En su obra convergen Kerouac, Basho y Patti Smith

“El lugar de lo sagrado no necesariamente está en la biblia"

El portugués José Tolentino Mendoça es poeta, ensayista, presbítero y teólogo. Acaba de publicar una antología de su obra en la que el cuerpo es la sede de la experiencia poética y religiosa.

“Hay una pregunta que me persigue y es la misma que usted me hace. ¿Cómo es que un padre puede tener interés y vivir con la poesía? La razón es profunda”.

José Tolentino Mendoça se detiene en cada una de sus palabras. Ellas, dirá más adelante, no sólo son tinta en el papel o vibraciones que viajan por el aire sino que también tienen aroma. La editorial Tragaluz publicó Escuela del silencio, una antología que recoge poemas de diez de sus libros y algunas de las crónicas que el presbítero, teólogo y ensayista portugués escribe semanalmente en el Expresso de Lisboa.

Hace poco más de medio siglo, Tolentino Mendoça nació en la isla de Madeira. Para alguien que ve en el asombro el origen de la poesía y la experiencia religiosa, la vida en un mundo insular que giraba en torno a profesiones artesanales fue fundamental.

“Mi padre era pescador y tenía una relación con los vientos, el mar y las velas que me fascinaba. Poder mirar al cielo y saber qué clima haría al día siguiente era para mí una cosa mágica. El mundo de mi niñez era un mundo encantado, pero pienso que todos podemos decir lo mismo de nuestra infancia”.

Tolentino sigue aferrado a sus recuerdos cuando dice que la voz de su madre fue su primera biblioteca o cuando sonríe al mencionar que su abuelo, un cazador de ballenas, apareció en una versión cinematográfica de Moby Dick.

Su tono, hasta ahora cálido y afable, se enturbia sutilmente cuando le preguntan por el período de su vida en el que, teniendo menos de ocho años, fue testigo de los rigores de la guerra colonial en Angola.

“Hay imágenes que, una vez vistas, nunca salen del pensamiento, y mi poesía está llena de ellas. En Angola vi cómo mataban a un hombre delante de mí. Esto me marcó tanto que crecí y nunca lo pude olvidar”.

El asombro, o quizás el espanto, que le causó este episodio lo hizo escribir, años más tarde, Una cosa menos que adorar, el poema que una voz infantil cierra diciendo: “hoy estuve tan triste / que encendí centenares de fósforos / toda la tarde / mientras pensaba en el hombre que vi matar / del que nunca supe nada / ni su nombre”.

La guerra colonial llegó a su fin en 1974, con la revolución que convirtió a Portugal en un Estado de derecho tras décadas de dictadura. Miles de portugueses que vivían en África, entre ellos Tolentino y su familia, regresaron a un país que buscaba modernizarse y olvidar a toda costa los rezagos de su pasado colonial.

“Sabíamos que no regresábamos al mismo lugar del que salimos porque ya éramos diferentes. Para el país no fue fácil y para nosotros tampoco. Mi familia pasó muchas dificultades para establecerse y encontrar trabajo, pero sucede un milagro con los padres y es que son capaces de esconder su propio sufrimiento para ofrecernos un futuro y regalarles el presente a sus hijos”.

A los 14 años, y como una consecuencia natural de haber nacido en una familia creyente, Tolentino decidió dedicarse a la vida religiosa, algo que jamás consideró ajeno a su curiosidad por la poesía: “La religión fue el primer discurso poético que escuché. La liturgia es una manifestación de la poesía”.

En 1990 publicó su primer poemario y durante años escribió libros en los que Dios jamás se asomaba por sus versos, o al menos no intencionalmente. Eso empezó a cambiar cuando en 2013 apareció La amapola y el monje, un libro de haikus que Tolentino le atribuye en partes iguales a la influencia del poeta japonés Basho y a Jack Kerouac, el novelista estadounidense de la generación beat.

En la presentación del libro, incluida en la antología de Tragaluz, Tolentino reconoce la avidez con la que devoró la obra del autor de On the Road después de que un amigo le dijera que la mayor lección que le había dejado su lectura fue “meterse con ambos pies en la experiencia y huir de los sentimientos como quien huye de una embestida policial”.

Si bien es un hombre religioso, la poesía de Tolentino encaja perfectamente en esa visión altamente corporal de la literatura de Kerouac. “Para mí, la experiencia religiosa es, ante todo, un estado fisiológico, elemental, primario, inmediato y visceral. Todos esos adjetivos también sirven para definir la experiencia poética. Tanto la una como la otra son un lugar al que llegamos sin saber exactamente cómo y, con todo, he visto que para mí no son dos cosas diferentes”.

Se lo escucha hablar con entusiasmo de Bob Dylan, las letras de Morrissey y Patti Smith, esta última, protagonista de uno de los poemas de Estación central, el poemario inspirado en su estadía como profesor invitado en la Universidad de Nueva York durante 2011.

“La poesía llega a través de la palabra y lo hace con materiales cotidianos. Las palabras entrecortadas de la vida corriente son, tal vez, mi principal laboratorio poético. Aparte de estas existen las palabras sagradas, pero para mí el lugar de lo sagrado no necesariamente está en la Biblia”.

“La religión no es una creación de los religiosos, es una invención humana, y una canción de rock puede iluminar tanto el misterio de Dios como lo podría hacer cualquier texto sagrado. Todo lo que es humano me interesa desde el punto de vista religioso”.

Para Tolentino, la literatura es una conversación humana que no puede ser escrita por héroes sino por hombres y mujeres de carne y hueso que viven las dificultades de la historia, abrazan sus propias contradicciones y son capaces de escuchar y decir las palabras que iluminan el tiempo presente.

El rasgo común de quienes buscan participar en esa conversación es la sed: “Atravesamos el mundo como bólidos en la noche y el trazo de luz y de misterio que dejamos puede ser resumido en la palabra sed. Si me preguntan qué es un poeta diría que es alguien que dice ‘tengo sed’. Como hombre religioso, esas son las palabras que más me impresionan de Jesús en la cruz”.