El Festival de Cannes, según Gabo (I)

A propósito de la versión 68 del legendario festival, rescatamos de nuestro archivo la experiencia de Gabriel García Márquez en esa meca del cine.

Los casi 2.000 fotógrafos que vinieron al XXXV Festival de Cannes no corrían demasiado este año detrás de las aspirantes a actrices que se desnudaban para ellos en la playa. No: las arenas de la costa Azul están ahora tapizadas con una alfombra exquisita de pechugas desnudas, las más caras del mundo, de modo que ya nadie se toma el trabajo de mirar otra vez porque una adolescente con agallas se desnude cuan larga sea en mitad de la calle. 

A nadie en este festival parece importarle nada distinto de lo que ocurre en la noche perpetua de las veinte salas de cine, donde se pasan 42 películas diferentes cada día durante dos semanas agotadoras. Antes, las estrellas de cada delegación subían al escenario después de la proyección, protegidas por la certidumbre de que nadie se atrevería a rechiflar en público a una mujer hermosa. Tal vez el último grito de esa feria mundana fue el que lanzó Johnny Weissmuller al llegar a Cannes hace unos tres años, para recoger las cenizas de su propio Tarzán juvenil, antes de hundirse para siempre en las tinieblas de un hospital psiquiátrico. Todo eso se lo llevó el viento. 

Este año, los únicos que subieron al escenario en la noche inaugural fueron un grupo de hombres maduros, tímidos y feos, a quienes muy pocos podían reconocer por su cara, pues siempre habían estado detrás de las cámaras. Con la excepción de uno, que había estado delante y detrás al mismo tiempo: el francés Jacques Tati. Eran directores de los más grandes, a quienes el festival rindió este año un homenaje merecido: el norteamericano Joseph Losey, el austriaco Willy Wilder, el húngaro Miclos Jancso, el japonés Akira Kurosawa, el italiano Michelangello Antonioni. 

Cada uno improvisó un discurso breve, inteligente y con sentido del humor, y esto pareció dar en su conjunto el tono nuevo del festival. Antonioni contó que un admirador le había parado en la calle para decirle: "Sus películas me han hecho crecer". Aquella fue para él una revelación alarmante, según dijo, porque el hombre medía apenas un metro con cuarenta centímetros. Esta derrota del star system, que durante tantos años fue el atractivo mayor del festival, podría ser el signo de los nuevos tiempos. "Ahora todo el mundo sabe que el actor es sólo un medio de expresión del director", ha dicho un crítico. Geraldine Chaplin, que es una mujer inteligente y culta, y además una excelente actriz, piensa que esa concepción del oficio de actor será muy positiva, y en especial para el actor mismo. "Así nos veremos obligados a aprenderlo todo", me dijo al término de una reunión del jurado, del cual ambos formamos parte. "Terminaremos por escribir y dirigir nuestras propias películas". Por lo que a ella se refiere, no lo recogerá del suelo: su padre hacía hasta la música.

En el mismo tono, es también natural que el festival se haya inaugurado con la proyección de uno de los mastodontes colosales de la historia del cine: Intolerancia, de D. W. Griffith. Fue una noche memorable, consagrada a un precursor de los más grandes, que en 1916 se gastó dos millones de dólares de los de entonces para hacer este espectáculo fabuloso que parece más actual que muchas de las películas más ambiciosas de hoy. Su duración inicial debía ser de ocho horas, y sólo para transportar todos los días los caballos y los elefantes hasta la Babilonia reconstruida en los estudios hubo que hacer un ferrocarril especial. Con todo, su estreno en el Liberty Theater de Nueva York tuvo la misma suerte desdichada de la Consagración de la primavera, de Stravinski, y fue el primer fracaso histórico del cine.

