El retorno de Camilo Torres

Como una contribución a los relatos del conflicto y a la recuperación de la memoria histórica, la obra sobre Camilo Torres rescata la figura del cura y del guerrillero y sus conflictos internos.

Una de las facetas de Torres, como sacerdote. La obra sobre su vida y su pensamiento estará en escena hasta el 16 de julio. / Cortesía

 

La celebración de los 50 años de existencia del teatro La Candelaria, el 6 de junio de 2016, se inicia desde este año con la obra Camilo Torres, el cura guerrillero, puesta en escena que estará en temporada del 8 al 16 de julio de 2015.

Esta creación teatral constituye una apuesta por contribuir a la construcción de memoria para el país. “Va a ser una temporada muy corta. Hay mucha expectativa por ella y nos parece que es una contribución al relato del conflicto que estamos viviendo y que tenemos que entenderlo para que no se repita, para que personajes como Camilo puedan vivir y morirse de forma natural. Camilo hace parte del conflicto colombiano. Hay que trabajar en el relato de la historia de Colombia desde muchas voces y en muchos lenguajes”, asegura Patricia Ariza, directora de la obra, cofundadora del teatro y quien se encuentra comprometida con los aportes que la dramaturgia puede ofrecer al relato del fenómeno de la guerra en Colombia, contribución fundamental si se tiene en cuenta la marginalización de narrativas esenciales para la comprensión de lo sucedido y el papel del arte en un período posconflicto, sumado a la dignificación de quienes han sido víctimas.

Por ello, la adopción de la figura de Camilo Torres como ícono central de la obra tuvo que ver con que ha sido un personaje representativo que no ha ocupado un lugar significativo en la memoria de los colombianos. Esto último posibilita resignificar diferentes momentos cruciales en la historia de una generación influenciada por el liderazgo político y social de diferentes personajes que soñaban otro país.

Para hacer posible la obra, el compromiso del teatro La Candelaria parte de una metodología de creación colectiva como un aporte del teatro colombiano al teatro universal. De esta manera, esta pieza nace de la propuesta de los actores. Algunos de ellos –además de la directora– conocieron directamente a Camilo Torres e hicieron posible la construcción de la historia, no de manera lineal o reencarnada a través de un actor, sino que optaron por la figura metafórica de trece personajes, quienes representan de alguna manera que todos somos Camilo.

Los actores intentan capturar las decisiones que tomó Camilo Torres como sacerdote, estudiante, activista político e insurgente. Y reconocen las distintas facetas que asumió en su intento por buscar la justicia social, sin dejar a un lado sus valores espirituales. Sin embargo, la obra muestra que alrededor de sus determinaciones frente a la vida y los caminos que escogería, rondaban la culpa (personaje diabólico) o la muerte (personaje alegórico).

Decisiones como cuando Camilo Torres Restrepo, de clase alta bogotana, optó por la vida clerical en 1954, siendo representante del grupo Golconda de sacerdotes al servicio de la sociedad y pionero de la teología de la liberación, predicando la eficacia del amor. Torres acompañó el movimiento de los sacerdotes obreros que trabajaban en los barrios y las propuestas de los centros de investigación de los colombianos en Europa. También se convirtió en miembro fundador y presidente del Movimiento Universitario de Promoción Comunal (Munirpoc), organización desde la que se involucró con los barrios populares de Bogotá.

Decidió ser estudiante de derecho en la Universidad Nacional de Colombia. Posteriormente, desistió de la carrera y viajó a Bélgica para graduarse de sociología en la Universidad Católica de Lovaina. A su regreso fue nombrado capellán auxiliar de la Universidad Nacional de Colombia, donde fue profesor y cofundador de la primera facultad de Sociología en América Latina (junto a Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna). En dicha alma máter se comprometió con el tema de la ruralidad en el país y se acercó a la realidad de los campesinos colombianos. Allí mismo conoció a Santiago García, fundador del teatro La Candelaria, involucrado con el compromiso de los intelectuales en la sociedad.

Más tarde, Camilo Torres decidió ser activista político con el Frente Unido del Pueblo. Como fundador de dicho movimiento de oposición, instó a la ciudadanía a manifestarse a través de marchas pacíficas y, tras dicha apuesta, optó por la insurgencia, al verse intimidado y amenazado de muerte. De esta forma, ingresó a las filas del Ejército de Liberación Nacional (Eln), organización en la que moriría en su primer combate, el 15 de febrero de 1966.

Teniendo en cuenta que esta representación teatral no es un recorrido cronológico y/o biográfico de Camilo Torres, sino que constituye una dramaturgia desestructurada, privilegia los ideales del personaje, que marcaron su forma de rebelarse y sus dilemas frente al mundo. “Él tenía dos obsesiones, la justicia social y la unidad del pueblo, la unidad de la izquierda. Ambas siguen vigentes, siguen sin hacerse. La canción final con la que cerramos la obra dice: ‘Camilo, no viste la justicia, no viste la unidad’. Esas dos frases se dicen al final”, concluye Patricia Ariza.