El antologista de Marx

Horacio Tarcus ha publicado,entre otros,“El marxismo olvidado en la Argentina” (1996), pero es sobre su pasado que trata esta nota.

Horacio Tarcus / Archivo personal
Antología de Karl Marx (Siglo XXI Editores) comenzó a circular en Argentina desde mayo con inusitado éxito en ventas. Con selección y prólogo de Horacio Tarcus, uno de los investigadores más reconocidos sobre la historia de los marxismos latinoamericanos, el libro aparece en medio de un clima intelectual en el que “volver a Marx” resulta necesario para cuestionar la vigencia intelectual del padre del materialismo histórico. De la conversación que tuvimos con el historiador, en una pausa de su apretada agenda académica, seleccionamos detalles de juventud que permiten contextualizar su interés por el pensamiento de izquierda.
 
Empezando la noche, Horacio Tarcus nos advierte que sus datos biográficos no le van a interesar a nadie, pero accede a contarlos. Nacido en 1955, en el seno de una familia de migrantes italianos pobres, Horacio Paglione creció en un medio irremediablemente politizado. Desde sus tempranos años, a través de la biblioteca de su padre, un médico antiperonista, tomó contacto con ideas positivistas y socialistas. Aníbal Ponce y José Ingenieros tenían un lugar destacado en la colección paterna. Él mismo señala este antecedente como factor que lo inclinó al compromiso político-intelectual de izquierda.
 
El inicio de su militancia política y el retorno de una dictadura militar sucederían con pocos años de intermedio. Lector del Marx teórico desde la adolescencia, Horacio Tarcus ingresa en 1973 a una organización trotskista llamada Política Obrera, hoy Partido Obrero. Precisamente, cierta ventaja otorgada por su autodidactismo lo pone en alerta de que su grupo no puede leer la situación certeramente; el golpe de Estado liderado por el general Jorge Rafael Videla en 1976 es interpretado por tal agrupación política como una simple solución desesperada de la burguesía nacional que sucumbiría finalmente al estallar una crisis mundial capitalista. “Era muy joven para descifrar la situación”, asegura. “Había algo en esa postura que chocaba con la realidad: era visible un repliegue de la clase obrera, los partidos políticos se habían mandado a guardar y no había ni la mínima resistencia civil”.
 
Luego de un arresto breve por motivos políticos, en 1975 decide tomar como seudónimo editorial para su revista el nombre de un personaje en una novela de un amigo. Luego de usar el Tarcus solo, le suma su nombre de pila y lo adopta hasta hoy.
 
Ante el margen mínimo de acción política existente, surge un espacio de activismo cultural característico. La intelectualización de la praxis política se hace así imperativa. La revista cultural es el medio por el cual resistían y se vinculaban las organizaciones opuestas a la dictadura. “En el 77 o 78, tendría que precisarlo, se convoca en el sótano de una librería, en Montevideo y Corrientes, en pleno centro, una reunión de revistas culturales, y ahí aparecen Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano con ejemplares de Punto de Vista debajo del brazo y yo con mi revistita Ulises”. Punto de Vista, que sería una de las publicaciones más influyentes, contaba también con el escritor Ricardo Piglia y tenía como aglutinante la militancia maoísta. Había apresamientos, centenares de exiliados y desaparecidos, como le pasó al escritor Haroldo Conti, caso particular que en ese encuentro Sarlo, entonces profesora universitaria, puso sobre la mesa como expresión de un asunto neurálgico: “Tuvo el coraje de plantear que había escritores desaparecidos. Bueno, que había desaparecidos en la Argentina”, recuerda con acento porteño.
 
La iniciativa de los trotskistas con Tarcus era la revista cultural Ulises, publicada entre 1978 y 1979. Ella es eco y a la vez parte de un singular proceso bajo la dictadura, en que se fortalecieron los grupos de estudio y las asociaciones culturales. “Las revistas se multiplicaron, se convirtieron en un fenómeno, los quioscos se llenaban de revistas, aparecían artículos en la prensa sobre el fenómeno de las revistas culturales”. En otra librería, una pequeña en un pasaje comercial de la avenida Santa Fe, Tarcus conoce a una figura clave en su vida, José Luis Mangieri, poeta y socio de José Aricó, en la revista Pasado y Presente. Sobreviviente de una generación que contaba con nombres como Ernesto Che Guevara, el poeta Juan Gelman, el pintor Carlos Gorriarena, el editor Carlos Alberto Brocato y el historiador León Pomer, era casi un milagro que Mangieri no hubiera tenido que exiliarse.
 
Comprar y vender libros de autores asociados a cualquier rama de la izquierda era más que un peligro, no sólo en Argentina; todo el Cono Sur estaba bajo el influjo anticomunista. “Era una empresa muy sutil hacerse amigo del librero para poder bajar al depósito. Muchos de estos libreros no eran libreros de izquierda, eran libreros que en los años 60 y 70 atendían al público de la Facultad de Filosofía y Letras, al público politizado de la avenida Corrientes, de la zona en las facultades, y se habían quedado con un stock gigantesco”. Mangieri le suministraba a Tarcus textos prohibidos y esa relación de clandestinidad nutrió la pasión por el compromiso con la actividad editorial en torno a obras y temas vetados. La dictadura cerró librerías, quemó libros, hizo allanamientos y vinculó arbitrariamente a muchos libreros con la izquierda armada. Dos casos que resalta Tarcus son el de la librería Hernández y la clausura de la sede de Siglo XXI.
 
