Diablo (Cuentos de sábado en la tarde)

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Diablo, la llamaban Diablo. Sí, era una nena a quien llamaban Diablo. Y no exageraban, y ella no se sentía insultada tampoco, todo lo contrario, era como un tributo a su estampa y personalidad. Sencillamente, el apodo le hacía justicia. La mirabas y de inmediato sabías que no podrías llamarla por su nombre: Laura.

“La ilusión es el polvo que agita el diablo en los ojos de los tontos”.

Todo en ella era solo eso: Diablo. Malicia, picardía, alto octanaje, alto voltaje, dinamita pura, un tobogán enjabonado y salpicado de vidrio molido, con el infierno como único destino. Parecía que dejaba un rastro de candela tras de sí cuando caminaba contoneando sus caderas.

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Yo conocí a Diablo en la secundaria, y la primera vez que la llevé a mi casa, para hacer tareas no más, mi mamá me disparó a boca de jarro: “¿Y usted qué hace con esa muchachita?”. Según ella, esas risotadas, esos labios tan carnosos, esas pestañas tan hirsutas, esa nariz tan respingada, esas nalgas tan firmes, esa faldita del uniforme mucho más arriba de la rodilla, esa niña tan llamativa no podía ser otra cosa que una zorra, un problema en uniforme escolar y, muy seguramente más adelante, un problemón en minifalda, blusa ombliguera y tacones de puntilla, parada en cualquier esquina vendiéndose por un puñado de billetes. Obvio, luego me soltó la andanada de recomendaciones sobre una hipotética vida sexual, que solo ella podía imaginarse, y en contra de potenciales nietecitos de cola puntuda y cachos que yo le iba a dar a mis escasos catorce años si no me cuidaba usando condón y andando con semejante niñita descarriada.

Lo que mi mamá no se imaginaba era que Diablo era mi mejor amiga y mi ídolo. Y Diablo también me quería como su mejor amigo, como su confidente, su parcero, su bacán, que la sacaba de cualquier atolladero y que le pasaba por adelantado las respuestas de los exámenes, y le ayudaba con las tareas o, de plano, se las hacía de cabo a rabo. Todo con tal de disfrutar de su compañía, de sus risotadas descaradas, de sus travesuras, de sus cachos de marihuana y de las medias de aguardiente o ron que a veces traía en su morral raído y sucio de Los Ositos Cariñositos, en que escondía además una navaja.

Diablo confiaba ciegamente en mí, segura de que yo era su único hombre cercano que jamás le iba a echar mano como los demás, como un tío y un primo suyos, que ya lo habían intentado. Diablo era también la nena irresistible e indomable que yo, además, nunca podría ser. Era mi diva, mi Zsa Zsa Gábor, mi Cher, mi Mata Hari escolar, mi Tongolele en miniatura, la única persona del planeta con la que podía ser abiertamente homosexual, sin burlas, sin palizas, sin reproches. Fuimos como uña y mugre, como el pan y la mantequilla, como dicen los gringos, durante nuestros últimos años de la secundaria. Diablo era huérfana de padre y siempre me recordaba que debía agradecer que yo sí tuviera a mis dos progenitores vivos y a mi lado, aunque pretendieran, en vano, inculcarme hombría y virilidad, así fuera a los puros trancazos.

Con Diablo todo lo compartíamos, como el esmalte de uñas que yo le robaba a mi mamá y que ella me aplicaba pacientemente, con dedicación, con dulzura, y que yo me quitaba a los pocos minutos para que no me fueran a pillar mis viejos. Por eso, a veces preferíamos inhalarlo hasta que aquietábamos las respectivas cucarachas de nuestras cabezas y reíamos como estúpidas, tontas, locas. “Ustedes parecen bobos”, decía mi mamá, y nosotras soltábamos la carcajada. Cuando mis papás no estaban, armábamos tremendas rumbas nosotras solas y ella me maquillaba completita y hasta me hacía probarme la ropa y los tacones de mi mamá, en los cuales apenas hacía equilibrio, mientras que Diablo se pavoneaba como una profesional, tacón, punta, tacón, punta, frente a mi mirada refulgente de envidia y adoración. A mí lo que más me gustaba era peinarle el pelo. Es más, me la pasaba investigando sobre champús, tratamientos, acondicionadores, etc, para proteger y ensalzar la hermosa cabellera negra y lacia de mi adorada Diablo, que siempre llevaba suelta y que solo se recogía en una moña alta y apretada en casos de emergencia, como aquella vez que me estaban masacrando un par de bravucones del colegio, por gay, claro. Yo estaba en el piso, hecho una bolita de carne magullada y sanguinolenta, tratando de cubrirme la cabeza con los brazos, cuando oí los primeros alaridos de uno de los tipos y los madrazos de Diablo: “¡Hijueputas, vayan a maltratar a su puta madre!”. Al tiempo lanzaba navajazos a diestra y siniestra. Tenía la mirada incendiada de rabia y la boca era más bien un puño apretado en un solo gesto de todo o nada, divina, majestuosa, incomparable, mi Barbarella criolla.

