Se le conoce como “Libro grande” y fue escrito en el siglo XII

“Codex gigas” o “La biblia del diablo”

En las páginas de este libro, que fue considerado la octava maravilla del mundo, ‘Herman, monje aislado’ consignó el Antiguo y el Nuevo Testamento, la Crónica Checa, tratados medicinales y las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, entre otros textos.

El “Codex gigas” mide 92 centímetros de alto, 50.5 de largo y 22 de ancho. El libro reposa en la Biblioteca Nacional de Suecia. Cortesía

La leyenda cuenta que este terrible ser debió nacer en 1230, en el territorio que hoy es República Checa. Se necesitaban más de dos personas para cargar su peso descomunal de 75 kilos recién paridos. Medía (y mide, porque aún vive) 92 centímetros de alto, 50.5 de largo y 22 de ancho. Nunca en la historia de la humanidad se había engendrado un ser tan colosal dentro de su especie. Y como si fuera poco, nació hablando latín. Todo un prodigio.

Su nombre de pila fue Codex gigas, que significa en latín Libro grande, pero su monstruosidad y las condiciones oscuras e ignotas de su concepción lo hicieron digno de llamarse La biblia del diablo. Con 624 páginas de pergamino fue el manuscrito más enorme que se escribió en toda la Edad Media.

No sólo su figura era aberrante, su contenido también era monstruoso. Algo así como un Leviatán al que no paran de nacerle cabezas. Como Frankenstein fue engendrado con partes de diferentes cuerpos diseccionados, el Codex gigas se creó como una colcha de retazos de diversidad casi inverosímil: en sus páginas están escrito el Antiguo y el Nuevo testamento, la Crónica Checa, tratados medicinales, una lista necrológica, las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, un par de trabajos del historiador Flavio Josefo, un calendario, y otros textos.

Pese a la discrepancia y variedad de los temas que el manuscrito lleva en su piel, se ha demostrado por la unidad del estilo que es obra de un solo hombre. Aunque la leyenda difiere un tanto con respecto a este proceso creador: al parecer su autor no copió el Codex gigas en soledad. El demonio estaba junto a él guiando sus trazos.

Una cita al final del libro parece revelar el nombre del autor y sus condiciones de vida: Inclusus Hermanus monachus. Eso significa algo así como Herman, monje aislado. Su condición de alejado del mundo dio pie para que se engendrara una historia tan grotesca como el libro: se trataría de un monje benedictino del monasterio de Podlažice, en Praga, que, condenado a ser emparedado vivo entre ladrillos, a causa de algún grave pecado, promete copiar un manuscrito que contenga la Biblia y el conocimiento del mundo.

Era común la copia de manuscritos como acto de penitencia. La escritura implicaba un gran trabajo que servía para expurgar los pecados. Una de las actividades principales que se aprendían en los monasterios era la de ser copista. El problema del monje Herman era que tenía una sola noche para escribir su obra. Al día siguiente se enfrentaría a la muerte, de modo que debía concluir su obra antes del amanecer si quería expiar sus culpas.

Entonces es posible imaginar a ese monje seguramente enclaustrado en un lugar abyecto del monasterio. Una gruta quizá. Escribiendo a la tímida y casi vana luz de alguna vela que se derretía como su vida. Sumergiendo la pluma una y otra vez en la tinta con desespero. Con cayos de hierro naciéndole en sus dedos. Su frente dejando escurrir algunas gotas de sudor sobre el pergamino. Su angustia recalcitrándose a medida que la noche llegaba a su ocaso. Los músculos de su mano ya entumecidos. Cada trazo con el dolor de un parto. Hasta que ante la imposibilidad de concluir su obra invoca la ayuda del ángel caído.

