Ensayo

Es un error subestimar nuestro fútbol

Nunca he sido muy de fútbol. No sé mucho del deporte ni pretendo hacerlo, pero perteneciendo a un país tan afiebrado, es imposible no empaparse del tema de vez en cuando.

Los hinchas de Colombia en la Copa del Mundo de Brasil, 2014, quienes pusieron una de las notas de color del certamen. Cortesía

Diré que mi conocimiento se limita a entender lo que está pasando en la cancha, por qué se pitan algunas cosas, la estructura de los principales torneos (Mundial, Copa América y Champions), y cierta cultura general sobre dónde juegan las estrellas o qué partido se considera un “clásico”. Hasta ahí va. Formaciones, estrategias, y el mercado de jugadores ya son temas muy complejos.

Pero yo amo el fútbol, y les contaré por qué.

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Todo parte de un momento hace unos años en que me encontré viajando por el exterior durante el Mundial de Brasil 2014. Para jóvenes como yo, que nacieron en los ‘90s y a duras penas tendrían memoria alguna de las últimas veces que Colombia había participado en un Mundial, o de la victoria en la Copa América de la que fuimos anfitriones, el desempeño que la selección estaba teniendo era algo sin precedente alguno. Más que suficiente para despertar en muchos un interés antes inexistente por el fútbol, o para incrementar el pequeño e inusitado que pudiese haber previamente. El caso es que, más allá de sentir orgullo por las victorias y éxitos que nuestro equipo estaba alcanzando, aquello que realmente me impactó no vino de los colombianos, sino de todos los demás.

Cualquier colombiano que haya viajado por fuera del país entiende cómo es la dinámica con los extranjeros; todos tenemos muy clara la fama —o más bien infamia— que suele acompañarnos en el exterior. Pero en esas dos semanas que visité varios países europeos, entre hostales llenos de gente de todas partes del mundo, me impactó que ninguno de ellos hizo referencia alguna a Pablo Escobar. Nada de guerrillas, narcotráfico ni violencia. No preguntaron si vivíamos en los árboles o cómo era que hablaba tan bien inglés. El único tema que abordaban era nuestro deslumbrante equipo de fútbol y la genial energía que transmitía, como si lo demás ni siquiera existiera. Mi asombro ante esta situación llegó a su cima cuando en un supermercado de Helsinki vi a James Rodríguez ocupando la portada de una revista deportiva, acompañado en grandes letras de la palabra ‘ihmepoika’: “el chico maravilla”.

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Claro, era pleno torneo y el planeta estaba envuelto en la fiebre mundialística que se espera cada cuatro años, pero ese hecho es clave para lo que busco resaltar. Sobre esa plataforma efímera estaban puestos los ojos del mundo entero. La imagen del país se transformó completamente por un breve periodo de tiempo para convertirse en sinónimo de destreza futbolística, de un prometedor talento cargado de creatividad y de una nación alegre que contagiaba un sabor latino. Además del juego y los goles de la selección Colombia, lo que encantaba a las audiencias eran las manifestaciones de cultura que definían sus celebraciones y la euforia de la hinchada que invadía los estadios.

Hay que afrontarlo. El fútbol no es sólo un juego, no es sólo un deporte: es una religión. Y como buena religión, cuenta con un colosal poder de influencia. Si Perú hubiese ganado el pasado domingo la Copa América, lo más seguro es que nuestra percepción de este país —buena o mala— se habría visto alterada en alguna medida, por pequeña que fuera. Pero no, ganó Brasil y todos pensaron “obviamente”, porque ese es exactamente el punto. Brasil es un país que ha logrado, a través de sus incontables victorias en la cancha a lo largo de los años, convertirse en sinónimo de buen fútbol, en especial para aquellos que no saben nada del deporte. Se ha convertido en una parte indeleble de la imagen que se tiene del país.

Algo similar ocurre con Argentina, y hasta con Uruguay (que de sus quince Copas América ha ganado sólo cuatro en los últimos cincuenta años, y no gana un Mundial hace casi setenta). El fútbol es una herramienta de poder blando que le permite a los países construir una imagen positiva y llamativa ante el mundo a pesar de cualquier problemática que puedan estar viviendo. Bajo poco escrutinio, Brasil es país de fútbol y no de corrupción, Argentina no se conoce por su crisis económica, y Alemania, al ser campeón del mundo, logró brevemente opacar la sombra del nazismo que pareciera nunca va a dejar atrás. Esa forma en que el mundo ve estos países es superficial, sí, pero eso no lo hace menos valioso, en especial para unos como Colombia, que hasta hace muy pocos años oscilaba entre ser desconocida o infame.

Hacia el interior, la historia es similar. Un partido de la selección es excusa para encuentros, genera entusiasmo; crea todo tipo de conmoción y tiene varios impactos medibles en todo el país (por ejemplo, el tráfico en Bogotá que se transforma: empeora y luego desaparece). La gente se llena de anticipación, incluso aquellos que no son fans del fútbol; es una de las mayores expresiones de orgullo patrio en un país que suele contar con muy pocas. Habrá a quienes indigna que la gente se enorgullezca de su país por ganar —o si quiera participar— en un torneo de fútbol mientras que existen centenares de problemáticas internas (corrupción, violencia, violaciones a los Derechos Humanos, por nombrar algunas), pero una cosa no tiene por qué invalidar la otra, y en un país que se encuentra regularmente atacado por sus propios ciudadanos, este sentimiento es inmensamente valioso. No se trata de “circo y pan” si se puede mejorar la moral —el esprit de corps­— de una nación, cosa que al ser positiva puede tener un impacto muy favorable en el desarrollo de esta.

Estos hitos atléticos crean una simbología y discursos colectivos entorno a los que la gente se une, se siente parte de algo mayor; que generan ansias de crecer como nación y de demostrar orgullo. Figuras que inspiren esto son relativamente escasas en Colombia. La simple afirmación “era gol de Yepes” ­—se esté o no de acuerdo con ella— es un elemento que ahora hace parte de la identidad nacional y que casi cualquier colombiano puede entender; un meme que se puede entender como “orgullosamente colombiano” cuando se dice a otro compatriota en el exterior. Es por esto que un equipo nacional tiene el poder de ser representativo de la nación entera. No es casualidad que en el partido de octavos de final en que Rusia eliminó a España del Mundial el año pasado, se sintiera apoyo por el equipo anfitrión en las calles de Barcelona: en la capital catalana, para los independentistas más radicales, la selección española era sinónimo del régimen que continúa negándoles su añorada independencia.

Claro, este sentimiento en medidas extremas puede ser bastante peligroso, pero una dosis saludable tiene el poder de inspirar y conciliar, de alentar y enorgullecer, y de transformar la forma en que el mundo entero nos percibe. Es lamentable que este año no se pudiera llegar a la final de la Copa América como muchos aspiraban, pero la creencia de que este era un logro alcanzable merece ser apreciado. Es posible que el año entrante, en la próxima edición que se jugará en parte en Colombia, la selección pueda llevarnos más lejos como país y no sólo en el juego; aunque para una nación que combina tan bien su potencial con las ganas de mostrar sus virtudes, el fútbol siempre será más que sólo un juego.

 

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