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El despertar más triste en la vida de César Luis Menotti (Como de cuento)

Mientras hablaba de tantas cosas, siempre con un cigarrillo prendido en la boca, recordaba una tarde cuando empezaba a jugar en la primera de Rosario Central, al lado de su ídolo de siempre, El Gitano Juárez, y la recordó con gesto de admiración y con ese tono entre profundo y grave con el que solía decir las cosas que lo tocaban.

César Luis Menotti durante la Copa del Mundo de Argentina, 1978. El cigarrillo infinito, la mirada penetrante, la convicción a la orden del día. Cortesía

Habló de la amistad en una cancha de fútbol. De la solidaridad con una pelota de por medio y el triunfo o la derrota a la vuelta de la esquina. Entonces decía que aquella tarde El Gitano le había entregado una pelota en la mitad de la cancha y que él, César Luis Menotti, se la había devuelto de primera. Tic-tac, como un reloj. De primera, también, el Gitano se la volvió a dar, larga y profunda, pero él no fue. No había entendido y tampoco le había dado la gana de ir. Se quedó con las manos en jarra, con cara de reproche, paseando su mirada por todo el campo y por la tribuna. Juárez lo observó, y a otra cosa. Al final del primer tiempo, se metió al vestuario con su andar medio canchero, arreglándose el pelo y el bigotito años 50 a lo Clark Gable, y en el fondo, sentado en una banca, esperó a que entrara Menotti.

Apenas lo vio, lo llamó aparte. Le dijo “Pibe, mirá…” Los compañeros recordaron que lo puteó en colores. Al final, le repitió una y dos y tres veces que a los amigos no se les dejaba solos. “Si te la doy, vas. Si me la das, voy. Siempre, aunque sepás que no vas a llegar”, le dijo. Y le recalcó: “A los amigos no se los deja solos”. Menotti bajó la mirada desde su metro y noventa y tantos centímetros y se quedó en silencio, mientras los cánticos de la tribuna se metían por las hendijas de las ventanas de aquel vestuario. Apenas había jugado unos cuantos minutos en la primera de Central, pero ya sentía que aquella camiseta de rayas azules y amarillas marcada con el número ocho era su piel. Su piel, su vida, su futuro. Luego de la reprimenda, levantó la cara y le dijo a Juárez, “perdóneme, maestro”. “Perdóneme y gracias”, añadió después de un corto silencio. Ese fue el comienzo de una historia que duró cinco años, desde el 58 hasta el 63. Menotti fue goleador del equipo todos los años, pero el equipo ni iba ni volvía. Estaba en la mitad de la tabla, y ahí el tipo se aburría. Parecía que no jugaba a nada. Hasta que se fue a Racing.

Y en Racing creyó, soñó, esperó. Sin embargo, el fútbol, el mundo fútbol y los jugadores, el sistema, por llamarlo de alguna manera, era más fuerte. Menotti estaba solo. Era uno contra el mundo. Quería jugar, pero jugar a la pelota. No le importaba perder si jugaba bien, y menos, ganar jugando mal. Se fastidiaba si no le daban la pelota como tenía que ser. Con él, con el público, con el fútbol. Se paraba. Bajaba los brazos. Lo silbaban. De repente sacaba un conejo de la galera y sonreía. La gente aplaudía. Luego de nuevo a las andadas. Al fastidio. Uno de aquellos días, Osvaldo Ardizonne le escribió una carta. Le dijo: 

“Ahora le voy a hablar yo. Así en primera persona. Sin pedagogía, sin el entrecejo fruncido, ni el índice acusador…

“No puedo reprocharle nada… Usted es como es y a su edad los consejos hacen reír… Y los que los dan también. Siga siendo así, como es. Pero júntese conmigo y evoque aquel recuerdo… Vamos juntos para atrás. ¿Qué? ¿Dos años? ¿Menos quizá? Aquella tarde de agosto en la cancha de River, aquella tarde cuando Pipo Rossi le dijo: “Juegue como usted sabe”. Ya se lo recordé una vez, ¿se acuerda? No como sermón de viejo que cree en el pasado… Total, de esa tarde, hace muy poco, apenas dos años. ¿Cuántos tiene usted? ¿Veintiséis? Le pido nada más que un poco de memoria… Repita eso nada más. Borre “los brazos caídos”. Sepulte para siempre “las manos en la cintura”. Sienta, sienta fuerte. No se olvide de su fútbol, no cambie “su buen gusto”, pero sí apriete los dientes. Mande, grite, corra, juéguese los 90 minutos, para usted, para Racing, para todos. .. Admire al Beto Menéndez, pero acuérdese también de la sencillez de Simeone… “Hay muchos mejores que yo, pero yo gano porque tengo vergüenza”. No juegue sólo para los “que saben”. Juegue para usted, juegue para Racing. Juegue para el seleccionado. ¿Sabe por qué me acuerdo de Simeone? Porque es la contrafigura suya. Por eso le transcribo lo que dice el “Cholito”: “A la suerte la busco y cuando la encuentro la acompaño”… ¿Qué le parece? ¿Vale o no vale? Y a usted le hace falta eso de Simeone. Lo demás, lo que a él le falta, a usted le sobra…”

No le sobró, pero le alcanzó para jugar en Racing, en Boca y en el Santos de Pelé, y más que nada, para convencerse o terminar de convencerse de sus ideas. Un buen día, 1972, se fue del fútbol y comenzó a dirigir. El fútbol era como la vida, y la vida, como el fútbol, dijo en uno de sus primeros entrenamientos con el saco de DT de Huracán. Había que jugar bien, así como había que vestirse bien. Y leer, y oír buena música. En un año armó su equipo, y su equipo, el Huracán del 73, fue campeón del fútbol argentino por primera vez en su historia, pero más allá del título, aquel Huracán pasó a la historia con jugadores como los que él siempre había querido tener a su lado, jugando a lo que él había querido jugar. Brindisi, Babington, Avallay, Houseman, Larrosa. Tenían juego, dinámica, disciplina. Tenían fútbol y desplegaban fútbol.  Algunos fueron al Mundial del 74 en Alemania con la selección Argentina. Aprobaron raspando el examen, pero acabaron por naufragar en conjunto, porque la selección de Argentina de aquellos tiempos era como el ciudadano común, decía Menotti. Individualista, fanfarrón, perezoso, lento.