Satanás debió aparece de entre las sombras de eso que seguramente se asemejaba a una catacumba y le ayudó al monje Herman a terminar su monstruoso manuscrito: entre las tinieblas y la palpitante luz de la vela, un hombre y el diablo engendrarían el Codex gigas. Como testimonio de esta fatal unión quedaría el dibujo de un demonio ocupando una página completa del enorme libro. Su cara es verde y de su macabra sonrisa de dientes de piraña emerge una larga lengua bífida. Sus ojos están desorbitados y sus pupilas rojas, dilatadas. Sus orejas son grandísimas y su nariz es casi tan ancha como el torso de su cuerpo. Ese cuerpo no es verde como el rostro; se asemeja bastante al de un humano de no ser por las garras que reemplazan las manos y los pies. Los brazos están extendidos hacia arriba, llegan casi a la altura de sus cachos rojos, como en señal de dominio del demonio sobre lo que sea que esté frente a él (¿acaso sobre nosotros, sus observadores y lectores de este fatal prodigio de las letras?).

Lo cierto es que ese rostro verde y sobrecogedor está feliz. Y no es para menos, el libro que ha ayudado a construir será considerado en su tiempo la octava maravilla del mundo. Se convirtió en un objeto de adoración y deseo. Durante un tiempo fue una obra de colección y prestigio de un par de monasterios en Praga, entre ellos aquel en que fue engendrado. Aunque un día cayó en ruina y debió venderlo, y el segundo sucumbió ante la peste bubónica en el siglo XIV.

Hasta el siglo XVI se vuelve a tener noticia de la llamada Biblia del diablo. Rodolfo II de Austria, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, probablemente a razón de su cercanía personal con Nostradamus, quien profetizó la pronta muerte de su padre, se interesó por los temas ocultos y logró conseguir que la abadía benedictina le regalara el Codex gigas. El manuscrito se unió a su colección de objetos extraños, entre los que estaban La copa de ágata (que se consideró en su tiempo como el Santo Grial) y lo que se creía que era el cuerno de un unicornio.

El emperador tuvo un destino fatal. Se le acusó de tener problemas mentales y su familia lo retiró del trono. Su reinado terminó siendo un fracaso. Rodolfo II murió en la pobreza. Pertenecer el libro ya empezaba a parecer un mal augurio, una maldición se desplomaba sin piedad sobre quien lo poseía.

En 1618 se desató entre las potencias europeas la conocida Guerra de los Treinta Años. Las huestes suecas se tomaron Praga en 1648 y entre los botines de guerra que tomaron se hallaba el Codex gigas. Los oficiales del ejército le regalaron el libro monstruoso a su reina Cristina, la única monarca en toda Europa en ese momento. Su afición por las artes y la actividad intelectual la hizo merecedora de ser llamada la Minerva del Norte. Pero una vez más el libro maldito haría de las suyas. En 1954 Cristina de Suecia abdicó del trono y se convirtió del protestantismo al catolicismo. Se exilió en Roma y allí se llevó gran parte de su inventario artístico, excepto la Biblia del diablo.

La última maldición que libro provocó parece haber sido en 1967. El castillo real del reino sueco, en Estocolmo, fue víctima de las llamas. Un incendio se propagó por la fortaleza real y varios bienes se perdieron. Al parecer un siervo que ayudaba a salvar lo poco que la furia de las llamas no abrasaba alcanzó a arrojar el libro por una ventana. El monstruo salió ileso de la caída libre.

Actualmente la Biblia del diablo sigue en Suecia. La Biblioteca Nacional es su hogar permanente y no ha vuelto a causar desgracias. Ese hijo bastardo aún vive. Sus males parecen estar conjurados. No obstante, el libro se halla bajo máxima vigilancia, seguramente, no solo por su valor material y simbólico sino por la posibilidad latente e inconfesable de que de repente sus maldiciones vuelvan a caer sobre los hombres que lo poseen. El Códex gigas seguirá siendo ese hijo monstruoso que jamás fue abortado, ese feto torpe que encarna la unión del hombre con las tinieblas. Afortunadamente está en Suecia y no en Colombia. Acá no faltaría quien lo querría quemar, como puro acto de pedagogía, nada más.

 

 

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