Cronista en Nueva York

José Martí vivió en Estados Unidos los años de su máxima madurez en los que enseñó, tradujo, dirigió periódicos, redactó proclamas, pronunció discursos y conferencias, envió cartas, desempeñó cargos diplomáticos y escribió crónicas.

Nacido en 1853 —un año antes que Arthur Rimbaud—, en Cuba (junto con Puerto Rico y Filipinas, últimas colonias españolas en América), y muerto en batalla en 1895 —uno antes del suicidio de José Asunción Silva—, José Julián Martí Pérez es, según el juicio casi unánime de la crítica, el escritor más importante e influyente de la hornada modernista (Rubén Darío lo vio adornado con las virtudes del superhombre, Sarmiento le pidió en vano a Paul Groussac traducir al francés la carta de Martí “Fiesta de la Estatua de la Libertad”, Pedro Henríquez Ureña dijo que ninguna línea insignificante salió de la pluma del cubano, Gabriela Mistral se declaró discípula suya). El autor de Azul lo dibujó como un varón de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces.
 
En el trato familiar su voz era suave y delicada. En la palestra pública su verbo efervescente arrastraba muchedumbres. No falla Darío al resumir la existencia de Martí en las palabras continuo combate. 
 
Hijo de españoles, desde muy joven vivió en carne propia las injusticias del régimen colonial. Inspirado por el maestro cubano Rafael María de Mendive (1821-1886), quien asumió los costos de su educación, abrazó las ideas republicanas. El 10 de octubre de 1868, en las inmediaciones del municipio de Yara, estalló la revuelta contra el dominio extranjero. Martí, con apenas quince años, adhirió de inmediato a las peticiones de los sublevados. Publicó el soneto ¡10 de octubre!, ayudó en la impresión del semanario La Patria Libre y, en 1869, escribió el drama en un acto Abdala: en él un nubio se enfrenta al dominio egipcio de su pueblo. Mendivepronto caerá en manos enemigas. Martí, descubierto el 21 de octubre, fue condenado el 4 de marzo de 1870 a seis años de trabajos forzados en las canteras. La pena, gracias a gestiones paternas, fue conmutada por la de destierro en Madrid. En la metrópoli del achacoso imperio ibérico desembarcó en 1871. Allá no cejó su labor independentista: se matriculó en Estudios de Derecho y editó El presidio político en Cuba. Subsistió a trancas y barrancas con el magro sueldo de profesor particular. La estadía en España duró poco: emigró en 1874 a México. Del país azteca, al llegar al poder Porfirio Díaz, emigró a Guatemala y a Venezuela. Regresó a México a fines de 1877; allí contrajo matrimonio.
 
Visitó Cuba con el nombre de Julián Pérez. En agosto de 1879 comenzó en la isla la llamada Guerra Chiquita. Martí, de nuevo, fue desterrado a España. Llegado 1880 vivió por un corto lapso en Nueva York. De esa visita se conserva un tríptico de artículos titulado Impresiones de América (por un español muy fresco). Dichos textos tienen dos características que los diferencian del resto del ciclo Escenas norteamericanas —el grueso de su obra literaria y periodística—: fueron escritos en inglés y el autor se considera español, no cubano, nacionalidad que luego reivindicará una y otra vez. De enero a julio de 1881 residió en Venezuela, de donde fue expulsado por el presidente Antonio Guzmán Blanco. Regresó a la Gran Manzana. Como se ve, el adjetivo trashumante le calza a las mil maravillas.
 
Martí no llegó a cualquier país. Ni los Estados Unidos recibieron un exiliado más. Ambos se encontraron en un periodo especial del transcurso histórico del otro. José Juan Arroum, en la nota liminar de En los Estados Unidos. 1880 -1895: José Martí, compendio de los artículos periodísticos martianos, editado en la Colección Archivos, señala: “Martí vivió en los Estados Unidos, salvo breves ausencias, desde enero de 1880 hasta enero de 1895, es decir, los quince años de su máxima madurez. Esos años fueron de una actividad asombrosa: enseñó, tradujo, dirigió periódicos, redactó proclamas, pronunció discursos y conferencias, envió cartas, desempeñó cargos diplomáticos y, atento siempre a cuanto ocurría en su entorno, escribió crónicas”. Crónicas que, como menciona Enrique Krauze, al tiempo son una riquísima fuente primaria para el estudio de ese decenio en la vida americana y la mixtura de lo mejor de la prosa hispánica y el periodismo norteamericano. Eso convierte a Martí, en frase del mexicano, en el primer escritor moderno de América Latina.
 