En el último partido de aquella copa, Holanda le pegó a Argentina un baile de aquellos, como solían decir. Ni siquiera le dejó pasar de la mitad de la cancha. Menotti tomó apuntes. Llenó hojas y hojas con flechas, dibujos y comentarios que iban hacia un lado y hacia otro. Pocos días más tarde, le preguntaron si se haría cargo de la Selección. Contestó que sí, pero puso algunas condiciones. La primera, que la Selección de Argentina fuera el equipo de todos. Que los clubes prestaran a sus jugadores cuando se necesitaran. Que se respetaran los contratos, los tiempos, la planificación. Por primera vez en la historia, la Selección tendría un proyecto a largo plazo. Cuatro años para trabajar. Cuatro años para perfeccionar. Cuatro años para difundir su mensaje. Cuatro años para demostrar que el fútbol argentino podía estar a la altura del europeo, que era cuestión de cambiar de mentalidad. Le respondieron que sí. Menotti se hizo cargo del “equipo de todos” y empezó a trabajar. Jugó decenas de partidos. En Buenos Aires y en otras ciudades. Citó a decenas de futbolistas. Quería contagiar al pueblo de su fútbol.

Lo logró. En menos de doce meses, Argentina jugaba a otro fútbol. Menos pases laterales. Menos túneles y gambetas intrascendentes. Mayor velocidad. César Luis Menotti era el personaje del momento, con su eterno cigarrillo, su pelo medio largo, sus huesos que parecían quebrarse cuando caminaba, su voz ronca y sus conceptos. Dijo que Ardiles, en realidad, corría lo mismo que Cruyff, las mismas distancias, pero corría mal. Hacia donde no debía. Dijo que el fútbol era o tenía que ser una gran sociedad compuesta de pequeñas sociedades, como la suya con el “Gitano” Juárez. Habló de Pasarella y Tarantini. De Kempes y Bertoni. De Olguín y Galván. Habló de amistades, de relaciones, y de que en el fútbol no podía haber un gran equipo si no había un compromiso común. Algunos lo tacharon de “versero”, como llamaban los argentinos a los que hablaban mucho. Otros, de iluminado. Los futboleros empezaron a dividirse. Unos, a su lado. Otros, en la vereda de enfrente. Inmerso en cientos de polémicas, y de dolores, como haber dejado por fuera de la Copa a un Maradona de solo 17 años, llegó con su estilo y su cigarrillo al Mundial del 78.

Entonces todo fue vértigo. Argentina comenzaba a enterarse de que los militares, en el poder desde el 76, desaparecían a sus opositores. O en realidad, desaparecían a todo aquel que oliera a disidencia, a sus amigos y familiares y vecinos. Un año antes, el escritor y periodista Rodolfo Walsh había distribuido una carta a la Junta Militar. Días más tarde lo asesinaron en pleno centro de Buenos Aires. En la carta, entre tantas otras cosas, decía: “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio. Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados. De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aun en las cumbres represivas de anteriores dictaduras. La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el ‘submarino’, el soplete de las actualizaciones contemporáneas”.

Entre los desaparecidos, la euforia de la gente, las presiones de los dictadores, la opinión internacional, Argentina fue avanzando. Jugó. Ganó más de lo que perdió y llegó a semifinales, jugando cuando pudo a lo Menotti. Cuando no, el público le insufló las fuerzas que parecían haberse extinguido. Llegó Perú. Y luego de la victoria 6-0, surgieron los rumores. Que Videla, el presidente de facto, había ido al vestuario a presionar. Que hubo dinero de los carteles de la droga de Cali. Que hubo amenazas. Que Menotti tenía carné del partido comunista. Que era un traidor. Que se había callado. Lo cierto fue que Argentina se clasificó a la final, y en ella enfrentó a Holanda. Papelitos en la cancha. Miedo. Comunicados clandestinos denunciando los miles de desaparecidos que estaban cerca del estadio de River Plate. Controversias. El juego terminó uno a uno. Hubo tiempo extra. Menotti llamó a sus jugadores y les habló: Palabras más, palabras menos, les recordó lo que les había dicho sobre el filo del mediodía. “Finalmente, les pido una vez más como siempre, esto: que respeten sus convicciones. Nuestra obligación es hacer lo imposible por darle a la gente, a nuestra gente, un espectáculo inolvidable. Juéguense enteros a mano de lo que mejor saben hacer. Jueguen. Jueguen siempre. La lucha es un ingrediente más del fútbol. El que da batalla no debe olvidarse de jugar nunca. Siempre supimos qué camino tomar, qué queríamos. Hoy, más que nunca, tenemos que poner en práctica la idea que movió a este conjunto de hombres que somos nosotros. Que nos ganen, que muramos con nuestra verdad entre las manos. Ganemos, si se puede, de la misma manera”.

Argentina ganó. Kempes fue inmortal. El festejo fue eterno. Al día siguiente, Menotti escribió para El Gráfico que su despertar había sido el despertar más triste de su vida. Se le había acabado el sueño por el cual se levantó todos los días de todas las semanas durante cuatro años.

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

El despertar más triste en la vida de César Luis Menotti (Como de cuento)

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