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Esa noche, mientras me aplicaba merthiolate en las heridas y me acomodaba la faja alrededor de las costillas rotas, me confesó sus maravillosos planes para el futuro: irse a vivir a Miami, o a cualquier ciudad de Estados Unidos. “Qué original”, le respondí llevado por la inminencia de que algún día me iba a quedar sin ella, y no tanto por envidia, porque yo sí que estaba condenado a ser ingeniero como mi papá, y no coreógrafo o artista plástico como realmente deseaba. Mi vida no era mía, era la de otros. Mi destino era el camino que otros ya habían recorrido. Yo no tenía derecho a hacer el mío propio. En cambio Diablo, una fuerza de la naturaleza, era indomable, se llevaría por delante a los que fueran y a quien fuera necesario para lograr lo que quería. Yo sí estaba convencido de su éxito.

“¿Por qué no te vienes conmigo, para qué estudiar? Mandemos a la mierda el puto colegio y larguémonos ya mismo de este maldito platanal”, me dijo. Pero yo no tenía sus agallas. Ella, en su calidad de mujer, tenía más cojones que yo y que todos los protomachos de mi familia reunidos. Así que, conociendo mi poquedad de carácter, me propuso que ella se iba primero y que cuando ya ganara en dólares mandaba por mí. “¿Y tú mamá? ¿La vas a dejar botada?”, le pregunté. Mi mamá que coma mierda, es una vieja borracha e inútil, ni modo de cargar con esa cruz también en mi maravilloso futuro gringo. Te prefiero a ti, mi ‘angelito’. Así me decía, ‘angelito’. Y, ahora que lo pienso, sí que tenía razón. Los ángeles de las iglesias son asexuados. Yo hubiera dado mi vida para protegerla, como un ángel guardián.

Lo único que pude hacer fue ayudarla a recolectar dinero para su viaje al sueño americano. Hicimos rifas, vendimos perfumes y dulces, y hasta le regalé los ahorros que mantenía religiosamente desde mi primera comunión en un cerdito alcancía. Hoy en día habrían sido unos cien dólares, pero se los di con gusto. Si yo no iba a hacer mayor cosa con mi vida, al menos que alguien muy cercano a mí, que un pedacito entrañable de mí, lo lograra. Todo iba viento en popa, hasta que Diablo conoció a Nelson. Un delincuente juvenil barriobajero poseedor de todos los clichés de la juventud rebelde: motocicleta, chaqueta de cuero, vicios y novias por montón. Mi Diablo no pudo esquivar ese maldito proyectil. Y así, poco a poco, se fue diluyendo de mi vida, desvaneciéndose como oro en polvo, disperso por una brisa turbia y aviesa. No obstante el dolor que me causó su desaparición de mi vida, siempre le deseé lo mejor y siempre supe que estaba destinada a la gloria. Seguro nos volveríamos a ver alguna vez, o por lo menos siempre guardé esa mínima esperanza.

Tiempo después supe de Diablo, a través de una amiga de mi mamá, cuya hija también asistía al mismo colegio que nosotros. Decía que Diablo había viajado al exterior, pero no a Estados Unidos, sino a Centroamérica. Por aquel entonces, cualquier destino habría sido preferible al pueblo miserable en el que vivíamos, por eso me alegré, porque pensé que si lo que quería era cambiar de panorama y mutar de vida, lo habría logrado. Y, a lo mejor, hasta cruzaría la frontera con Estados Unidos, a través de México o algo así. Y desde entonces me dediqué, cada vez que me acordaba de ella, a tejer bonitas conjeturas sobre su vida, casada con un millonario de Hollywood o trabajando como modelo en la misma agencia de Cindy Crawford, otra de mis divas adoradas. Y por eso no pude más que sonreír cuando la vi, unos diez años después, en la pantalla del televisor de un bar: bella, desafiante, dueña de sí, una fiera imposible de domar. Esculpida por el tiempo con esmero y cariño, dueña de todas las miradas y parte de las noticias principales del noticiero del mediodía. “Capturada hermosa jefe de sicarios del Cartel de Sinaloa”, aparecía debajo de su imagen, en la que la acompañaban dos policías armados de fusiles, a lado y lado, y con las caras cubiertas con capuchas. Los flashes de los reporteros bañaban su silueta espectacular, metida en un jean y en una blusita negra de mangas de encaje. Llevaba las manos esposadas al frente.

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A diferencia de las fotos y los videos de capturas de delincuentes que circulan a diario en los medios, Diablo no bajaba la cabeza, al contrario, miraba de frente a las cámaras y sonreía con la picardía adorable de siempre. También mostraban imágenes de su cuenta en Instagram, en la playa y al borde de una piscina, en bikini, mostrando sus carnes exquisitas y turgentes. Luego, pasaban un video en el que ella misma se bajaba de una moto y disparaba a sangre fría sobre un grupo de hombres que parloteaban en una esquina de Zapotlán, en México. Cinco en total, todos muertos. Vestía de negro, de arriba a abajo, el pelo recogido en lo alto de su cabeza, la mirada gélida, el paso decidido, la mano firme, el ángel de la muerte más bello que jamás nadie vería. No cabía duda, era ella, mi Diablo, hermosa y letal.

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