Los regalos de Mangieri eran “un maná”, indica entusiasta el investigador. Le llegaron a las manos todos los títulos de Pasado y Presente y de La Rosa Blindada, iniciativas editoriales del poeta benefactor. Con libros que se llevaban por las calles disimulados en bolsas de mercado, o con cubiertas cambiadas, se despertó la pasión coleccionista de Tarcus, su interés por la historia de los autores, impresores, traductores, editores e intérpretes del marxismo. La historia escondida de un título, el compromiso político y la línea faccional se le iban revelando mientras él mismo la protagonizaba.
 
Al inicio de la dictadura el espectro del marxismo argentino fue relativamente cerrado. Tarcus lo enumera así: estaban Héctor Agosti, con su marxismo estalinista ortodoxo; Rodolfo Mondolfo, con un humanismo marxista poco eficaz para ese momento; el trotskismo de Milcíades Peña; el marxismo sartreano de José Sazbón, y el impacto enorme que tuvo Gramsci en Pancho Aricó y Juan Carlos Portantiero. A pesar de que la Escuela de Fráncfort, Marcuse, Benjamin o Adorno, ya era publicada por las editoriales Sur y Alfa, no se leía al nivel que se podría esperar. Sólo con los cursos de Juan José Sebreli, a finales de los setenta, cambió esta situación. “Ahí empiezo a discriminar las corrientes del marxismo, ahí descubro que hay algo llamado escuela de Fráncfort, para mí eran autores sueltos, que esto era la escuela, una corriente de pensamiento, que Erich Fromm había estado también ahí”, concluye.
 
Tarcus siguió ampliando sus horizontes intelectuales. Se entregó al estudio con escritores, profesores e intelectuales que reconoce como “referentes de la generación anterior”. Filosofía marxista con Alfredo Llanos, traductor de Hegel y allegado del colombiano Rubén Jaramillo Vélez, El capital con Jorge Schvarzer, “un tipo que ya en los años cincuenta estaba citando Lukács”, el panorama del marxismo con el ya nombrado Sebreli. Como resultado, su carrera de historia queda por la mitad. Luego de iniciar otra publicación, Praxis, viaja en el 83 a España. El objetivo es “llevar mi revista y traer bibliografía, además de tomar contacto con los intelectuales marxistas”. Aricó le abrió esas puertas a base de cartas. Conoce al dirigente comunista Fernando Claudín, el sociólogo Ludolfo Paramio Rodrigo y el traductor y filósofo Manuel Sacristán, quien le dona sus publicaciones y lo introduce a su círculo íntimo. Ya en París inicia una amistad muy productiva con Michael Löwy, quien para el momento ya había publicado en francés La teoría de la revolución del joven Marx, y conoce al importante economista germano-belga Ernst Mandel.
 
A pesar de que se acerca la medianoche, la conversación es fluida. Tarcus entrega datos y anécdotas sin pausa, pero el cansancio asoma y coincidimos en acabar la entrevista. Se le nota satisfecho al narrar unos años de juventud productivos e intensos. Funda en 1989 el sello Ediciones El Cielo por Asalto, en que aparecen más de cincuenta títulos, entre los que él mismo resalta a Tulio Halperin Dongui, Óscar Terán, Maristela Swampa, Ezequiel Adamovsky y André Gorz, y el ya mencionado Michael Löwy. En esos mismos años, ante una oferta para ser docente en la Universidad de Buenos Aires, decide culminar su carrera como historiador.
 
Otras historias son las de sus propios grupos de estudio universitario; las de la fundación, con algunos entusiastas más, del Cedinci; las de su investigación doctoral sobre los primeros lectores de Marx en la Argentina; las de su época como subdirector de la Biblioteca Nacional y, por supuesto, las de la preparación de la Antología de Karl Marx este año, o las de la siguiente investigación sobre el marxismo argentino del siglo XX, pero esas serían, también, otras entrevistas.
 
La “Antología” de Karl Marx por Horacio Tarcus
 
La Antología resulta atractiva si tenemos en cuenta que aparece durante un reflujo de la oleada hipercrítica contra Marx tras la caída del muro de Berlín (1989) y el entusiasmo pasajero ante la desaparición del “marxismo realmente existente”, estalinista. Caída que, en casi todo el globo, fue seguida en ámbitos intelectuales con un regocijo que quiso ver en ella el “fin de la historia” o, mejor, supuso el fin de las utopías comunistas. La sensación de triunfo se ha venido desvaneciendo lentamente, al comprobar que las múltiples crisis globales, bajo la hegemonía capitalista, no han desaparecido o se han disipado. Por el contrario, el panorama de guerras y pauperización de las economías más débiles ha fortalecido la idea de que los problemas mundiales no tenían una única raíz y que la amenaza comunista, por la que se erizaron medio siglo las dos grandes potencias, tenía un sentido más bien relativo.
 
El volumen elaborado por Tarcus —que curiosamente guarda un estrecho parentesco con la antología de cuatro volúmenes que, luego de la caída de Nikita Jrushchov, realizó Iring Fetscher en Alemania y de éxito comparable, titulada Marx-Engels Studienausgabe— es una relectura o un programa de relectura de Marx, a la luz de esta corroboración de un cambio de mentalidad. La Antología no es neutra, con todo, y quiere ser polémica. No es neutra porque la escogencia de los textos —de procedencia exclusiva de Marx y dados a la prensa— parte ya de un documento que ha sido soslayado por la tradición estalinista, a saber, La cuestión judía de juventud, y cierra con El porvenir de la comuna rural rusa, que es como una rectificación de su última etapa de vida al esquema simplificado de la filosofía de la historia que encierra el Manifiesto comunista. Se destacan también El 18 Brumario de Luis Bonaparte, extractos claves de El capital y La guerra civil en Francia.
 
Tarcus presenta un Marx total, o mejor, un Marx que engloba todos sus aspectos y explora sus diversas aristas.
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