En las entrañas del monstruo
Martí, con veintisiete años, arribó a la urbe más importante de los Estados Unidos, la emergente potencia de la geopolítica mundial. Presenció el vertiginoso cambio de un país rural en uno urbano y multicultural. En menos de cinco decenios la población estadunidense pasó de 31 millones en 1860 a 76 millones en el primer año del siglo XX. Gail y Gerald Martín en el minucioso estudio Los Estados Unidos en que vivió Martí indican como responsables del acelerado crecimiento la inmigración de europeos y la industria basada en el uso del vapor. Las cifras y los eventos son admirables: en un período relativamente corto aparecen el telégrafo, el teléfono, el fonógrafo, las películas cinematográficas y el tranvía. Martí fue testigo directo de dos acontecimientos históricos, de los cuales se conservan quizá sus crónicas más celebradas: la inauguración del puente de Brooklyn y la de la Estatua de la Libertad. El primero tardó trece años en ser levantado, mientras la segunda fue donada por Francia con motivo del centenario de la independencia norteamericana. Los dos hechos sobrecogieron al habanero. Nueva York era y sigue siendo la capital financiera del nuevo imperio: luego de la Guerra Civil y de la llamada etapa de Reconstrucción, la Bolsa de Wall Street llegó a manejar tres billones de dólares. Lo anterior y la planificación urbana hicieron de la ciudad un lugar atractivo para los nacientes multimillonarios: la Quinta Avenida se convirtió en el hábitat natural de los corredores de bolsa y de los magnates. Se construyeron teatros, parques y suntuosas residencias. Por su parte, la clase trabajadora —proveniente en su mayoría de Italia e Irlanda— tenía pocos momentos de esparcimiento, salvo la visita en verano a las playas de Coney Island. De ese sitio de recreo Martí redactó otra carta crónica, publicada en el número 64 de La Pluma, de Bogotá.
 
La naturaleza cambiante y políglota de Nueva York le dio una nada despreciable lección a Martí: mientras en Impresiones de América (por un español muy fresco) el tono y la mirada son, por decir lo menos, livianas, en La verdad sobre los Estados Unidos, el último artículo de prensa martiano, compuesto antes de partir a Cuba a la guerra de independencia, el análisis es juicioso y ponderado. Allí escribe: “Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos, y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas: semejantes Estados Unidos son una ilusión o superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas” (En los Estados Unidos. 1880 -1895: José Martí. Pág 1754).
Descubrió el poeta y prócer las abismales diferencias y distancias culturales entre las regiones o ciudades de un mismo país. No es nada descabellado pensar que haya llegado a esa idea al ver en Nueva York las múltiples maneras de vivir, los disímiles idiomas hablados, la variedad en la vestimenta y en el maquillaje, todo eso apenas separado por unas cuantas calles o barrios. Véase, a guisa de muestra, la crónica Un día de elecciones en Nueva York, incluida en las páginas del diario La Nación: un día de comicios presidenciales es narrado a partir de escenas hábilmente hilvanadas. De la mano de Martí el lector asiste a numerosos eventos, todos relacionados con las justas democráticas. Vamos del cuartel de un partido político al del otro. Detalla las mil estratagemas para engañar al elector contrario y llama reyes a los simples obreros que ejercen con libertad sus obligaciones ciudadanas, sin prestarles mayor importancia a los anzuelos de los pillos y los estafadores. De las barriadas, donde se disputan el poder local “Pericón” y Franciscazo —el fragmento recuerda a algunas secuencias del filme de Scorsese Pandillas de Nueva York— nos conduce a los bares de los señores de levita y puro encendido. Al cierre, con la victoria de Cleveland, el aspirante demócrata, ante Blaine, el republicano, el cronista remata con una alusión a la Estatua de la Libertad que, vista a lo lejos, parece coronada por las luces eléctricas.
 
Crónica modernista
Apunta Susana Rotker: “Más de la mitad de la obra escrita de José Martí y dos tercios de la de Rubén Darío se componen de textos publicados en periódicos”. Roberto Fernández Retamar indica que la celebridad en vida la alcanzó Martí en virtud de su trabajo de corresponsal para los diarios La Nación, de Buenos Aires, y La Opinión Nacional, de Caracas. Sus volúmenes de poemas —solo dos publicados en vida: Ismaelillo (1882) y Versos sencillos (1891)— no tuvieron la suficiente difusión para granjearle fama. La crónica periodística, para una parte de la crítica, vale resaltar a Rotker y a Carlos Monsiváis, fue el real aporte del modernismo a la literatura mundial. El cronista tuvo mejores herramientas para dar cuenta de las idas y vueltas de la vida moderna: la secularización y el hervor del tráfago citadino. Lejos de abandonar las aspiraciones artísticas, el escritor de periódico ambuló en busca de hechos o personajes ilustrativos de las rápidas mutaciones de finales del siglo XIX. Martí retrató al general Grant, a Búfalo Bill, a Jesse James, a Emerson, a Wilde, a Peter Cooper, a Walt Whitman, entre otros. Darío escribió sobre Martí, Sarah Bernhardt, Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, León XIII y un largo etcétera. La amplitud de las inquietudes y la relativa velocidad del ejercicio reporteril fueron acompañadas de una prosa que abreva en la mejor tradición de la lengua castellana. La crónica modernista fue hija de su época: en ella, como en la dama enlutada —así llama Martí a La libertad iluminando el mundo—, como en el cuarto del protagonista de Amistad funesta, la única novela martiana, se encuentran la celeridad de los tiempos modernos, la plasticidad del lenguaje y la sintaxis del Siglo de Oro español.
 
Sin bandera pero sin amo
Lo dicho de los héroes trágicos —muertos a deshora en circunstancias absurdas—, en el caso de José Martí es aún más cierto: su legado conserva plena vigencia. A 120 años de su asesinato, el lamento de Rubén Darío —el veleidoso cantor de las efímeras glorias de Theodore Roosevelt y Rafael Núñez— es cierto: Martí no le pertenece a Cuba —no a los amigos del régimen castrista, tampoco a sus adversarios—. Martí le pertenece al continente entero y al porvenir. Su ejemplo de rectitud y coherencia resulta mayúsculo en calendarios en que los intelectuales sucumben a la frivolidad del mercado y del espectáculo.

 

 

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