mexicanos.

En Monterrey, la tribu urbana de los "cholos", formada por chicos de barrios marginales y que visten con enormes pantalones y coloridas casacas, era fiel seguidora de Piña hasta llegar a ser rebautizados como "cholombianos".

El músico fue nominado a dos Latin Grammy y se dio a conocer ante un público más joven gracias a los diversos álbumes que grabó acompañado por luminarias como Lila Downs, Cartel de Santa, Control Machete, El Gran Silencio y Natalia Lafourcade.

***

La despedida de Paco Zuñiga

"Imposible no verlo entre la multitud con esa camisa floreada que a gritos decía: Aquí estoy.

Caminaba por Morelos, confundido entre los peatones mañaneros que no atinaban a reconocer al Rebelde del Acordeón como cualquier otro mortal entre la gente. "Ando buscando un pantalón blanco, para hacer un video", nos dijo cuando nos topamos con él. Fue una de tantas veces que platiqué con él, pues teníamos al buen Rubén Mujica como amigo común. En ese entonces todavía no tocaba ante escritores y reyes, aunque ya tenía su fama.

Meses después, Arturo, mi camarógrafo recordó que ese pantalón blanco que buscaba fue el que usó en el video por el que lo nominaron a un Grammy. Y seguramente lo compró en alguna tienda muy popular.

Hijo de barrio bravo, Celso Piña era sencillo y espóntaneo. Alegre y dicharachero. Como sus canciones.

Alguna vez que almorzabamos en cierto hotel de lujo, aparecieron por ahí los Hombre G, que se presentaban en la ciudad, y se acercaron a saludar al Rebelde del Acordeón. Nunca me falta una ocurrencia, y esa vez, al verlos, les dije, ¿por qué no graban un disco juntos?, seguramente pensando que me invitaran.

Creo que luego cantaron juntos, o al menos compartieron algunas canciones.

Después Celso se fue haciendo famoso, además de popular, y mucha gente importante escuchó sus canciones y el ritmo de su acordeón.

Lo que son las cosas, nunca se me ocurrió tomarme una foto con él. Cada vez que nos topábamos, se portaba como si fueramos amigos de siempre. Sé que nunca perdió la sencillez, aunque la fama lo arrastró a alturas que nunca sospechó cuando cargaba su acordeón por las calles de la colonia La Campana buscando ventanas donde cantar serenatas con sus hermanos. Ahora se va como el viento, a alcanzar otras alturas. Buen viaje, Celso"

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* Redacción Cultura

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