Lilian Gish, la madre recurrente que mece la cuna al principio de cada episodio de Intolerancia, tiene ahora 85 años. La periodista francesa Catherine Laporte la entrevistó hace algunos días en su apartamento de Nueva York, y la encontró como estratificada en sus recuerdos. "Tiene el cutis todavía fresco", escribió, "los labios pintados en forma de corazón, los cabellos teñidos de un rojo extraño y los bucles a la antigua, y toda ella exhala un encanto pasado de moda, pero desmentido por una impertinencia muy contemporánea". De modo que Lilian Gish hubiera podido venir en persona a recoger sus últimas nostalgias. Sin embargo, esos laureles seniles les fueron reservados al pianista Stanley Kilburn, de 87 años, que acompañó la película con su música original, como era de uso corriente en los tiempos del cine mudo. La acompañó durante tres horas en la sesión vespertina, y durante otras tres horas en la sesión nocturna, sin un respiro, sin un instante de decaimiento, como lo hizo tantas veces desde la primera vez, a los dieciséis años.

Otra personalidad cuyo nombre quedará vinculado para siempre a este festival -cualquiera sea su suerte en las calificaciones finales- es el cineasta turco Yilmaz Guney, que escribió y dirigió desde la cárcel de Kaisiri, en Turquía, la película que más había impresionado al público del festival hasta este fin de semana: Yol. Los negativos pasaron a Suiza y luego a Francia por conductos clandestinos, y allí se terminó el trabajo de laboratorio. Yilmaz Guney, que a los 45 años cumplía su tercera condena por delitos; políticos, se fugó de la cárcel en octubre pasado y desapareció sin dejar rastros. Hasta la noche del estreno de su película en Cannes, cuando reapareció sin aviso previo bajo los proyectores del Palacio del Cine, con esmoquin y bufanda de seda y el cabello pintado de rubio como el más mundano y tranquilo de los espectadores. En ese momento había una manifestación de turcos encapuchados en la puerta del teatro, gritando consignas intraducibles contra la represión militar en su país. Dos días después, el Gobierno turco pidió a Francia la extradición de Yilmaz Guney.

 

Antiguo actor de teatro

 

No obstante, la personalidad que se robó la atención de las cámaras desde la noche inaugural fue el ministro de Cultura de Francia, Jack Lang, un antiguo actor de teatro de 42 años con una cabellera alborotada de loco feliz. Ahora que es ministro, y aun dentro del esmoquin alquilado, Jack Lang sigue siendo igual a sí mismo: informal y simpático, de una creatividad incontenible y un dinamismo sin tregua, y con una voluntad de renovación que de algún modo ha empezado a proyectarse en el estilo de este festival lastrado todavía por demasiados convencionalismos.

Desde su creación, el esmoquin es obligatorio para las sesiones nocturnas. La razón no me cabe en la cabeza. Hasta donde yo sé, esa chaqueta sin gracia se llama como se llama porque era la que se ponían los caballeros ingleses para fumar en un cuarto aparte, de modo que el humo del tabaco no contaminara el resto de la casa ni sus buenos vestidos. Es decir, todo lo contrario de lo que se hace ahora. Yo no me lo he puesto nunca, ni pienso ponérmelo, y no por prejuicio ni porque me parezca feo. Mis motivos son más profundos. Yo tenía unos ocho años en Aracataca cuando vi en un periódico la foto impresionante del cadáver embalsamado de Enrique Olaya Herrera, un antiguo presidente de Colombia que había muerto en Roma, y había sido expuesto en cámara ardiente durante varios días en el Capitolio nacional. Lo que más me impresionó fue que estaba vestido de etiqueta. Desde entonces pensé que esa clase de ropa sólo se usaba para exhibir a los muertos ilustres, y aquella idea se me convirtió para siempre en una superstición. De modo que he sido tal vez el primer jurado de Cannes que ha roto la mala costumbre del esmoquin.

Jack Lang, tal vez sin proponérselo, me dio una buena mano en esta rebelión solitaria; la noche de gala fue al Palacio del Cine en esmoquin porque, en realidad, a un ministro no le quedaba más remedio. Pero la noche siguiente, después de un rápido viaje de ida y vuelta a París, y con el pretexto de que no había tenido tiempo de cambiarse, reapareció con los mismos pantalones de vaquero y el pullover rojo con que lo conocí hace años en México cuando era el director del Festival de Teatro de Nancy. Aquel gesto, sin duda muy bien calculado, fue como un ventarrón de naturalidad en un festival que se ha distinguido siempre por su rigor de selección, pero también por su conservatismo polvoriento.

 

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